El regreso

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Salir y volver a Bolivia luego de unos años suscita emociones difícilmente explicables. Un sábado por la mañana, cuando despierto, La Paz está a mis pies. Hay que acostumbrar al espíritu, ajustarlo a los nuevos tiempos, a las sensaciones, repetirle que no es un sueño.

Estoy en Sopocachi, desde mi ventana veo la UMSA. Recuerdo los años que di clases ahí, cuando competía con la vista hacia el Illimani para que mis estudiantes de Sociología no se distrajeran. El atrio, tan presente. Vienen a mi mente las palabras de mi madre cuando en la dictadura de 1980 estaba ocupado por tanquetas: “Miren y no olviden”.

Subo un poco la vista y alcanzo la Plaza del Estudiante, y la Iglesia María Auxiliadora sobre El Prado. Fue ahí donde, al terminar la misa de un año conmemorando el asesinato de mi padre en 1981, fuimos amedrentados por paramilitares que nos hicieron escapar. Era de noche, llovía.

También me refugio en mis episodios más personales. Mi abuela tenía su departamento en el edificio donde ahora vivo; pasé largas noches de cariños con jugo de naranja en la mañana y chocolate caliente en la noche.

Cuando planifiqué este viaje de vuelta al país, tenía pensado empezar una agenda escritural similar a la que asumí cuando estuve en Nueva York y luego en París. Redacté Un sociólogo vagabundo en Nueva York y un Diario parisino que pronto saldrá publicado. Pero horas antes de aterrizar en La Paz me quedó claro que algo no cuadraba. Volver a casa no es lo mismo que descubrir una ciudad ajena. Aquí nada me sorprende, no “descubro” una urbe y sus formas; desempolvo y actualizo, que es diferente. Me queda claro que en Bolivia no soy un sociólogo vagabundo observando con sorpresa una realidad desconocida. Vuelvo, sin haberme ido del todo, por tanto solo ajusto cotidianidades informaciones.

Matilde Casazola lo dijo con claridad. Como ella, “yo no logro explicarme con qué cadenas me atas”; aunque más que las cadenas prefiero pensar en las misteriosas “hierbas” con las que “me cautiva la dulce tierra boliviana”. Será la quirquiña, la huacataya, la coca o la ulupica. Para el caso, son indescifrables los misterios de la pertenencia, y dulces las caricias de la acogida. Es tiempo del regreso.