Extraño a mi mamá

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Gonzalo Llanos / Inmediaciones

Hay un teatro donde un rombo baila en la punta de un  pie, y luego, con un volteo sobre su otro pie. El dueño del teatro está feliz, gana mucho dinero y, con la habilidad del rombo duerme la mitad del día.

La gente no deja de ir al teatro para ver y aplaudir al rombo.

La cola para entrar al teatro da la vuelta la esquina.

Los dulces y las papas fritas se acaban.

Un día, el rombo pide permiso para viajar a visitar a su mamá. El dueño se lo niega rotundamente, dice que si no baila sus ganancias bajan.

Cuando apenas el dueño termina de hablar, se acuerda que él no conoció a su mamá, y llora.

No para de llorar día y noche.

Con sus lágrimas se llenan todos los baldes del teatro.

Vienen los bomberos con urgencia, temen que el teatro se inunde de lágrimas. Buscan salvar el teatro de aquella desgracia.

Para que el dueño deje de llorar y pare la tristeza, el rombo trae a sus amigos.

Ahora son el rombo, el cuadrado y el triángulo.

Los tres bailan.

Con este consuelo, el dueño deja de llorar un poco, aunque en su corazón desea seguir llorando. Ahora consiguen todos los pañuelos posibles para secar sus lágrimas. Trajeron pañuelos blancos, negros, floridos y cuadriculados.

Así pasa su dueño y el teatro por aquel mar de llanto.

Ahora, cuando el rombo se prepara a pedirle permiso para visitar a su mamá, el dueño sin pensar más se lo da,  además, manda flores y chocolates para su mamá.