Maurizio Bagatin

Andy Warhol aún no había inmortalizado el icono pop Mao Zedong. Es el año 1965, si la numeración arábigo moderna que se lee en el periódico es la correcta. Mao seguirá viviendo diez años más, Nixon lo visitará y Andy Warhol se inspirará. Luego, el ’68, el situacionismo y las dictaduras.

Todo el esplendor y la grandeza de una civilización, aún muy lejana al occidente, una infinita muralla, el viaje de Marco Polo y Madame Butterfly, la Revolución Cultural disfrazando los gulag maoístas. Mo Yan tenía diez años y andaba caminando entre arrozales y sorgo, en la profundidad de una China aun medieval, a la que le estaban secuestrando la memoria, arrebatando la identidad.

Los pájaros han tornado a sus nidos en bandadas.
Perezosa, la última nube se aleja. 
La montaña es mi única compañera.
Ni al uno ni al otro nos cansa.    

Escribe Li Po sentado, solo, en la montaña Zhing Ting.

En toda Sudamérica se van expandiendo movimientos estudiantiles, grupos rebeldes, el hombre nuevo, la anarquía, los Beatles y los Rolling Stones. Desde Bolivia, van de visita a China un grupo de estudiantes de la izquierda de diferentes universidades del país, se los ve en la foto en blanco y negro, junto a líderes de la nomenclatura burocrática china. Es una foto convencional, característica de los años sesenta y setenta, grupos que se identificaban con una ideología, una bandera, una fe.

Cuando “El Chino” entró en la inmensa fábrica de aceite de hígado de pescado, había varios encargados en acompañar las visitas. TUNG HAI era la mayor empresa china en la elaboración de    aceite de hígado de pescado, lo comercializaba en capsulas, en emulsión puro o con jugo de naranja fresco. Más de medio siglo después nada ha cambiado, TUNG HAI sigue elaborando el mismo producto, con las mismas características y, para niños y adolescentes de todo el mundo, con el mismo espantoso efecto a la sola vista de la confección aun bien sellada. “El Chino” sigue disfrutando de la visita, con un fiel traductor y guía que lo acompaña, pregunta todo lo que su curiosidad lo empuja en conocer, si el pescado es de mar o de lago, tal vez de algunos de sus ríos  inmensos, cuanta gente trabaja en esa fábrica, cuantas horas diarias, y si tienen vacación. “El Chino” es orureño pero ahora vive en Cochabamba, estudia Derecho y, una vez acabada la carrera, se dedicará a la política. “El Chino” es un buen camarada, fiel al partido y a sus compañeros universitarios, a los comunistas chinos y a la Revolución Cultural.                                                                    Van saliendo de la fábrica, serán veinte los dirigentes estudiantiles que van subiendo al enorme bus que los llevará a visitar el zoológico de la ciudad, mientras una avalancha de ciclistas va cruzando la interminable avenida. Se miran estupefactos, uno de ellos dice que China muy pronto dominará el mundo, otro, sonriendo, le contesta muy sencillamente: “el sol del futuro surgirá de aquí”. Uno de los dirigentes mayores pregunta: “¿Dónde está El Chino?”, Nadie sabe, todos callan y dan inicio a la búsqueda. Se llama lista y no aparece. Se cuentan y falta uno. Se levanta de su asiento el otro orureño de la delegación y, sorpresivamente, dice: “El Chino está ahí, no lo ven, está hablando con el traductor”; todos entonces se iluminaron: “El Chino” no acaso tenía ese apodo, en medio de los chinos pasaba desapercibido, tan parecido a ellos que ellos mismos ya lo habían sentido uno de ellos.

Me preguntaba un amigo romano, mientras estábamos buscando una tienda de artesanos de El Alto, si éramos seguro de estar en Bolivia. Él llegaba de un viaje a Katmandú y que toda esta gente le pareció tan igual a los nepalís, que por un momento creyó haber vuelto a las alturas de otra cordillera, la del Himalaya. El viaje de la humanidad fue un recorrido de miles de años, Bering y Clovis y luego exterminados valles, pampas y otra cordillera, un cruzar del Pacifico para miles.

El viaje en China de aquella generación queda plasmado en signos indescifrables, en traducciones que hoy en día expertos comerciantes aymara hacen con la misma desenvoltura que tal vez “El Chino” tenía aquellos días en Pekín, en Shanghái, entre chinos que sintieron con él más afinidades que con los demás.

Imagen: Recorte de periódico con la foto de la delegación boliviana en China con “El Chino”