Márcia Batista Ramos

“El amor virtuoso no posa la vista en nada vil o perverso” -pensó Leonardo, en la tarde, del 17 de enero de 1507, a las 15:07, de un día jueves, frío con una lluvia copiosa, cuando sintió por primera vez dolor en los huesos y dijo a sí mismo que empezaba a envejecer. Sabía que a partir de aquél momento dormiría “el achacoso y agrietado sueño”, inmortalizado por el también inmortal, Borges.  Él fue un artista en el sentido tradicional de esa palabra, no fue solo pintor, sino que también fue un hombre que se ocupó del estudio racional y sistemático de la naturaleza.

Sus huesos parecían fríos, aun que estaba bien abrigado, sentado frente al fuego de la enorme chimenea, leyendo tranquilamente la historia de “Sesí, la vil”, mientras el personaje de cara regordeta y cabellos amarillos, largos y abultados, se erguía ante él, en la sala construida con piedras cortadas, del castillo “de Clos-Lucé”, un dolor semejante a un corte metálico le atravesaba por un instante el hombro, por otro instante la pierna.

Prácticamente no hubo rama del conocimiento natural que Leonardo no cultivara y en donde no haya hecho algún aporte, que luego, se demostraría como único para su época. Empero, sus conocimientos de fisiología y anatomía, no eran suficientes para detener el dolor que le sobresaltaba, recordando alguna herida de algún duelo que él nunca tuvo.

Seguro de que el mundo real, multiplica sus dimensiones, Leonardo, permite a sí mismo, experimentar otra dimensión de lo real, a través de la lectura que lo entretiene, mientras la lluvia incansable, moja el paisaje de Amboise, en la primera década del siglo XVI.

La segunda será princesa, jamás será reina vaticinó un hada… Así, la princesa Sesí, creció con envidia de todas las princesas que, un día, podrían llegar a ser reinas…”

Leonardo, fue también un insigne geómetra. Sus cuadros están llenos de dibujos matemáticos. El inventor y pintor logró determinar el centro de gravedad de un semicírculo. Pero, le gustaba entretenerse con historias ingenuas, de autores anodinos. Especialmente, en esta etapa de la vida en que sus descubrimientos e inventos, se amontonaban y los mecenas, de la época, no deseaban ponerlos en práctica, porque de verdad verdadera, no querían cambiar el mundo para mejor, apenas, les apetecía fomentar al genio, para aumentar su propio ego.  Y Leonardo, en esta ocasión, pensaba anotar en un cuaderno una colección sin orden alguno, elaborado a partir de muchas hojas sueltas, a las cuales, él mismo, había de copiar, esperando distribuirlas correctamente más adelante, de acuerdo con las materias en ellas tratadas. Porque se trataba de muchas cosas y la memoria no podía retenerlas a todas.

“La princesa era mala y se quedó gorda y sola…”

El invierno frío y lluvioso le mantenía alejado de los estudios de las ciencias de la tierra. Asimismo, de las disciplinas que estudian la estructura, morfología, evolución y dinámica del planeta Tierra. Sin ánimo de seguir investigando sobre ciertos elementos geológicos, relativos a los procesos de sedimentación, Leonardo se recluía a sus aposentos más íntimos, donde un criado designado a atenderle, le alcanzaba sus alimentos y bebidas.

“…la princesa era floja, incluso para pensar. Le decían: La gorda.”

La curiosidad, como actitud típica de los científicos, siempre fue un comportamiento natural y evidente en Leonardo, fue el aspecto emocional más relevante en su carácter, que engendró la exploración, la investigación, el descubrimiento y el aprendizaje; su curiosidad no conocía límites y su objetivo era desentrañar la esencia misma de la creación…

La lectura que traía en manos, era tan burda cuanto interesante, ante la mirada del genio; que trató tantos temas como pudo, poco se le escapó. Porque, prácticamente todo, le llamaba la atención; hasta la incapacidad mental de algunos individuos, que son incapaces de crear, lo que fuere. Al leer, Leonardo, sentía que el mundo real multiplicaba sus longitudes, como lector se sentía un viajero, que, al terminar la lectura, se volvía más completo o en otro caso, sentía que una parte de sí, se quedaba en el mundo que visitó en su lectura.

“La gorda robaba ideas ya que carecía de conciencia moral.”

Leonardo también fue un extraordinario escritor. Cultivador de variados géneros, que a menudo fusionó deliberadamente. Sus cuentos, sus historias de animales, su bestiario, están cargados de leyendas, de fantasías… Aun así, la lectura de “Sesí, la vil” acaparaba su atención, en la tarde húmeda, porque entre otros, el “rey Espejismo” personaje de la historia, hacia una valoración excesiva de sí mismo; y su ego le impedía reconocer que se había equivocado de nuevo y su vida era un cúmulo de equivocaciones, pero su capacidad extrema de autovaloración, era una especie de neblina que, según el rey: cambiaba la percepción de los demás sobre sus errores.

 Hoy, todos son unánimes al afirmar que ingresar a la obra escrita de Leonardo o a su obra pintada, es una navegación fascinante que uno puede hacer entre los espíritus, sin duda es uno de los espíritus más grandes que existió en la historia de la humanidad.

“Todos sabían que Sesí, la vil robaba ideas. Pero, a ella no le importaba pasar por inmoral.”

Tanta era su crueldad que recordaba al basilisco, entonces Leonardo escribió:

“La crueldad \Tanta es la crueldad del basilisco, que, \al no poder matar a los animales con su\mirada venenosa, se vuelve hacia las \plantas y, fijando en ellas la mirada, las seca.”

En la lata vacía de bombones “Guylian” estaba la nota de la gorda “agradeciendo, por la idea inicial”, que ella había robado.

El máximo exponente del Renacimiento, ante la ambigüedad expresiva del instante sonríe.