Maurizio Bagatin

Inicia con Jano bifronte, no sabemos si historiador o profeta, y nos quedamos con la ambigüedad en su mirada. ¿Una sonrisa o un guiño? Vendrán luego las máscaras del carnaval, fantasía y esperanza. ¿Las dos caras de la misma moneda? Febrero tal vez lo dirá.

Son vidas que veo y que son manchas de leopardos, infancias marcadas y el gen que no ahorra a nadie. El calendario no tiene pausas, deja huellas hasta en el asfalto, firmes sentencias y absoluciones; retrata el clima, cuida la semilla en la tierra, el apacible animal, y la cosecha del fruto.

El calendario es héroe y es villano. Conserva la memoria necesaria al poder, el calendario es hegemónico. Los ancianos en una plaza van comprando el almanaque Bristol, detrás de una puerta los campesinos cuelgan el Schiesón Trevisán, el chinampero mira las fases lunares de este año en el Calendario Galván.

La tierra da vuelta alrededor del sol. Unos tras otros, vividos, arrastrados, gozados, sufridos, los días borran el calendario. Quedan afuera todos los pequeños detalles que la Historia no escribirá nunca: una hoja aun verde que abandona el árbol, la ausencia del canto del gallo en una triste mañana de invierno, la ventana cerrada desde donde unas sonrisas buscan el sol.

Son nombres colgados a una pared, santos cristianos. Lunar y solar, gregoriano. El asombro de Pigafetta en haber circunnavegado la tierra siempre en dirección Oeste, en su marcha giratoria, y haberle arrebatado un día.

Son nombres de emperadores y divinidades, nuestro diario vivir dictado por Numa Pompilio y Julio Cesar; un día se hizo al revolucionario, mirando solamente el movimiento del sol. Una nueva orden del tiempo: vendimiario, germinal, brumario y ventor sus meses, muerte a la religión y ciclo a siembras y cosechas del mundo agrícola. Al año tercero murió, Napoleón tenía otros cálculos.

Nunca un tiempo biológico que siga el pathos del hombre, las emociones, los cansancios, un reloj de arena que resista al olvido y en su fisura deje entrar una nueva luz.