Esos (nuevos) seres tribales que somos

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Pensar, decir, actuar… ¿Qué pensamos? ¿Cómo decimos y cómo nos comportamos? ¿Por qué nuestras decisiones políticas están basadas, sobre todo, en la emotividad y no en la racionalidad? ¿Cuánto influye el entorno en la toma de decisiones políticas?

Cada vez que se acercan unas elecciones, la tensión se siente en el aire como una fuerte carga viral (esta, cuando es alta, según han dicho algunos médicos, se percibe). Las pasiones se exacerban y las opiniones, generalmente en redes sociales y provocando respuestas como si fuesen parte de una “nueva normalidad” de eso que antes solíamos llamar “conversaciones”, alcanzan a menudo distintos niveles de violencia verbal.

Por razones que todos conocemos, el mundo se ha ido tornando invivible y, cuando no abunda la tristeza o el desánimo, el odio encuentra en él un campo fértil como expresión de furia o de impotencia. Pues bien, dentro de esa realidad macro, convivir, en tiempos de elecciones, se ha vuelto un verdadero reto de civilidad.

¿Han notado qué poco se enseña a respetar las expresiones de los demás en un país como el nuestro, polarizado hasta la estupidez? Los hechos que se muestran cada día en los medios de comunicación, con grupos de vecinos plantándose delante de marchistas para impedirles hacer campaña política, son apenas un ejemplo de la falta de tolerancia hacia las manifestaciones contrarias al pensamiento de uno.

Hay múltiples maneras de rebatir ideas ajenas —algunas muy creativas, incluso artísticas—, sin que ello signifique vulnerar derechos de nadie. El coartar las libertades de los demás, con actitudes inconcebibles en democracias del siglo XXI, dice mucho de la sociedad actual, por más que esa práctica sea la de una minoría.

Parece un absurdo, pero existe gente para la que la solución a la discrepancia —en este caso política; se aplica también a otros ámbitos— pasa únicamente por la confrontación violenta. Una violencia que puede ser discursiva, no siempre física. Lo sabemos por las vehementes disputas que se han producido en las redes durante la crisis de octubre y noviembre de 2019, y que ya han comenzado a reeditarse.

Si para esto hubiera una sola respuesta y, además, lógica, se podría decir que muchos han olvidado, o a muchos les cuesta reconocer, que todos somos pares. No solo que tenemos los mismos derechos, sino que el hecho de pensar diferente no hace mejor ni peor a nadie. (De cualquier modo sabemos que esto último no va a caber nunca en la cabeza del violento, del fanático ni del intolerante. ¿Quiere usted verse como un troglodita? Actúe como uno de estos). Por eso es importante la educación cívica dirigida a niños y adolescentes, para evitar que en su adultez se conviertan en monstruos inveterados.

Más allá de la chanza, lo cierto es que somos esencialmente seres tribales y nos gusta unirnos a grupos afines para protegernos entre nosotros y enfrentar a los que piensan o actúan diferente. Así, casi por comportamiento animal, se dan los choques entre tribus.

En paralelo, dejando de lado por un momento la cuestión política del respeto al pensamiento ajeno, el reputado neurocientífico argentino Facundo Manes dice que la evidencia no cambia lo que pensamos. Tú tienes una creencia y, por más que yo te presente una evidencia que demuestre lo contrario a tu pensamiento, vas a seguir creyendo lo mismo. En el fondo, no permites que se te cuestione tu identidad. Es un mecanismo de defensa. No importa la verdad.

Estamos ante dos tipos de irracionalidades: la que coarta derechos por ceguera mental (sinceramente, también social) y la que cerca como una coraza la identidad (propia, individual) y vive, paradójicamente, dentro de nuestro cerebro.

Para resolver este problema, Manes plantea la empatía, es decir, desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar del otro: imaginar y sentir lo que está sintiendo esa persona que piensa distinto a mí. “La empatía —concluye él— es una palabra clave para superar el prejuicio”.

Oscar Díaz Arnau es periodista.