“Eutanasia” viene del griego, que, traducido a nuestro idioma, significa “buena muerte”. Al fin de cuentas, esta práctica no es más que un suicidio asistido. Aunque sus defensores dicen que entre la eutanasia y el homicidio existe tanta diferencia como entre el amor y la violación, regular sobre la eutanasia puede llevar a una pendiente resbaladiza que puede conducir al homicidio de personas contra su voluntad, y con ello convertir a un médico, al que se le confía la vida de un ser querido, en el verdugo de su paciente.
Esa corriente defensora de la eutanasia sostiene que morir es una decisión personalísima porque nadie solicita a su médico una eutanasia sin estar convencido de que su sufrimiento es irremediable. En el balance general, el mundo ha alcanzado un porcentaje muy significativo a favor de esta forma de morir, lo que hace que la regulación en varias legislaciones que la permiten la eutanasia se haya incrementado sin darnos cuenta, y a título de avance civilizatorio, cuando de civilizado no tiene nada.
Pero el caso de una joven española de 25 años, quien en pasados días puso fin a su tormentosa vida mediante un recurso judicial que autorizó su eutanasia, ha merecido, no obstante, que la discusión se reabra, atendiendo por un lado a razones humanitarias y del derecho a disponer de la propia vida, frente a argumentos morales y religiosos. Así, la Iglesia católica mantiene una posición firme y sistemática basándose en el valor sagrado a la vida, que la considera un don de Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica, a su vez, sostiene: “Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre”. De este modo, tales procedimientos los considera inaceptables.
Ahora bien, la propia Iglesia acepta la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos o desproporcionados a los resultados, viéndola legítima cuando esos tratamientos constituyen un encarnizamiento terapéutico, lo que no significa que el fin sea provocar la muerte, sino más bien, al no poder impedirla, respetar siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.
Finalmente, la doctrina social de la Iglesia, cuando aborda este tema, deja también muy en claro que los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos, incluso el uso de analgésicos en un moribundo es moralmente aceptable si la muerte no es pretendida. El propio papa Francisco sostuvo en su momento que los cuidados paliativos auténticos, son la respuesta al sufrimiento, calificando a la eutanasia como el “fracaso del amor”.
En síntesis, para la moral católica todo lo anterior significa que la diferencia no está en el resultado porque la muerte ocurre en ambos casos, sino en la intención y los medios utilizados, haciendo una distinción que a primera vista parece más fingida que real, pero que no solo es cuestión de matizar la muerte: matar, dejar morir y ayudar a morir con dignidad. Simplemente matar no puede confundirse con la vocación misericordiosa de la Iglesia expresada en las dos últimas alternativas.
San Juan Pablo II nos dice: “La muerte es el paso a la vida eterna, no hay por qué retrasarla cruelmente”. Con todo, ello no significa que la intervención humana o más propiamente de la ley a través del médico pueda interponerse en el curso natural de la enfermedad, sin riesgo de incurrir en un delito, aunque la ley lo avale, y en una grave transgresión ante Dios.
Tampoco estamos ante un triunfo de la tan bullada libertad, sino ante la claudicación de un Estado que, en lugar de ofrecer razones para vivir, ofrece mecanismos para morir. Cuando la respuesta a un grito de auxilio emocional es una inyección letal, ¿no falló la sociedad en su misión más elemental, que es proteger la vida?
La sensibilidad del tema me inhibe de emitir un juicio condenatorio a tan antinatural práctica, pero se me hace todavía más difícil absolver de culpa, incluso si fuese mínima a un procedimiento que permita a un médico, a un familiar o al propio enfermo disponer de una vida. En la eutanasia no creo que haya la concurrencia de un tipo penal como el homicidio, ni siquiera compasivo porque si se lo hace es porque la ley lo permite, pero tampoco es el fracaso del amor; más bien es una distorsión que no permite comprender ni a legisladores, a jueces ni a familiares de un enfermo, que la finitud de la vida pertenece únicamente a la soberanía divina.
Augusto Vera Riveros es abogado