Andrés Canedo

Por la enorme sabana, casi desierta, caminaba Lucy. Estaba sola, pues había perdido a sus compañeros a los que los entrampó la muerte, pero su soledad era antigua ya que ella andaba sobre dos pies. Muchos días y noches de terror la habían acosado, mientras ella se protegía en el árbol solitario de aquel páramo desde el que en noches infinitas y en atardeceres ocre, podía sentir el rugir de algunas bestias que rondaban, siempre hambrientas como ella, y en los ojos de Lucy se dibujaba el miedo y el temor del fin, pues, a diferencia de todos los demás, tenía conciencia del tiempo finito. Pero debía bajar del árbol para alimentarse de algunos insectos y hierbas o beber agua de los charcos. Así pasó días y días, pero algo dentro de ella, le dijo que debía aventurarse, que debía seguir adelante, tal vez hacia la nada, quizá hacia la desaparición, quizá hasta encontrar otros como ella, pues sabía desde el instinto, que entre varios estaría más protegida, que la vida en comunidad era una necesidad que le nacía desde los impulsos más hondos. Así que, en ese andar agotador y aventurero, los divisó de lejos y decidió acercarse a ellos, para hacerse encontrar, para intentar que la aceptaran, para integrarse. Y ellos la encontraron, ya que ella les favoreció el hecho. Y le gritaron, le rugieron, le lanzaron sus sonidos primero amenazantes, y Lucy tuvo miedo, pero luego, los gestos y ruidos fueron de aceptación, y Lucy que era hembra y bella, fue admitida en el grupo, fue integrada, y continuó, junto a los demás, su largo e incesante caminar.

Los del grupo, como ella, se habían erguido sobre sus dos piernas, y ya no caminaban de cuatro patas como sus ancestros. Eran Austrolopitecos y en ellos alentaba el impulso de la enorme evolución que los convertiría, miles de años después, en humanos. Caminaban en dos pies, ya no en cuatro patas como sus antepasados simios; llevaban unos palos como garrotes para defenderse y cazar, y en sus cerebros, refulgía una pequeña luz que, aunque ellos no lo sabían, no pararía de crecer y que, con el correr de los siglos, iluminaría el universo. Varios machos se disputaron a Lucy, uno de ellos, el más fuerte, la logró, y desde el resplandor del instinto, copularon y tuvieron hijos, mientras el camino interminable en busca de comida los fue envejeciendo y en una noche en que las estrellas colgaban como lágrimas en el cielo negro, Lucy murió. Pero continuaron los hijos de sus hijas y de sus hijos, ese enorme transitar y al cabo de milenios su cerebro fue creciendo, el dedo pulgar logró ponerse en posición de oposición y sus manos se volvieron más hábiles, capaces de construir cosas simples y una lejana descendiente, otra Lucy, alumbró al primero de los Homo Habilis.

Esta nueva Lucy, junto con sus compañeros, empezó a aprender y a entender cosas nuevas, como por ejemplo, que las piedras podían cortarse, afilarse y así convertirse en herramientas con las que era posible sacar punta a las varas que llevaban y convertirlas en armas más eficaces. Aprendieron también, que esas piedras afiladas funcionaban como cuchillos y que su uso les permitía abrir y cortar la carne de los animales que mataban. Supieron, asimismo, que podían con ramas y piedras, construir unas chozas para refugiarse en la noche siempre amenazante. Y esta Lucy, se dio cuenta, que por el macho que la protegía y la fornicaba, empezó a sentir cariño, aunque la palabra no existía para ella ni para nadie. En las copulaciones ruidosas, pero ya no tan indiscretas, algo parecido al sentimiento, aunque no lo podían nombrar, surgió entre ellos. Y así, todos los del grupo errante, fueron cobrando conciencia de ser distintos, empezaron a entender que podían dominar el mundo hostil, y en esa sed insaciable de avanzar salieron de África, su hogar natal, y entraron en Asia y Europa, que claro, como todo, no tenían nombre.

