El mendigo de papeles

0
182

         Qué ternura provoca imaginar al gran Gabriel René Moreno pidiendo papeles viejos a los vecinos de Sucre. Su vida corre en la segunda mitad del siglo XIX, y tanto la capital, como la república, manifiestan desprecio por los papeles quedados de la Audiencia de Charcas y la fundación de la patria nueva. Los dejan al sol del patio, bajo la lluvia, y, si alguna utilidad creen hallarles, es como envoltorio de ancucus. Al descubrirlo, podemos pensar que su corazón se quebró. “El desgreño, la negligencia, la venalidad  y el sublime desdén boliviano, han entregado a la lengua humana ensalivada, esos tesoros de la experiencia escrita con sangre y sudor, por tres siglos de una vida singularmente fecunda”. Pocos han sufrido esa conciencia; los más, por absoluta ignorancia, habían decidido vivir sin ninguna memoria histórica. De no ser por nuestro historiador y algún otro colega, sabríamos poco de Charcas. Habríamos saltado de los “Relatos de la Villa Imperial de Potosí”, de Bartolomé Arzáns de Orzúa y Vela, al Diario de un comandante de la independencia americana, de José Santos Vargas, el astuto guerrillero de Ayopaya, Cochabamba, ambos hallados por don Gunnar Mendoza. Los mismos papeles del Mariscal Sucre también merecieron custodia de Gabriel René Moreno, y catalogación. ¿Es posible construir una patria sin papeles? Por supuesto que no, menos un pasado. Toda Bolivia le debe mucha honra a esa humilde mano extendida.

         Moreno es historiador y su obra cumbre lleva el título de “Últimos días coloniales en el Alto Perú”. Difícil imaginar un título que cifre tanto. El libro trata, en rigor, de los años que van de 1804 a 1808. Claro que los años son, al fin de cuentas, la suma de los días. ¿Qué pasó por entonces? Pasó mucho si recordamos que en la Audiencia apenas pasaba algo o nada: La jura de un nuevo monarca español; la muerte del arzobispo y la llegada de su sucesor; la llegada del peninsular promovido por Su Majestad a la presidencia de Charcas. Fuera de estas graves noticias, no existía ningún otro éxtasis. Pero en los años reconstruidos por el talento orfebre de este magnífico autor sucede todo eso en uno: el rey Carlos ha sido depuesto por Napoleón Bonaparte en la invasión de España, también su hijo Felipe VII; fallece el arzobispo y llega el sucesor: Benito María Moixó y Francolí y la sucesión de la presidencia. No sólo eso: también afloran las preguntas: ¿A qué rey es que pagamos los impuestos? ¿Todavía existe el imperio español? ¿Acaso no ha llegado la hora de independizarnos? Son, pues, los últimos días coloniales del Alto Perú.

         Moreno profundiza su exhaustiva labor, profusamente documentada, reconstruyendo la época del gran momento: los personajes, sus vestidos y galanuras o carencias (porque los indios acompañaban la procesión detrás de los últimos vecinos), los adornos colgados en las calles, la fachada de las paredes, el son de los campanarios, el color del cielo y hasta los rasgos del identikit de Felipe VII dictado por quien afirmaba haberlo visto de niño. El libro es, significativamente, la cumbre de la historiografía boliviana, capaz de acompañar los (pocos) mejores en su género producidos en esta América de raíz, entre otras, española.

         Nunca le sobraron recursos, es fácil entender por qué. Bibliotecario y ocasionalmente maestro, el dinero le alcanzaba para mantener una vida tan sólo sencilla. Aquello no fue óbice para que nos legara un monumental y riquísimo trabajo, gran parte de su biblioteca (cimiento sólido de nuestra Biblioteca Nacional) y un pasado que nos explica lo que somos. Es mucho lo que hizo por nosotros. Acusado de chilenófilo por comentarios de oídas, los estudiosos bolivianos nos abrieron los ojos para mostrarnos que, aquél hombre que vivió cincuenta años en Chile, había trabajo cuarenta, si no es más, exclusivamente para su patria de origen. Pese a la calumnia, ejerció su deber cívico con verdadera firmeza y convicción. Historiador de fuste, ante todo, también fue el salvador de nuestros papeles, el custodio, estupendo clasificador y erudito catalogador. Aún más: fue biógrafo, crítico precoz de literatura, sociólogo muy particular y experto, como ningún otro, en notas al pie de página. En sus libros se cuentan por centenares, muchas de ellas tan exhaustivas como sus artículos eruditos.

         Es curiosa la suerte de Bolivia. Un país oculto a la curiosidad de sus propios vecinos y del mundo, alcanza glorias propias de países organizados y desarrollados. Un puñado de hombres excepcionales capaces de nombrar su patria desde los cielos.