En la casa de Juan Pancho Bedregal

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En la calle Goitia de la ciudad de La Paz está la casona donde vivieran Juan Francisco Bedregal y su hija Yolanda (Yolanda de América). Invitado por el joven investigador Óscar Córdova, el otro día la visité y pude pisar las escaleras, tocar las barandas de madera y palpar los libros viejos que hace un siglo palparan, tocaran y pisaran los insignes escritores de Palabras Libres, aquel cenáculo intelectual capitaneado por Alcides Arguedas hacia principios del siglo XX y que le dio tantísimas y valiosas páginas literarias y sociológicas a Bolivia.

Construida en los años 20, la casona hoy se mantiene erguida con todo su esplendor señorial conservando en su interior todo el mobiliario original: estantes, repisas, escritorios, sillones de cuero y cómodas talladas, además de lámparas de araña doradas, esculturas, acuarelas y candelabros. Podría decirse que es una casa-biblioteca, porque casi todos los cuartos están atiborrados de libros, revistas y folletos de todo tipo: libros y más libros apilados por todas partes, algunos ya catalogados e inventariados y otros todavía en el anonimato. La inmensa cantidad de papel que allí se encuentra es el legado de varias bibliotecas, todas de alguno de los Bedregal: o de Juan Francisco, o de Yolanda, o de Gonzalo.

Cuando entré, conocí a Pancho Bedregal (nieto de Juan Francisco), quien junto con un grupo de archivistas y catalogadores trabajaba en el inventario de los libros de la preciosa herencia de papel. Allí, detrás del vidrio de los anaqueles, encontré ediciones únicas, ya por su antigüedad, ya por su procedencia editorial, ya porque contenían anotaciones o alguna dedicatoria de algún personaje literario o cultural. Montaigne, Homero, Dante, Voltaire, Montesquieu, eran algunos prohombres del pensamiento que mi ojo pudo ver en su vertiginosa revisada, y por supuesto había miles de libros nacionales o de autores americanos. Muchos eran tomos curiosos, raros, que por su valor serían la delicia de muchos lectores y que, por supuesto, no se encuentran en ninguna parte del oceánico pero, paradójicamente, a veces pobre mundo del internet.

Pancho me comentó que también hay un epistolario de su abuelo en el que hay archivada, por ejemplo, una misiva navideña de Franz Tamayo de diciembre de 1897, cuando este tenía 18 años y aquel apenas 14. La carta versa sobre la amistad y las emociones tempestuosas que brotan en el corazón del hombre cuando este afecto se despierta en el espíritu… Hay además, por supuesto, cartas de muchos otros personajes políticos e intelectuales de aquella época, como los del mismo círculo de Palabras Libres (Arguedas, Chirveches, Alarcón, Tejada Sorzano, etc.).

La organización de esta gran colección de libros es un buen aporte a la cultura boliviana, puesto que todo investigador o lector tendrá acceso a ella una vez los libros estén catalogados, clasificados por temáticas y ordenados en su justo sitio. Pero, por otra parte, visitar esta casona es estimulante no solo por los libros que contiene, sino también por el significado de quienes la habitaron hasta hace unas décadas solamente: una familia de escritores y pensadores que aportaron con artículos, ensayos, versos y novelas al acervo literario boliviano. Entrar en esta casa ubicada en el centro de La Paz es entrar donde seguramente Arguedas, Alarcón o Chirveches, o todos ellos en grupo, tomaban el té con Juan Pancho Bedregal mientras departían sobre algún libro o algún asunto de tipo cultural o político. Aquella tarde, yo tuve el gusto de sentarme en un sillón donde seguramente hace cien años Arguedas, o Chirveches, o Alarcón colocaron su trasero. (¡Qué honor!).

En un mundo en el que la investigación se ha facilitado por el internet y en el que la lectura se hace a través de tabletas u ordenadores, el lanzamiento de una colección de libros antiguos como esta de los Bedregal, para la consulta de investigadores o simplemente lectores, es un acontecimiento relevante, toda vez que —al menos los amantes del papel impreso lo sabemos bien— abrir, tocar, mirar y admirar un libro físico constituye una experiencia absolutamente diferente a la de descargar de la nube un archivo PDF.

Que en esta casa que acoge libros y otras obras de arte se siga pensando y escribiendo a partir del legado bibliográfico de los Bedregal, pero ahora por los visitantes externos que tenga. Porque el libro es uno de los mejores inventos (¿no es el mejor?) que ha dado el hombre. Porque, junto con Arguedas, pensamos que el tiempo lo arrasa casi todo: sistemas políticos, discursos, gobiernos, ciudades, pero no el libro. El libro queda indemne, desafiante, contumaz, ante los vaivenes de los días, los meses y los años. Y así, es una invitación gratuita y permanente al pensamiento.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario