«Quentin escuchaba y sabía que nunca podría escapar del peso del pasado, porque el pasado no estaba muerto, ni siquiera había pasado.»
Jorge Larrea Mendieta
El 31 de enero de 1936 William Faulkner concluyó el manuscrito de ¡Absalom, Absalom!, una obra que se convertiría en una de las más complejas y representativas del modernismo literario. Esta fecha no es un simple dato cronológico: marca el momento en que la literatura estadounidense alcanzó una de sus cumbres más altas, una novela que desbordó las formas narrativas tradicionales y que, casi un siglo después, sigue interpelando a lectores y críticos con la misma intensidad.
Faulkner, nacido en Mississippi en 1897, vivió en carne propia las tensiones de un Sur derrotado tras la Guerra Civil, atrapado entre la nostalgia de un pasado esclavista y la decadencia de un presente marcado por la pobreza y la desigualdad. En ese contexto, ¡Absalom, Absalom! se erige como una alegoría de la caída de un mundo que se resistía a reconocer sus heridas. La historia de Thomas Sutpen, el hombre que llega a Mississippi con la ambición de fundar una dinastía, es el eje narrativo de la novela. Sutpen construye una casa, una familia y un destino, pero su proyecto se derrumba por la misma hybris que lo impulsó: la obsesión por el poder absoluto y el desprecio por los vínculos humanos.
La estructura de la novela es tan monumental como su tema. Faulkner recurre a múltiples narradores —Quentin Compson, Rosa Coldfield, Mr. Compson y Shreve— que reconstruyen la vida de Sutpen desde perspectivas distintas, creando un mosaico de voces que nunca logra una verdad definitiva. La historia se convierte en un rompecabezas narrativo donde cada pieza aporta una visión parcial, y el lector debe enfrentarse a la imposibilidad de alcanzar una certeza absoluta. En este sentido, la novela es también una reflexión sobre la memoria: fragmentaria, subjetiva, siempre incompleta.
El título mismo remite a la Biblia, a la lamentación del rey David por la muerte de su hijo Absalón: “¡Absalom, Absalom! ¡Oh, hijo mío, hijo mío!”. La cita bíblica se convierte en metáfora de la caída de Sutpen y de todo el Sur, un padre que pierde lo que más ama por su propia ambición.
Un fragmento particularmente revelador, que condensa la esencia de la obra, describe la obsesión de Sutpen y la visión que de él tienen los narradores:
“Su designio era tan simple como terrible: levantar una casa, fundar un nombre, crear una estirpe. Y sin embargo, en esa voluntad no había lugar para el amor, ni para la compasión, ni para la memoria. Solo para el poder. Y el poder, como siempre, acabó devorándolo todo.”
Este pasaje muestra con crudeza la desmesura del protagonista y la tragedia que se cierne sobre él. Sutpen no es solo un hombre, sino un símbolo de un Sur que quiso perpetuar su grandeza sobre cimientos de violencia y exclusión, y que terminó hundiéndose en su propia contradicción.
Los temas que atraviesan la novela son múltiples y profundos. El mito del Sur, atrapado en su propio sueño de grandeza y condenado por su racismo y violencia, es el más evidente. Pero también está la reflexión sobre la narración misma: la historia nunca se cuenta de manera lineal ni definitiva, y cada narrador aporta su versión, mostrando que la verdad es siempre fragmentaria. El racismo y la esclavitud aparecen como heridas abiertas que estructuran la sociedad y que condenan a sus protagonistas. La ambición desmedida de Sutpen se convierte en una metáfora de la desmesura que destruye tanto al individuo como a la colectividad.
El impacto de ¡Absalom, Absalom! fue inmediato en el ámbito literario, aunque no siempre comprendido por los lectores de su tiempo. Críticos como Harold Bloom y Cleanth Brooks la han considerado la “novela más difícil y más grande” de Faulkner. Fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en inglés del siglo XX por la Modern Library, y su influencia se extiende a autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Toni Morrison, quienes retomaron la idea de la polifonía narrativa y el mito regional.
El 31 de enero de 1936, por tanto, no es solo la fecha en que Faulkner terminó un manuscrito: es el día en que la literatura universal ganó una obra que redefine la manera de narrar la historia y la memoria. ¡Absalom, Absalom! no es únicamente la historia de Thomas Sutpen, sino la tragedia de un pueblo que no logra reconciliarse con su pasado. Es una obra que exige al lector paciencia y compromiso, pero que recompensa con una visión profunda de la condición humana.
Leer esta novela es enfrentarse al espejo del Sur, pero también al espejo de cualquier sociedad que se niega a reconocer sus heridas. Por eso, a casi un siglo de su publicación, sigue siendo una obra viva, capaz de competir por cualquier premio literario y de interpelar a nuevas generaciones. Su grandeza radica en que no ofrece respuestas fáciles, sino que obliga a pensar, a cuestionar y a recordar que la memoria nunca es un relato único, sino un coro de voces que se contradicen y se complementan.
El 31 de enero de 1936, Faulkner nos entregó una obra que no solo pertenece al canon literario, sino que se erige como un monumento a la complejidad de la historia y a la tragedia de la ambición humana. Ese día, la literatura ganó un espejo eterno en el que seguimos viéndonos reflejados.