Ulises Paniagua
Pensar es delicioso. Tomar un espacio-tiempo personal para reflexionar dentro del espacio-tiempo impuesto por los otros, es un gusto culposo que un ser humano del siglo XXI debe imponerse de vez en cuando. Puede parecer increíble para quien no lo practica, pero el oficio de pensar es una maravilla ¿Se liberan endorfinas, dopamina o alguna sustancia al realizar esta acción? No precisamente. Sin embargo, el ejercicio de la contemplación y la reflexión activa neurotransmisores naturales que pueden producir una sensación similar al placer y al alivio, que quien ha experimentado puede constatar.
Pensar organiza el caos. Necesitamos poner las ideas en orden. Viajar a la velocidad del mundo es una locura, hay que detenerse de vez en cuando. Se viaja infinitamente por una larga carretera y es indispensable parar no sólo para comer o dormir, sino para contemplar el paisaje, la vida en sí. Por ejemplo, confieso que puedo resolver o intentar resolver situaciones en mí cabeza sólo cuando consigo plasmar mis ideas en un papel, ya sea a través de letras o números, de palabras y párrafos, o de operaciones matemáticas para sacar las cuentas del mes.
Quizá por eso me gusta escribir. Trato de explicar el “yo”, el “nosotros”, el universo y la existencia humana y no humana en el sentido o el sinsentido que nos rodea ¿De qué sirve vivir sin la conciencia de residir humanamente, sin el afecto, la felicidad, el sentido de pertenencia al todo y a todos?, ¿Para qué sirve el descanso? ¿Cómo lograr esa búsqueda? ¿Existe? Requerimos dar dirección o buscar patrones al paso de los días porque los seres humanos somos animales de interpretaciones y reinterpretaciones simbólicas. El pensamiento es un intento de hacer que nuestro habitar parezca tener metas, logros y gozos aprehensibles. Si el Universo tiene reglas las desconocemos en su totalidad, pero pareciese siempre que, en gran medida, estamos a merced del azar. Eso asusta. Pensar es una forma de combatir la incertidumbre, incluso de aceptarla.
¿Cómo combatir ese vacío? Hay maneras. Yo, por ejemplo, escribo para no olvidar lo que pienso, para buscar alivio al abatimiento existencial, para generar memoria. “Ser” y “estar” implica un peso. Escribir reconforta. El problema de un adicto o un alcohólico es que no se da tiempo para sí mismo; lo mismo ocurre con un capitalista empedernido, quien agota los años haciendo dinero sin considerar siquiera para qué lo quiere; acontece así con los obsesivos tecnócratas y los académicos. Todo es puntaje cual si la existencia fuera un videojuego. Se trabaja y no se piensa. Se labora sin placer. El asunto es hacer por hacer sin saber por qué se hace. La multitud es inercia.
A las grandes pensadoras, a los mejores pensadores se les ha acusado con frecuencia de ociosas y ociosos, se les reclama ese tiempo preciado que, en lugar de ser “productivo”, ocupan para la contemplación, el análisis y el autoanálisis. Como si se viniese a este mundo a ser utilitarios dentro de un sistema inventado, un sistema cuya creación obtiene beneficios para pocos, que pretende obligar al resto a autoexplotarse para mantener los contados privilegios de un mundo tan absurdo como las reglas que los simios salvajes con corbata y vestidos de noche han impuesto como una verdad.
Para ciertas personas o grupos es peligroso que la gente piense. Bajo esta razón, figuras como Sócrates, Jesucristo, Sor Juana Inés de la Cruz o Walter Benjamin resultan incómodas o peligrosas. A la “décima musa”, por ejemplo, se le castigo negándole el acceso a los libros, censurándole el placer de la curiosidad y la reflexión (hoy en día algunos estudiantes estarían felices con esta imposición).
