El virus del cansancio

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A algunos nos horrorizan las imágenes de las multitudes que abarrotan terminales de transporte y centros de recreo, ansiosas de vacacionar. Las advertencias sobre una tercera ola de contagios no atenúan esa ansia literalmente desbordada para romper el confinamiento y, de manera inevitable, incumplir la sana distancia. 

Hay algo de autoengaño y necedad en esa inconsciente persecución del contagio. Para quienes han querido entender existe información abundante sobre la transmisión aérea del virus, el riesgo de las nuevas cepas, la insuficiencia de las vacunas y la necesidad de mantener todas las precauciones. Los vacacionistas tumultuosos dan un salto al vacío apostando a que las probabilidades y la suerte los favorezcan. 

En todo el mundo hay hordas de irresponsables, pero en pocos sitios como en México se desparrama ese jolgorio colectivo que hace de la vacación un pretexto para ofuscarse. Octavio Paz reconoció hace siete décadas esa propensión a la fiesta en donde “nos aligeramos de nuestra carga de tiempo y razón”.

Sólo desprendiéndose de las cargas que impone la pandemia hay quienes se arriesgan en las muchedumbres vacacionistas. Ninguna consideración atenúa la irresponsabilidad de esos compatriotas, que implica el peligro de contagiarse ellos mismos y por lo tanto contagiar a otros. Las multitudes de estos días son un fracaso de la solidaridad social y de la comunicación gubernamental que, ciertamente con timidez, reitera que hay que quedarse en casa. 

Todos estamos cansados, mucho. Llevamos más de un año confinados, o renunciando a la vida que teníamos antes, cada quien según sus condiciones y entorno. La angustia acumulada durante ese extenso y extravagante año constituye un padecimiento adicional a los que provoca el malhadado coronavirus. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que está de moda, escribe en El País que, en la pandemia: “De un modo u otro, todos nos sentimos hoy muy fatigados y extenuados. Se trata de un cansancio fundamental, que permanentemente y en todas partes acompaña nuestra vida como si fuera nuestra propia sombra”.

La Organización Mundial de la Salud le ha llamado “fatiga pandémica” a ese estado de agotamiento y hartazgo. El neuropsiquiatra Jesús Ramírez-Bermúdez dice que ese término se emplea “para referirse al oleaje multiforme de un malestar emocional… vinculado en forma estrecha con la enorme duración de este fenómeno: a medida que se acumulan los meses, nuestros mecanismos de afrontamiento se agotan y aparecen sentimientos de enojo, frustración, tristeza, sobre un fondo de incertidumbre” (Nexos, marzo de 2021).

En Estados Unidos, de acuerdo con la Oficina del Censo, en diciembre pasado más de 42% de las personas reportaban síntomas de ansiedad o depresión. En el primer semestre de 2019 solamente el 11% había experimentado tales sensaciones, según la revista Nature

En México, una encuesta de El Financiero publicada la semana pasada encontró que el porcentaje de mexicanos que se consideran felices disminuyó mucho más entre quienes reciben menos ingresos. En septiembre de 2019, 54% de los entrevistados de ingresos medios y altos declaraban que eran muy felices. Esa cifra disminuyó al 40% a comienzos del actual marzo. Entre las personas de ingresos medios bajos y bajos (siempre según la metodología de esa encuesta) los ciudadanos que se consideran muy felices se redujeron del 40%, al 14%. La pandemia, y sus efectos que golpean más a quienes menos tienen, ha influido en esa percepción.

La semana pasada, la Encuesta Nacional GEA-ISA del mes de marzo indicó que en México, a propósito de la pandemia, el 73% de las personas tiene miedo de salir a la calle. Además, el 68% tiene miedo de morir de COVID-19.

Esa angustia es global. Un grupo de trabajo internacional de la revista The Lancet revisó docenas de investigaciones sobre padecimientos mentales durante el año reciente y encontró un conjunto de evidencias “claro y consistente, que sugiere que la salud mental ha disminuido durante COVID-19”. Aunque advierten que la situación cambia de un país a otro y de una etapa a otra, esos investigadores sostienen que “estar cerca o experimentar la infección por COVID-19, luchar con la incertidumbre financiera propiciada por COVID-19 y pasar más tiempo en tareas de escuela en casa, participar en las labores del hogar o leer noticias sobre COVID-19, ha sido asociado con el empeoramiento de la salud y el bienestar mentales” (Lara B. Aknin y otros, “A Review and Response to the Early Mental Health and Neurological Consequences of the COVID-19 Pandemic”).   

