Quizá nunca como ahora en la historia se hayan difundido más la ignorancia y la necedad. Y aquí hay otra paradoja de la historia: mientras que hoy el conocimiento circula en bibliotecas virtuales y millones de PDF de descarga libre, millones de seres humanos se dedican a ver videos estúpidos en sus teléfonos o a discutir encarnizadamente en X, Facebook o TikTok sobre temas sensibles, importantes y baladíes. Esto es así porque la sabiduría nunca ha sido de mayorías, sino de reducidas élites, las cuales muchas veces se sienten incomprendidas por el mundo y son, por ende, solitarias.
Mientras que ayer los manipuladores sectarios que se aprovechaban del vacío crítico del hombre eran seres humanos de carne y hueso (imaginemos, por ejemplo, a los propagandistas de los regímenes nazi y soviético), hoy los manipuladores pueden ser algoritmos entrenados para crear burbujas de agudo resentimiento u orgullo inmoderado. Y así, tenemos que en 2026 los seres humanos seguimos siendo víctimas de mitos, tal vez ya no de aquellos que referían brujas montando escobas voladoras o duendes con orejas puntiagudas, pero sí de aquellos que versan sobre realidades políticas (o incluso científicas) que poco o nada tienen que ver con la realidad.
Este fenómeno se muestra en, por ejemplo, las reacciones que suscitó la captura de Nicolás Maduro, quien gobernó Venezuela con mano de hierro y corruptamente durante doce largos años. Entonces, al punto salieron a la palestra de la opinión pública fanáticos capitalistas o antiizquierdistas (muchos de ellos se hacen decir o se creen liberales) que aplaudieron la violenta invasión estadounidense, pero también furiosos izquierdistas que, obviando las fechorías y el rotundo fracaso del chavismo y, en general, del llamado Socialismo del Siglo XXI, se comenzaron a rasgar los trajes y reclamaron libertad para el tirano acusado de narcotráfico. No obstante, también hubo personas que no son ni incultas ni ingenuas, sino todo lo contrario, pero que de igual forma trataron de llevar agua a su propio molino para ganar notoriedad o sacar algún provecho político en el río revuelto, lo cual en realidad es moralmente más reprochable.
En todo caso, lo que deseo tratar en este breve texto es el valor que tiene el silencio —el no decir nada, el no tuitear, el no comentar, el no hacer videos de uno mismo opinando— en ciertos momentos, como esos en los que opinar sobre algún hecho o fenómeno, que pueden ser las estrellas de neutrones, la pandemia del Covid-19 o la receta de la salteña, está de moda en las redes. En esos casos, el silencio puede ser mejor que escribir el más comprometido análisis. En un mundo aturdido y lleno de ruido e información basura, aportar con no decir nada puede ser muy valioso.
Cuando todos hablan de lo mismo, decir cosas diferentes o sencillamente ser silente pueden ser las acciones más distinguidas y hasta nobles. Cuando todos hablan de lo mismo (la guerra Israel-Hamás o la de Ucrania-Rusia, Jeffrey Epstein, la captura de Maduro u otros hechos que están en boca de todos) y uno se acopla a esa charla, el efecto mainstream se propaga y la individualidad, la originalidad, corren el riesgo de desaparecer, para darle paso la vulgaridad y la ordinariez. Ahora bien, muchos dirán que opinar donde y como queramos es democracia y libertad. Bueno pues, que esos muchos lo sigan creyendo.
Al menos hasta ahora, los algoritmos de las empresas tecnológicas que administran las redes sociales están entrenados para propagar la ignorancia (o al menos para no combatirla) y para formar legiones fanáticas de gente que habla superficialmente y siempre de lo mismo. ¿No tenemos en las redes sociales millones de idiotas opinando sobre tópicos en torno a los cuales habría que reflexionar pausada y prudentemente? ¿Puede dudarse de que las redes democratizaron la ignorancia? ¿Para qué tanta opinión e información? Columnas de opinión (como esta), podcasts, videos amarillistas, tuits, memes y noticias falsas y de periódicos prestigiosos inundan el flujo de contenido en permanente actualización. Sin embargo, no lo olviden, lo que se necesita para la paz y la salud mental es leer solo lo que tiene calidad y se aproxima más a la verdad, y luego solo un poco de silencio.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social