El candado territorial

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Bolivia no necesita expandir su territorio para volver al mar. Nuestro país no requiere de la clásica soberanía territorial con la que nos hemos acostumbrado a pensar a lo largo del siglo XX. Necesita de una soberanía distinta, cuyo propósito básico no es el dominio estatal sobre la población y la superficie terrestre, sino solo sobre aquellos factores que facilitan el comercio por los océanos y eventualmente permiten la pesca marina.

Bolivia ha pedido en La Haya acceso soberano al mar, no cambios en los límites fronterizos ni en los mapas. Para acceder al mar no es obligatorio ondear banderas, regentar escuelas u hospitales y menos someter a un porcentaje, así sea pequeño, de la población chilena a nuestro sistema electoral y a nuestros partidos políticos. Para salir al mar, Bolivia necesita medios de transporte, grandes galpones, una plataforma para barcos y probablemente una descomunal inversión para dejar de usar Arica. Todo lo demás puede quedarse en manos del estado chileno. Ese es el modo de desechar con argumentos simples el candado territorial con el que nuestros adversarios nos quieren privar de una victoria histórica.

Si Bolivia comprende que su regreso al Pacífico no pasa por recuperación territorial alguna, entonces Chile se sentará a discutir sin temor.  Si Chile sabe de antemano que saldrá de una negociación con Bolivia con el tamaño territorial con el que entra, ya nada podrá impedir que haga concesiones.

Si Bolivia y Chile aceptan limitar sus tratativas a un acceso soberano al mar, también alejarán de su mente la absurda idea de un canje de kilómetros cuadrados. Dicha idea es indeseable. Ninguna persona en ambos lados de la frontera aceptará que le cambien de país por obra de dos gobiernos irresponsables. Olvídenlo. Nadie tiene por qué pagar tan caro una solución acordada por autoridades que habitan en sus respectivas capitales.

Si estos milagros ocurren, Chile debería demarcar una franja territorial que sin dejar de ser suya, asigne a Bolivia la tuición plena sobre el sistema aduanero, ferroviario, carretero y portuario, pero solo para facilitar el tránsito de personas y cosas entre la frontera boliviana-chilena y la costa. Hay quien cree que esto ya funciona y se equivoca. Se trata de entregarlo todo, no solo facilidades, todo. Bolivia dejaría de ser un transeúnte afortunado para convertirse en la fuerza rectora de una novedosa soberanía “hacia el mar”.  A partir de ahí, la concesión central a negociar es solo el territorio marítimo, donde posiblemente el Perú resulte involucrado. Al recibir a un nuevo actor en esas aguas sobreviene entonces la necesidad de definir una redistribución de derechos en el uso de aquella ondulante superficie líquida. La Convención del Mar de Naciones Unidas nos ayudará en esa faena final.

¿Por qué nos cuesta tanto pensar en esta vía?  Porque no concebimos otra soberanía que no sea total. Desagregarla nos despierta nostalgias por el “Leviatán” de Hobbes. Y sin embargo, se mueve…  La soberanía parcial existe en Cisjordania, donde la seguridad de los palestinos está a cargo de sus enemigos israelíes, en Hong Kong donde el sistema de partido único del resto de la China no ha podido ser impuesto desde Beijing y existió durante la Guerra Fría en los tramos que comunicaban Berlín occidental con la República Federal de Alemania. Estudiemos dichos casos para imaginar el escenario post-La Haya.