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El poder y la caída: Estoicismo frente a la vanidad política

 Miguel Alfonso Ávila

 Entre el hielo y el cauce

Marco Aurelio, el emperador romano que gobernó vastos territorios sin extraviar la compostura de su espíritu, dejó plasmada en sus Meditaciones una verdad que hoy resuena como una advertencia para la escena política boliviana: el único poder auténtico es aquel que se ejerce sobre uno mismo. Todo lo demás —el mando sobre las comunidades, la fuerza institucional del Estado, los recursos del erario público— es un bien prestado por la contingencia; una concesión de la fortuna que esta puede reclamar en cualquier instante, sin previo aviso.

Para los pensadores estoicos, el poder externo es un «indiferente preferible»: un elemento cuyo valor radica exclusivamente en la virtud de quien lo ostenta. Cuando el cargo se convierte en objeto de codicia o fuente de soberbia, deja de ser una herramienta de servicio para transformarse en una trampa que forja su propia ruina. La historia boliviana, con sus altibajos y sus figuras polémicas, ofrece un escenario paradigmático para comprender esta lección ancestral sobre la transitoriedad de las glorias humanas.

 I. El poder como ilusión: La altura del piso 24 y el centinela de hielo

 La caída de Luis Arce Catacora no es solo un hito jurídico y político; es una parábola contemporánea sobre la fragilidad inherente a la vanidad. Durante su gestión, el ejercicio del mando se encapsuló en el piso 24 de la Casa Grande del Pueblo, un espacio que devino en epicentro de una soberbia tecnocrática con pretensiones de eternidad. Desde esa altura, tanto física como simbólica, se diseñaron planes para «transformar la nación» bajo un aislamiento que ignoraba las pulsaciones de la calle, las carencias del ciudadano de a pie y las demandas de las regiones postergadas.

 En aquellos días de opulencia, la arquitectura moderna del palacio pretendía rivalizar en imponencia con el entorno andino. Sin embargo, incluso desde el ventanal más costoso de la Casa Grande, una figura permanecía inmutable, proyectando su sombra sobre el cristal pulido: el Illimani. La montaña, con su blancura milenaria y sus cumbres nevadas, no era un simple decorado paisajístico; era un recordatorio silencioso de la verdadera escala de las cosas, un espejo de la realidad que la soberbia del poder intentaba, inútilmente, ignorar.

 Arce depositó su confianza en variables fuera de su control: el favor voluble de las masas y la ilusión de que la técnica podría suplir la integridad moral. Como afirmó Séneca el Joven: «El poder no cambia al hombre, solo lo descubre». El mando actúa como un reflector que no crea virtudes ni vicios, simplemente desnuda lo que ya habitaba en la oscuridad del carácter. Esta revelación, central para la filosofía estoica, prepara el terreno para entender por qué el colapso del poder externo se convierte en una prueba inevitable del ser humano.

 II. La caída como lección: De la cúspide a la penumbra

 El descenso ha sido vertiginoso y contundente: de los salones alfombrados a la austeridad implacable de una celda. Allí, el tiempo ya no se mide por decretos ni agendas, sino por el ritmo monótono de los pasos de los guardias. Esta transición simboliza el fracaso de quien olvidó la premisa fundamental de Epicteto: distinguir entre lo que depende de nosotros —nuestros valores y actos— y lo que nos es ajeno —el cargo y las circunstancias externas.

