El otoño de la vida

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Mi otoño llegó cuando le perdí el miedo a la vida. Llega cuando los detalles se te olvidan y las ideas se te aclaran; cuando tú no te encargas ya de nadie y, si tienes suerte, se encargan un poco de ti, y te cuidan…o así lo sientes. Envejecer es divertido. Tú envejeces y pareciera que el resto ensordece, o por lo menos los más jóvenes. Cuanto más difícil te es moverte, más rápido conduces.

Cada vez tienes menos con quien compartir tu historia o la historia colectiva. Pero a la vez te das cuenta que las y los jóvenes, los que aún le tienen miedo a la vida, a veces te buscan para escudriñar el secreto de la vida en la política. ¿Cómo fue el camino? ¿cómo lo hicieron?

En su tiempo, cuando teníamos miedo y caminábamos en la bruma, aferrados a unas cuantas ideas, algunos nos lanzamos al vacío…y tocamos tierra; respiramos hondo y nos dijimos: ¡nos salvamos! ¡Lo hicimos!

Y aquí estamos. Con nuestra verdad y nuestra historia…para quien quiera oírla. De cómo se nos quitó el miedo y sobrevino algo parecido al sosiego y la certeza. Ya no buscamos en la oscuridad; miramos atrás con nuestra propia linterna y reconocemos el camino andado y la suerte de haber sobrevivido. Y miramos el futuro con mayor claridad.

Cuando Homero vuelve, ya no quiere seguir viajando. Ha visto mucho, pero poco entiende. Es hora de entender, un poco más y mejor, lo que se ha vivido. Y eso se hace dentro, no en el camino. En la reflexión.

Mientras un joven necesita estar liviano en su camino, al otoño se llega con la necesidad de recuerdos y objetos, espirituales o materiales. Es eso lo que endulza tu vida. Porque dicen que lo malo se olvida, que los rencores se disuelven y que la paciencia y la tolerancia te alivianan el alma. Y vives más tranquilo. Pero también vives en tus recuerdos, el de tus padres, tus hijos chicos, tus amigos…cada vez más escasos.

En la curva de la vida, de ascender a la cumbre de la “realización”, cual fuere ésta, y empezar a descender hacia la senectud, se produce un milagro: que es el de la curva inversa y ascendente de la “felicidad”, la tranquilidad, la serenidad. Partiendo con la liviandad alegre de la niñez y transitando por la angustia adolescente y la dureza de la madurez, en el otoño retorna la tranquilidad, la dulzura de la vida. La curva de la “felicidad” es pues el reflejo inverso al de la curva vital; a la de la energía, a la de la “vida”. Por ello dicen que alguien, o alguna vez, está “chocho” de alegría (nunca de pena).

Mientras el mundo corre hacia la nueva ciencia, nosotros, lejos de angustiarnos, debiéramos tomar el carril derecho de la vida y dejar a los jóvenes pasar raudamente; como cuando nos embriagábamos nosotros mismos de velocidad y corríamos hacia nuestras propias metas; las de entonces.

Ellos, los más jóvenes, están en lo suyo, en su búsqueda, en sus angustias; como lo estuvimos nosotros. A cambio, solo anhelamos respeto, lo que antes se veneraba en las canas. Y a cambio podemos dar algunas claves para ayudarlos a alcanzar sus metas, y la placidez de su propio otoño.

Pero lo más importante es aceptar que las cosas no se pueden hacer hoy como se hicieron ayer, y descubrir que el camino andado nos ha dado la clave de cómo las cosas se podrían hacer mejor, con lo aprendido, con lo iniciado, con lo probado y aún con lo no desarrollado. Ello nos lleva a soñar el futuro, uno mejor, que al solo pensarlo nos hincha el pecho, nos acelera el pulso, nos provoca una sonrisa, y el deseo de que ése sea el futuro de nuestros hijos, y sus hijos, y el de sus hijos…

Y soñamos ese futuro mejor en un lugar, en el nuestro, al que llamamos “casa”, del que venimos, al que vinieron los nuestros, por el que pelearon y laboraron los antiguos, nuestros padres y abuelos biológicos y políticos. Los que nos regalaron ese lugar aun imperfecto; “un trabajo en progreso”, incompleto; el que nos encomendaron cuidar y preservar, como nos lo pidió el Mariscal de Ayacucho: “Preservar, sobre todas las cosas…su integridad”. O por el que se inmolaron luchando nuestros antepasados, carajeando de ira o frustración.  No solo cuidar y pelear por su integridad física, sino la moral, la social, la humana. La fraterna y solidaria, la que se nos va.

Los pueblos también merecen un otoño colectivo, plácido, tranquilo y satisfecho por lo logrado; en el que contemplen el camino recorrido y añoren un futuro mejor para los que vienen, sus hijos, los propios y los ajenos, tratados todos como hermanos de una gran familia. La que conocíamos como Bolivia.

Ronald MacLean Abaroa fue alcalde de La Paz y ministro de Estado.