Maurizio Bagatin

Leemos un solo libro, el único libro escrito, de ahí todas las demás narraciones. Hay un oscuro precursor y “por muchas vueltas que se les dé a las palabras, siempre se escribe la misma historia”. La sabiduría de Roa Bastos ilumina, pero hoy iba buscando alguna otra luz adentro de la palabra, una de aquellas anécdotas ocultas que nos permitan una narración más. Adonde se han fusionado los elementos vitales ofreciéndonos la linfa imprescindible, que es la palabra. Y es en una labor oculta y vital, y que tal vez haya sido propiciada propio por este simple, pero no menos noble oficio que aparece.

Nos lee el Gabo en su Cartagena de Indias: “Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obra de escritores mexicanos, entre ellos “La región más transparente”, de Carlos Fuentes; “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final, la novela era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones, pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenagal de la calle; las recogió empapadas y casi ilegibles con ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa, hoja por hoja, con una plancha de ropa”.

¿Dónde termina lo verdadero para dar inicio a la imaginación y donde lo maravilloso va fundiéndose con lo extraño? ¿Y no habrá un lugar, un momento, en este espacio y en este tiempo, en el cual algo de esto realmente ocurra? Esperanza Araiza, en su inocente parsimonia y en su fría sabiduría, habrá sido cómplice en algo, ella que en 1955 ya había leído, y luego transcrito, el Pedro Paramo y en uno de sus párrafo encontrarse muchos años después el íncipit de Cien años de soledad: “El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó salir. Fue la noche en que murió Miguel Paramo”.

A Esperanza Araiza nunca le convenció el título de la obra, “La Casa” no pasaba la sencillez pero en esa frase final, subrayada y entre comillas, le pareció ver el título y no se ahorró en hacerle esa observación al autor. Cien años de soledad inició de su final.

De Esperanza Araiza no tengo una foto, ni siquiera un indicio más que posibilite llegar a una semblanza, queda la autoría de los monumentos literarios que descifró. Queda el testimonio de un gran autor que en su discurso en Cartagena de Indias la recordó, recordando a los otros grandes autores que lo precedieron. Hoy leímos todos lo que Esperanza Araiza tuvo delante sus ojos durante muchas noches insomnes, nunca sabremos si moviendo una coma, eliminando un punto o simplemente deleitándose ante litteram. Privilegio de un personaje que hizo historia sin saberlo.