Probablemente hasta la generación de nuestros abuelos, las imágenes y recuerdos que inspiraba el fútbol debieron ser muy diferentes a los de ahora: una cancha de tierra o cemento, un gastado balón de cuero, unos botines (que antes realmente lo eran) llenos de barro y la épica de un apasionado relato radiofónico. Pero, como todo fenómeno humano, el fútbol también evolucionó. Al igual que el cine, la educación, la literatura, el dinero o incluso el amor, el balompié fue alcanzado por la modernidad occidental en sus variantes más utilitarias y racionalistas. Sobre todo al ver los partidos de este Mundial 2026, uno puede llegar a creer que contempla un producto de entretenimiento ultraprocesado, más que un encuentro apasionado y espontáneo.
Para un espíritu reflexivo, resulta inevitable preguntarse cómo habrán sido, en el detalle y lo anecdótico, aquellos primeros Mundiales de 1930, 1934, 1938 o 1950. Las fotos en blanco y negro y las crónicas de esos años permiten colegir algunas certezas. Las canchas eran, seguramente, más precarias; los hinchas debieron tener modales diferentes en las tribunas; la misma actitud de los jugadores y árbitros en el césped debió ser otra. El juego como tal era harto distinto.
En aquel entonces, los futbolistas no se desempeñaban como máquinas incansables. Las fotografías de esos partidos muestran a jugadores alejados del perfil del atleta moderno, ese que vive en el gimnasio, habita mansiones, dispone de médicos particulares y se alimenta con estrictas dietas. Por otra parte, las filmaciones de la época revelan equipos sin tácticas milimétricas y planteles incapaces de correr a la velocidad actual. Había más improvisación, pero no por ello menos garra ni menos amor por la camiseta. Es posible que sea por este motivo que el jogo bonito brasileño esté desapareciendo y, en general, que las tradicionales potencias futbolísticas estén en una relativa decadencia; en la era de la eficiencia y la inmediatez, lo que se exige es asegurar el pase y no la estética del juego. (Por eso el fútbol latinoamericano se percibe todavía más vistoso y rítmico, a diferencia del europeo, que desde hace tiempo se volcó hacia lo utilitario e inmediatista.)
¿Hubiesen podido imaginar nuestros abuelos que llegaría un día en que los balones tendrían un chip? Hoy se requiere rastrear cada paso del jugador y cada centímetro cuadrado del césped por el que pasa la pelota. Esto, naturalmente, destruye el drama humano y las polémicas que antes alimentaban las columnas de las más prestigiosas publicaciones deportivas.
Siempre escuché que antes los futbolistas ganaban mucho menos dinero y jugaban, tal vez, con más convicción. Hoy, en cambio, el fútbol es una vitrina para cientos de marcas multinacionales que desean amasar fabulosas fortunas. Consecuentemente, el hincha es —a veces sin saberlo— un mero consumidor de firmas: los enormes estadios llevan nombres corporativos, las camisetas de las superestrellas están hipercomercializadas y los espacios de hidratación sirven también ¾o acaso solo¾ para lanzar anuncios comerciales. En este sentido, este hermoso deporte se fue trasladando poco a poco de los barrios marginales a las corporaciones globales.
Este breve texto no pretende hacer una valoración subjetiva pesimista, sino ensayar un diagnóstico ¾eso sí, algo escéptico¾ de la situación actual del fútbol, con el objeto de llevar al lector a que reflexione si la espectacularidad visual y la tecnificación del balompié justifican la progresiva pérdida de aquella esencia de espontaneidad y pasión que solía tener. Pero, sobre todo, busca utilizar al fútbol como un pretexto o lente para analizar el ritmo de la vida cotidiana actual, tan saturada. Porque mirar el Mundial 2026 es, de alguna forma, mirarnos al espejo como lo que somos, a saber, una sociedad obsesionada con la optimización, la productividad y la rentabilidad, para reflexionar críticamente. Y es que el fútbol de antaño, más lento y con mil imperfecciones quizá, representaba aquello mismo que era la vida de antes, la de la contemplación y el disfrute lentos, la del “mundo de ayer” (Stefan Zweig), esa que millones de personas quisieran hoy: el rústico milagro de la imperfección, la estabilidad y la lentitud.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social