Homero Carvalho Oliva / inmediaciones

Vivir en Nueva York nunca había sido mi sueño, sin embargo cuando la conocí en el año 1988 me enamoré de ella porque fue como si siempre la hubiera conocido, como si en otras vidas hubiéramos sido amantes, como si el futuro nos estuviera brindando una nueva oportunidad. Toda la ciudad me era familiar, sus calles, avenidas, parques, sus barrios y sus edificios me producían frecuentes déjàvu, de modo que no sabía si estaba viviendo en ella, mirando una película, una serie de televisión o leyendo la ciudad en una novela.

Mi formación marxista me había impedido pensar siquiera en conocer a alguna ciudad del imperialismo y leía literatura norteamericana haciéndome trampa a mí mismo, a mí estúpido dogmatismo. El año 1988 fui a New York a acompañar a Carmen Sandoval, la Amada, que fue designada por unos meses para apoyar el trabajo de la embajada boliviana ante Naciones Unidas y el 89 volvimos a vivir en ella porque la nombraron Cónsul en New York; amo esa ciudad, la amo, no solo porque me dio un hijo, a Luis Antonio, también porque conocí a algunas de las más entrañables personas que haya conocido en mi vida. Entre ellas puedo mencionar a la fotógrafa Roberta Lichtman que se convirtió en nuestra hermana; a Rosario Santos una hermosa boliviana que era amiga de grandes escritores y se carteaba con Julio Cortázar; a Julio Marzán, poeta puertorriqueño; a Silvio Martínez Palau, escritor colombiano; a Roberto Quezada, escritor hondureño; a Manuel Puig, gran escritor argentino y a Omar Rayo y su familia, colombianos.

Omar Rayo, Águeda Pizarro y Sarita
Un día de invierno, bajo cero, de esos que nadie quiere salir de su casa porque nos sentimos amparados por la calefacción, nos llamó Rosario Santos y nos dijo quería presentarnos a un artista colombiano. Con Carmen vivíamos en Manhattan, en la calle 68 con segunda avenida y ellos vivían muy cerca, así que nos animamos a enfrentar el frío. Fue una revelación conocer tan linda familia, Omar y Águeda, eran una hermosa pareja, no solo físicamente también espiritual y su hija Sara era una mezcla de ambos, muy hermosa. Nos hicimos amigos y me hablaron de las ediciones especiales que hacían en el Museo de su propiedad, en Roldanillo, Valle, en su Colombia.

El Museo de Dibujo y Grabado Latinoamericano: El Museo Rayo, se creó en 1973 como reconocimiento por el premio que recibió Omar Rayo en la Bienal Sao Paulo, el municipio de Roldanillo le donó un terreno con el fin de crear nuevos espacios y posibilidades para el arte. Allá se presentan exposiciones en las salas de artistas invitados que incluyen pintura, escultura, objetos, cerámica, video, fotografía, sin olvidar la misión original de exhibir la gráfica de Omar. Cada año se organiza el encuentro de mujeres poetas desde el año 1984; con el propósito de reunir a las poetas Colombianas, además se brindan conferencias, obras de teatro, conciertos y exposiciones relacionados con la creatividad de la mujer.

Las ediciones ya eran famosas en la década de los ochentas, estaban hechas en cartón de embalaje, llevaban serigrafías de Omar, tanto en el interior como en la tapa y tenían edición limitada de doscientos ejemplares todos firmados por Omar. Son libros objetos de arte. Ya habían publicado a grandes poetas de nuestra América. Yo era joven y apenas tenía un par de libros publicados en Bolivia, en Estados Unidos era un desconocido, sin embargo me arriesgué y una tarde le llevé los originales de mi libro El Rey Ilusión para pedirle que considere su publicación. Me dijo que lo haría y un día después me llamó para decirme que Sarita lo había leído y le había recomendado que lo publique. “Ella es nuestra mejor crítica literaria”, me confesó y yo quedé emocionado de saber que me iban a publicar en una colección tan exclusiva. Cuando tuve los ejemplares que me correspondían en mis manos quise que mis amigos y parientes también los tuvieran y ahora solamente me queda un ejemplar que guardo como un tesoro.

En el hogar de Omar y Águeda, un soberbio departamento en Manhattan, conocí a otros escritores y artistas, entre ellos a Cecilia Vicuña, extraordinaria poeta chilena que tuvo un magnífico gesto de solidaridad conmigo. Resulta que un ladrón se había entrado furtivamente a nuestro departamento de Manhattan llevándose entre otras cosas mi máquina de escribir, una portátil electrónica que acababa de salir al mercado; al comentarle a Cecilia, me regaló una nueva, incluso mejor que la que yo tenía. Al entregármela me dijo. “Un escritor necesita de su máquina de escribir, esta es la tuya” y hasta ahora la guardo como un grato recuerdo de generosidad literaria.

Omar falleció el 7 de junio del 2010 y ahora Águeda Pizarro Rayo lo administra convirtiendo el Museo en “La universidad de la estética” que tanto soñó su compañero. A ellos los llevo en mi corazón y, como debe ser con quienes amamos, siempre que puedo cuento su historia.
Ediciones Embalaje y las cartoneras. Si bien el propósito de Ediciones Embalaje es diferente a las de cartoneras que nacieron hace dieciséis años, como una nueva propuesta editorial, en la que los mismos autores pudieran ser sus propios editores e impresores, usando cartón reciclado e ilustrando ellos mismos cada libro; sin embargo bien podemos decir que se constituyen en un antecedente de este movimiento que revolucionó parte del mundo con sus ediciones, de hecho en Bolivia existieron tres Cartoneras: Mandrágora, Yerba mala y Nicotina, algunas de ellas todavía publican y sé que han aparecido otras en varias ciudades de nuestro país. Estas editoriales independientes y rebeldes han publicado a escritores consagrados y también a jóvenes, tuve el honor de que Mandrágora cartonera hiciera una edición de El Rey Ilusión, quedó loquísima.