Maurizio Bagatin
Febrero es purificación. ¡Carnaval será, pienso yo!
Camino y recuerdo, un jardín perfuma a heno y es junio en mi memoria; de una ventana salen las voces que alistan el domingo, una lista de comparas que hacer: una cuartilla de cebolla, zanahoria y el tomate para el ahogado, algunas presas de pollo, el pan “porque más tarde ya no habrá” y fruta “que nunca debe faltar: habrá durazno y vi las primeras tunas coloradísima”. Andanza de pueblo. Decía Elías Canetti que “el auténtico valor del recuerdo consiste en hacernos comprender que nunca nada es pasado”.
Y mientras camino imagino el mundo de Dante Alighieri, nada extraño que haya visto en la tierra “l’aiuola che ci fa tanto feroci” (la jardinera que nos hace tan feroces). Otra cosa es imaginar cómo pudo escribir semejante Comedia. Y luego como el Boccaccio pudo añadirle Divina. Misterios de la literatura, reconocer de una vez que, si la literatura sirvió y si sigue sirviendo de algo, este algo “no es confirmar nuestras certezas sino para complicarlas”. Hay lectores que devastan enteros territorios de lectura, retuercen las seguridades, destruyen con belleza los estereotipos, nos regalan horizontes donde Goya danza con Hölderlin, Saul Steinberg hace el guiño a Dos Passos.
Desde octubre del año pasado he vuelto a mis antiguas producciones de encurtidos, de salsas, de licores. Oí decir que la necesidad hace el genio, esta será una época que necesitará de siempre más genialidades, porque la abundancia ha realmente eclipsado toda inteligencia. Y así uno retorna al proveedor del campo, a quien mete sus manos en la tierra, a quien no oculta la lata de la síntesis química para beneficiarse solo del vil metal. Hay una ciencia y un arte que no lo desean, así el Poeta imaginaba el futuro: “…visioni di anime contadine in volo per il mondo” (visiones de almas campesinas en vuelo por el mundo).
Huele a musgo, a ortiga, a verdolaga, olor a verde intenso y profundo. La humedad que se ha acumulado este año es visceral, eran años que bajo el molle de la casa no podía palpar la tierra empapada de humedad. Los Andes que rodean Cochabamba se parecen a lo que fueron en las memorias que nos dejaron cronistas y escritores. Cuanto escribieron Francisco Viedma y Alcides d’Orbigny, sobre las estaciones y los paisajes, y la memoria de Adela Zamudio y de Man Césped sobre la campiña y su flora.
“Donde hay don no hay tiempo”, extrema dulzura de una deconstrucción necesaria. Hoy, sobre todo. Sobre las notas de Stan Getz, librándonos de todas las libertades empaquetadas.
El mundo es también este relato, una de cal y una de arena y otro crepúsculo que nos recuerda de cuan efímero es el dia.