Otras Lucy, más avanzadas, viven todavía en la noche de los tiempos, y los estudiosos, muchísimos años después, a machos y hembras, los llamarán Homo Ergaster. Y estos entienden que la cooperación en el trabajo, que la ayuda de unos a otros, les brindan beneficios. Aprenden también a honrar a los que murieron y adquieren la certeza, aunque ya alumbraba en ellos desde mucho antes, de la muerte, de que todos, cada uno, deberán morir y son así, los únicos entre todas las especies de la tierra, que tienen esa conciencia aciaga. Entonces, en un día fatídico, el hombre de Lucy muere y ella siente dolor y comprende que el agua que le sale de los ojos y le moja la cara, es una expresión de esa pena y de esa ausencia. Pero mientras tanto, el cerebro de todos ha seguido creciendo y expandiendo la magia de su luz, y una nueva y lejana Lucy hará nacer al Homo Erectus.

Los Homo Erectus, más hábiles, más audaces, cazan mejor y las proteínas de la carne, son como chispas que unidas forman una llama, que va creciendo en sus cerebros. Entonces, perfeccionan la caza en grupos, dividen las labores, crean herramientas más perfectas, dividen el trabajo, y enseñan a los más jóvenes las artes del sobrevivir. Son estos Erectus, los que observan que un día un rayo, esa magia atroz venida del cielo y la tormenta, ha incendiado un árbol y el monstruo rojo que se desata, produce calor, hace mucho daño si se lo toca, por lo cual intentan atacarlo con sus lanzas, pero al introducirlas en su cuerpo esquivo e inmaterial, las armas arden. De esa manera, la otra llama, la de la inteligencia, advierte que el fuego es transportable, que si lo colocan sobre un montón de ramas secas, pueden provocar calor para espantar el frío, y que eso que es el fuego, que tampoco tiene todavía nombre, servirá para amedrentar a los depredadores salvajes que siempre rondan cerca de ellos. Aprenden, asimismo, que pueden apagar el fuego, que pueden dominarlo y ponerlo a su servicio y, probablemente, una Lucy que está haciendo sus tareas cotidianas, deja caer un trozo de carne sobre las llamas encendidas y el prodigio del aroma que se produce, les estimula el apetito. Así prueban por primera vez, un manjar distinto y que les hace más fácil la digestión. Un prodigio extraordinario ha sucedido y así, empieza a manifestarse entre todos ellos, uno de los esbozos de la siempre esquiva y transitoria felicidad. Pero hay más, otro portento ha ido sucediendo en ellos: los cuerpos han perdido el pelo que los cubría desde milenios atrás y las pieles aparecen desnudas en toda su belleza y el deseo ya no es solo instintivo, sino que ahora viene también desde los ojos, desde el tacto, y el arte de la seducción nace, al igual que el sentir se agiganta. En consecuencia, Lucy y todas las Lucys, que se saben miradas, adoptan poses, ojos pícaros, movimientos, gestos, sonrisas, para seducirlo a él, al que les gusta y, desde luego, ellos también que descubren esos gestos de codicia en las hembras, comienzan a crear actitudes seductoras hacia las féminas del clan. El ser sentipensante, se manifiesta, y la cópula ya no es sólo una imperiosa necesidad biológica, sino que se convierte, al unirse a un sentimiento que no saben definir, en un esbozo de la fiesta de la vida.