 Desde la penumbra de su encierro, el exmandatario se enfrenta a un nuevo ventanal, mucho más estrecho y cruzado por barrotes. Y allí, inmutable, sigue el Illimani. La geografía paceña conecta, a través de la mirada de la montaña, los dos extremos de su vida pública: el palacio que lo aisló de la realidad y la prisión que lo confronta con ella. Al perder la «guardia pretoriana» de seguidores oportunistas, En los días de gloria, el palacio bullía de «hermanos de la patria» y cortesanos compitiendo por un gesto de aprobación o una mención en sus discursos. Empresarios llegaban en coches lujosos para buscar contratos, líderes sociales pedían favores a cambio de apoyo, y periodistas complacientes escribían artículos elogiando su «genio administrativo». Hoy, ese mismo entorno guarda un silencio ensordecedor. La soledad del poder revela, además, las grietas de una vida privada que el protocolo y la propaganda intentaron ocultar bajo muros estatales, desde reclamos de paternidad que nunca fueron atendidos hasta tácticas de evasión personal —como movilizarse disfrazado o usar vehículos ajenos— para eludir responsabilidades. El poder puede postergar la verdad, puede ocultarla bajo capas de burocracia y mentiras, pero nunca anular sus consecuencias. Arce se enfrenta solo al único reino que ninguna ley puede confiscar: su fuero interno. Este encuentro con lo esencial del ser es el punto de partida para aplicar el juicio estoico a la crisis del poder en Bolivia.

 III. El juicio estoico: sabiduría frente al colapso

 Epicteto advertía: «No son las cosas en sí mismas las que nos perturban, sino nuestros juicios sobre ellas». El sufrimiento de la caída emana del apego desmedido al cargo. La tragedia de Arce, que comparte raíces con la de Evo Morales, radica en haber edificado su autoridad sobre cimientos movedizos: el culto a la personalidad y el sacrificio del bienestar común en el altar de la supervivencia política. Como Arce, Morales también edificó su liderazgo sobre la creencia de que su proyecto político era intangible, olvidando la lección del Illimani sobre la transitoriedad de todo poder humano.

 Hoy, ambos representan las dos caras de una misma moneda degradada. Mientras uno enfrenta los muros de un penal, el otro, atrincherado en su bastión del Chapare, siente el aliento de una justicia que parece haber perdido el miedo a los antiguos poderes. Ambos personifican la hybris griega: la desmesura que precede al castigo. El juicio estoico nos enseña que la verdadera «celda» no es la de piedra, sino la que construye quien encadena su libertad a la ambición desenfrenada. Esta reflexión individual se extiende a la dimensión colectiva, como lo demuestra la historia de nuestro país desde sus orígenes republicanos.

 IV. La enseñanza universal: El illimani como símbolo de lo eterno

 El Illimani se alza como un centinela de piedra y nieve, con sus laderas acunando los secretos de siglos. Este centinela de piedra y nieve ha visto repetir una y otra vez el mismo patrón: líderes que confunden el poder con la eternidad, olvidando que, como lo enseñan los estoicos, todo lo externo es efímero. Al pie de sus faldas, el río Choqueyapu serpentea bajo los puentes y entre las calles de La Paz, llevando en sus aguas el eco de voces que alguna vez resonaron en las frías noches paceñas. Ambos han sido testigos de un rosario de golpes de Estado, de gobiernos que se levantaron y cayeron como olas en la altura.

 Incluso aquel oscuro pasaje histórico donde un militar, bajo el contraluz de los faroles, advertía que quienes se opusieran al régimen debían andar con el «testamento bajo el brazo» —metáfora brutal de la finitud humana ante la tiranía— hoy parece una nota al pie de página frente a la inmensidad del monte. El frío de la ciudad, físico y punzante, parece haberse trasladado hoy a la frialdad de los muros de una celda, donde la calidez de la adulación palaciega es solo un eco distante y amargo.

 El Illimani ha visto todo el drama boliviano: el trágico destino del presidente colgado en la Plaza Murillo, la Guerra del Gas de 2003, la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada y el carisma popular de Carlos Palenque. Ha visto la opulencia de la Casa Grande y la frialdad de las cárceles; para la montaña, ambas son estructuras transitorias destinadas al polvo. Su sombra, que ayer acariciaba el piso 24, hoy envuelve con la misma indiferencia la celda del exmandatario.

 Esta es la lección final: la humildad no es una opción ética, es una necesidad dictada por la realidad de nuestra condición humana. Al final del camino, cuando el estruendo de la política calla, solo queda el hombre frente a su conciencia. El destino de Luis Arce es un testimonio capturado bajo la mirada eterna de la montaña: el poder externo es un préstamo temporal que la vida siempre cobra con intereses. La montaña permanece, los hombres pasan. El poder es efímero; la virtud es la única permanencia.

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