Recuerdo una historia de Oliver Sacks, dentro de su libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” (1985). Sacks refiere el caso de dos hermanos que hallaban gozo en los números y en compartir operaciones matemáticas. Apunta Sacks: “Estaban los dos sentados en un rincón, sonrientes, una sonrisa confidencial y misteriosa, que yo no les había visto nunca, gozando de la extraña paz y el extraño placer del que parecían disfrutar. Me acerqué silenciosamente para no molestarlos. Parecían encerrados en un singular diálogo puramente numérico. John decía un número de seis cifras. Michael escuchaba el número, asentía, sonreía y parecía saborearlo. Luego él decía a su vez otro número de seis cifras y entonces era John el que lo escuchaba y lo consideraba muy detenidamente. Parecían dos entendidos en vinos, compartiendo valoraciones exóticas…”. Lo que refiere Oliver Sacks, dentro de una historia con un final triste es que, víctimas de la incomprensión de la sociedad los hermanos fueron separados y obligados a ejercer oficios mediocres.
Frases célebres respecto al tema. Miguel de Unamuno comenta que “No hay nada más práctico que lo que los hombres prácticos llaman inútil: pensar por pensar”. Fernando Pessoa confiesa: “Pienso para no estar solo”. Leonardo Da Vinci afirma: “El placer más noble es el júbilo de comprender”. Aunque quizá el escritor más lúcido con respecto a este tema sea Bertrand Rusell. El autor británico escribió un libro titulado “Elogio de la ociosidad” (1935). Allí hace varias declaraciones interesantes. En uno de los pasajes del libro, Rusell señala que “Existe mucho placer que parte del conocimiento útil”. En otro fragmento comparte: “El hábito de encontrar placer en el pensamiento, más que en la acción, es una salvaguarda contra la falta de sabiduría”.
Por su parte el maestro Óscar de la Borbolla, en su estupendo libro “La rebeldía de pensar” (2019), muestra esta cualidad humana como un verdadero portento de subversión consciente e inconsciente. Es sabido, por otra parte, que practicar el arte de pensar puede resultar doloroso. Ello ha conducido a personajes célebres a perder la razón ante la fiereza de la multitud. Como ejemplos tenemos la historia de varios ajedrecistas, el caso de Friedrich Nietzsche o el asunto del poeta español Leopoldo María Panero. “El sueño de la razón produce monstruos” dictó el pintor Francisco de Goya y Lucientes. En un artículo titulado “El dolor de pensar”, de 1915, Miguel de Unamuno señala: “Tú vas, lector, por el mundo como los vencejos por el aire, volando con la boca abierta a la caza de los mosquitos que te salgan al paso. Y las ideas que así cazas, papanáticamente, se te indigestan. Y entonces te duelen. Pero no es ese el dolor que salva, el dolor que hace vivir…”
Demasiada azúcar en el café puede convertirte en diabético. La dedicación al pensamiento posee sus propias angustias. No obstante los peligros es imprescindible internarse en estos senderos de la reflexión y la mirada profunda. Es necesario pensar. Es verdad que en el ejercicio de la intelectualidad hay llanto, sordera, fuego, insurgencia, incomprensión. Pero hay, a la vez, gozo y sublimación. Es un ejercicio libre como el vuelo. Pensar nos vuelve humanos y muchas veces mejores humanos (si no usamos la reflexión y el análisis como arma blanca, desde luego). Nos despega del suelo, nos hace nube, galaxia (aunque hay que saber aterrizar por el bien de uno mismo).
No se puede hacer de ello sino un elogio y confesar el inmenso gozo alrededor. Así, después de meditar y redactar estas líneas siento mucho placer y alivio. Lo confieso. No sé por qué, pero necesitaba parir estas ideas a través de páginas o espacios virtuales, para esperar que sean recibidas por otra otra mente que se dará la oportunidad, entre tantas y furiosas actividades de hoy, de disfrutar y corresponder intelectualmente a la propuesta. En ese cruce de destinos dejaremos ser esclavos, por momentos, de la espantosa maquinaria del hoy que pretende aplastarnos.
No puedo explicarlo del todo, pero sé que al pensar esa otra persona y este humilde escritor podremos tener un remanso, una isla de placer interno que aportará paz y cierta energía a nuestras existencias en medio de la saturación de los días. Pensar es luz. A través de su presencia, el pensamiento bendice a su propio ejercicio.