El mercado y la feroz lucha por la tierra

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La falta de creatividad y conocimiento profundo de la realidad del país, para generar respuestas que enfrenten seria y decididamente los problemas económicos inmediatos y el hundimiento del modelo de desarrollo vigente, tienen como una de sus expresiones más intensas la agudización de las disputas por tierras y territorios, particularmente en el departamento de Santa Cruz.

Juan Evo Morales Ayma ha escogido este tema como cuestión fundamental  para la campaña proselitista que desarrolla, para retornar a la presidencia del país, mediante elecciones o, como se vio desde el inicio de este gobierno, inclusive antes.  

Así, clama que la gobernación “utiliza el tema tierras para impulsar el separatismo” y defiende la legalidad del otorgamiento de miles de títulos en tierras fiscales y denuncia que “el separatismo empieza en Santa Cruz con el tema tierras”, anunciando que “el próximo paso son los recursos naturales”, como sería el caso del Mutún. 

Como aparente contraparte, el expresidente del Senado, exministro, exgerente de la CAO y excandidato presidencial en 2019 por la coalición de “Demócratas”, afirma que “el conflicto por la tierra en Santa Cruz es provocado por una estrategia política que busca cambiar las mayorías poblacionales en las áreas rurales, para asegurarse el control de las provincias y municipios de la principal región opositora al actual gobierno nacional”.  Con este propósito se recurriría a una narrativa “llena de mitos, difundidos por quienes no creen en un modelo basado en la propiedad y la iniciativa privada”. 

Según esta visión,  estaríamos frente a una contraposición de visiones capitalista y socialista; pero la realidad refuta categóricamente esa explicación y muestra que, como la del jefe del MAS, trata de enturbiar la comprensión del problema. 

La brutal ofensiva por la tierra es completa y radicalmente económica y capitalista. La ocupación con fines electorales existe, pero resulta secundaria y subalterna; jamás alcanzará la elevada eficiencia que tuvo en Pando, donde la balanza demográfica y de votos se volcó con facilidad, por la escasa población del departamento. No es el caso del departamento que podría alojar a la mitad de la población del país en unos 15 años.

El dirigente indígena chiquitano Lázaro Tacoó Laberán, quien conoce directamente los efectos del traslado de más de 1.400 comunidades de colonizadores en su territorio, castigado además por los incendios cíclicos, percibe que las ocupaciones de bosques, territorios indígenas y reservas naturales, no aptas para agricultura y ganadería, no se hacen para cultivar sino para traficar tierras. 

Este es el fondo de la cuestión, que explica por qué el conflicto se centra en Santa Cruz (al que se suma paulatinamente el Beni) y también que ni Morales Ayma ni Ortiz mencionan esta cuestión,  debido a que ambos representan a sectores que, más allá de la enemistad y profunda antipatía que los separa, se asocian para vender, alquilar u obtener otras formas de renta de las tierras ocupadas, negociándolas con soyeros y ganaderos del Brasil, Argentina, menonitas y otros empresarios del extranjero.

Esa ha sido y es la base de la alianza entre la gran empresa agroexportadora y la base social de medianos y pequeños soyeros del MAS, que migraron a Santa Cruz, no en estos últimos años sino desde hace más de medio siglo, y que respaldan sólida e integralmente el modelo exportador de oleaginosas transgénicas y uso intensivo de agrotóxicos, complementado con la expansión del mercado de tierras, alimentado por el tráfico de tierras fiscales y áreas protegidas.

Si se tratara de tierras para cultivar y producir alimentos, otros departamentos las tienen vacantes, pero el flujo de neocolonización se dirige allá donde existe una infraestructura y tradición soyera y ganadera capitalista, atractiva para inversores foráneas, que buscan incrementar su participación en el mercado mundial y huir de reglas fiscales de sus países, como las de Argentina.

Es la fuerza irrefrenable del mercado que alienta la salvaje disputa de tierras y sacrifica sin pestañear los bosques y la biodiversidad, porque se concentra en la ganancia inmediata, mientras que los conceptos de cambio climático, nueva economía o una renovada matriz energética le resultan simplemente irrelevantes.

Roger Cortez es director del  Instituto Alternativo.