Otras dos especies, originadas en renovadas Lucys, surgen durante los eones del tiempo, y coexisten durante centenares de años: Los Homo Neardentahlensis y los Homo Sapiens, que comparten conocimientos, que intercambian productos, que se gustan y se atraen, pero que no pueden reproducirse entre ellos, por uno de esos misterios de la genética, ciencia que no se conocerá hasta miles de años después. Pero los Homo Sapiens ya han llegado a la cúspide de su evolución, son más inteligentes, son más sensibles, son más hermosos, es decir, ya son como somos nosotros. Hacen culto a los muertos, son más hábiles, aprenden a acumular comida. Pero asimismo un soplo secreto los alumbra y con las tibias de animales cazados, construyen unas flautas y empiezan a hacer música y así, entendiendo el valor y la trascendencia de la belleza, crean el arte y principian a pintar bisontes en las cavernas en que a veces habitan. Sienten, todavía desde su intención mágica, pues los bisontes pintados tienen como objeto apoderarse del alma de los animales que van a cazar, que esas pinturas y esa música, pueden ser una manera de dejar constancia de su efímera presencia en el universo. Descubren, con asombro, que los frutos de la imaginación que ahora les permiten sus cerebros, honran a la vida y brindan felicidad a sus semejantes. Las Lucys se embellecen pintándose con trazos negros alrededor de los ojos, se cuelgan objetos decorativos en el cabello y en el cuello, aprenden desde la intuición y de la sabiduría adquirida, del poder de su belleza y del imperio de su ternura. Ese cariño, esa cosa que se origina no saben dónde, ya no es sólo para sus hijos, sino para el hombre que está a su lado. Las Lucys, igualmente, participan, deciden, comprenden que sus acciones ya no responden sólo al impulso, sino también a sus decisiones, a su capacidad de elegir.

Y un día, del lenguaje hecho de gestos, de gritos y sonidos guturales, nace la palabra articulada, no sólo para nombrar las cosas y los fenómenos, sino para comunicarse más ampliamente entre ellos, para decirse sus temores y sus sueños, sus esperanzas y desasosiegos. Así, sobre el infinito río de luchas, de dolor, de sangre y muerte, (tal como lo es hoy, pero tal vez no tanto como hoy), nace la lengua. Primero son sólo los verbos que expresan sus necesidades y aprensiones: cazar, huir, matar, descansar. Y de los niños que para referirse al ser que los alimenta, los cuida y les da ternura, de los niños que dicen “mamá”, en casi todas las lenguas de la tierra, surge el verbo “amar”, que representa en su valor simbólico, el sentimiento más hondo y más puro. Luego, la lengua se va complejizando y perfeccionando, y Lucy y su hombre, aprenden a pronunciar “te amo”, y así, el prodigio culminante se realiza. “Te amo”, “te amo”, les hace saber que esa es la fuerza más grande que pueda existir, que es la única que puede derrotar al odio y la crueldad, a la guerra y a la muerte.

Por supuesto que todos esos andares de Lucy y sus acompañantes, estuvieron siempre colmados de lucha, de defunción, de tristezas. El largo caminar del hombre para forjar la historia, su historia, se hizo sobre sangre, injusticia y sufrimiento. Las alboradas estuvieron teñidas de grana y de luto. Y las Lucys del transcurrir, fueron protagonistas, también a veces del fuego y casi siempre de la paz, fueron testigos o agentes de la destrucción o del rehacer. Pero siempre estuvieron presentes. Aunque entendieron, antes que los demás, el sentido de las lágrimas y del perdón.

De este modo continúa el tránsito hasta nuestros días, con millones de Lucys y hombres que lo hicieron posible, siempre navegando sobre mares de horror y desgracia, pero también siempre reconstruyendo gracias a la emoción y al impulso surgidos de aquel verbo, tan lejano y tan presente, que es “amar”. Hemos crecido, hemos creado civilizaciones, pero no sé si habremos cambiado en lo primitivo de nuestros instintos, si no seguiremos siendo iguales, sólo que más técnicos, en el odiar, en el matar, en el destruir. Sé sí, que Lucy, todas las Lucy de esta historia de millones de años, en su largo recorrer, sosegaron nuestras peores pulsiones o instintos destructivos y nos enseñaron el valor de amar, ya que, aunque los ríos y los mares aún vengan rojos, en virtud de ello, es posible que la cifra final de la historia se manifieste como positiva.