Jóvenes y mujeres padecen más la ansiedad por la pandemia.“Los jóvenes, más que los viejos, son más vulnerables a una mayor angustia psicológica quizá porque tienen mayor necesidad de interacciones sociales” indica una nota en Nature el 3 de febrero. Añade: “Los datos también sugieren que las mujeres jóvenes son más vulnerables que los hombres jóvenes, y las personas con niños pequeños o con un trastorno psiquiátrico diagnosticado previamente, tienen un riesgo especialmente mayor para sufrir problemas de salud mental”.

Es natural que el encierro fatigue, y exaspere, especialmente a los más jóvenes que contemplan cómo transcurren los meses sin encontrarse con sus amigos (o sin hacerlo como ellos quisieran) mientras el tiempo pasa y sin expectativas claras de solución. Para los viejos de 60 y 70 años, este año de pandemia equivale al 1.6% o al 1.4% de lo que llevamos de vida. Para un muchacho veinteañero, ese año ha significado el 5% de su vida hasta ahora. Para una niña de 4, el 25%. 

La falta de certezas sobre la pandemia contribuye a esa desazón. Aunque ha amainado, la epidemia no cesa y es posible que empeore. En México, los mayores de 60 tenemos la pizca de esperanza que traen las vacunas pero los menores de esa edad no saben cuándo se las pondrán.

El trabajo en casa, las horas frente al Zoom, la rutina que de tan plana puede resultar ominosa, intensifica la sensación de agobio. La incesante información en redes y medios con frecuencia es contradictoria. En nuestro país sufrimos además la insensatez de autoridades que exhortan a que nos cuidemos pero andan por la calle y hablan en público sin cubrebocas, entre tantas otras inconsecuencias.

   “Nos cansa hablar y por eso abundan los desvaríos, nos cansa callar y estamos cercados por mentiras. Nos cansan las noticias pero las oímos con avidez”, escribe la gran Ángeles Mastretta en Nexos de marzo. Las cifras diarias de muertes en muchos casos dejan de sorprender y se pierde la dimensión de la tragedia que estamos experimentando. La información sobre la pandemia nos aturde pero quizá no nos consterna lo suficiente. Para muchos, el escape está en soslayar la realidad aunque no la ignoren. Llegaron las vacaciones.

   La fatiga pandémica es inevitable pero, como con tantos otros padecimientos sicológicos, una de las maneras para comenzar a enfrentarla es reconocerla. El hecho de que sea un síndrome tan extendido no impide atajarlo con información y orientación. El ya mencionado Byung-Chul Han ha señalado: “El virus SARS-CoV-2 sobrecarga nuestra sociedad del cansancio radicalizando sus distorsiones patológicas. Nos sume en un agotamiento colectivo y, por eso, se podría llamar también el virus del cansancio”. 

   Ya sabemos que la vida está colmada de incertidumbres. De eso se trata esta aventura. Pero si pueden, por favor, vacacionen en casa.


ALACENA: Morena y AMLO vs. la democracia 

La campaña que Morena y el presidente López Obrador han emprendido contra el Instituto Nacional Electoral es una expresión de deslealtad a la democracia. El Consejo General del INE, en una votación respaldada por 7 de sus 11 integrantes, canceló el registro de 49 candidatos a diversos cargos de elección porque no entregaron los informes financieros de sus precampañas. La Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales indica que quien no cumpla con ese requisito “no podrá ser registrado legalmente como candidato”.

Los consejeros del INE no crearon una norma nueva, como algunos han dicho. Tampoco se excedieron en la aplicación de ese ordenamiento. Simplemente lo acataron.

Para la próxima elección compiten millares de candidatos a variados cargos, desde gobernadores hasta diputados locales y federales. De todos ellos, en un monitoreo realizado por la autoridad electoral, solamente 49 no entregaron sus informes financieros. De esos aspirantes, 42 son de Morena y 7 de otros partidos.

El problema no es que el INE aplique la ley, sino que haya aspirantes a cargos de elección que no la cumplen. El hecho de que la gran mayoría sean miembros de Morena indica el escaso aprecio que hay por la legalidad entre importantes miembros de ese partido.