Exaltado por los lectores y cuestionado por algunos críticos, el escritor japonés reconocido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras ya es un clásico de la literatura posmoderna

Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949) ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, sumando un galardón más a los reconocimientos ya recibidos. Eterno candidato al Nobel, es imposible vaticinar si la Academia Sueca le concederá algún día el premio o correrá la misma suerte que Philip Roth. Exaltado por los lectores y cuestionado por algunos críticos, el escritor japonés ya es un clásico de la literatura posmoderna. La crítica literaria no puede justificar sus opiniones con evidencias irrefutables, pero sí con argumentos razonables.

Es cierto que Murakami, al igual que Borges o García Márquez, ha acabado repitiendo la fórmula que tanto éxito le proporcionó desde sus inicios, pero no se puede hablar de declive o decadencia. Sus libros siempre son frescos, estimulantes y poéticos. Alfred Hitchcock y John Ford también reprodujeron una y otra vez la misma fórmula. Esa reiteración no debe interpretarse como el signo de una imaginación en vías de agotamiento, sino como un rasgo de estilo.

¿Por qué es Murakami un gran escritor y se merece la distinción que acaba de concederle nuestro país? La literatura es estilo, una forma peculiar de agrupar las palabras y construir un relato. La prosa de Murakami es limpia, precisa y poética. Desde su primera novela, Escucha la canción del viento, se advierte una vocación de transparencia y sencillez que ha facilitado la difusión de su obra. ¿Cómo surgió ese estilo? Murakami nos ha contado que escribió una primera versión de Escucha la canción del viento que desechó por su carácter retórico y farragoso.

Para superar esa tendencia al énfasis, elaboró una segunda versión en inglés, lo cual le obligó a expresarse de una manera más nítida y directa. De ese ejercicio, saldría su estilo definitivo, caracterizado por frases sin un ápice de hojarasca. El estilo nunca es atemporal, pues la influencia de cada época es insalvable, pero ciertos autores logran situarse algo más allá de su tiempo. Es el caso de Murakami, que ha conseguido convertir la liquidez en una virtud. Su estilo no es superficial, sino ligero, suave, casi invisible, como un cristal que deja pasar la luz.

El estilo no es la única cualidad de Murakami. Además, ha creado un mundo perfectamente definido, con unos signos de identidad muy claros. Sin ninguna clase de nostalgia por las tradiciones japonesas, lo cual le sitúa muy lejos de Yukio Mishima o Natsume Soseki, Murakami ha forjado su sensibilidad leyendo a Raymond Carver y Scott Fitzgerald, y escuchando los discos de John Coltrane y los Beatles. No anhela el pasado de Japón, donde se rendía culto al gregarismo y la obediencia. Para él, lo importante no es el grupo, sino el individuo. No cree que obedecer sea algo noble y necesario. Cada uno debe trazar su camino, sin dejarse llevar por las ideas dominantes.

Murakami ha acabado repitiendo la fórmula que tanto éxito le proporcionó, pero sus libros siempre son frescos, estimulantes y poéticos

Esa forma de pensar constituye una anomalía en Japón, donde lo personal se considera irrelevante frente a lo colectivo. Murakami ha asimilado la perspectiva occidental y, lejos de pesarle, reivindica esa influencia. Conviene aclarar que esa actitud no incluye una exaltación de la razón o los valores europeos anteriores a 1989, cuando los credos religiosos y las ideologías arrastraban a las multitudes.

Murakami es occidental hasta sus últimas consecuencias, es decir, ha abrazado el desencanto de las generaciones posteriores a la caída del Muro de Berlín. No cree en los grandes relatos de la Modernidad ni en el poder iluminador de la Razón. Por eso, sus novelas están trufadas de ensoñaciones y paradojas. Sus personajes son individualistas que no se plantean cambiar el mundo. No alientan grandes pasiones éticas o políticas. Solo pretenden sobrevivir y disfrutar de un lugar bajo el sol.

Murakami ha sabido elaborar personajes y tramas capaces de expresar convincentemente su visión del mundo. Jamás ha incurrido en el didactismo. No hay héroes en sus novelas. Solo hombres y mujeres a la deriva, que sueñan con una existencia exenta de sufrimiento. No fantasean con la eternidad ni con paraísos terrenales. Para ellos, la felicidad es algo sencillo: una canción de los Beatles o un solo de trompeta de Miles Davis, un bar en penumbra donde es posible conocer a alguien misterioso, unas horas de sexo en un lecho sin la necesidad de establecer un compromiso.

Las tramas de Murakami casi siempre escogen escenarios urbanos. La naturaleza solo es una referencia lejana. Las ciudades son el escenario de unos argumentos donde la única quimera es el amor. A pesar de su escepticismo, los personajes de Murakami sueñan con el amor correspondido. Sin embargo, ese anhelo casi siempre fracasa. El desengaño suele ser la última estación de peripecias trufadas de aspectos extraños, casi fantásticos. La sensibilidad poética de Murakami detecta belleza en los lugares que pasan desapercibidos para la mayoría, como un callejón, una máquina de pinball o un aeropuerto.

La sensibilidad poética de Murakami detecta belleza en los lugares que pasan desapercibidos para la mayoría

Aunque el realismo prevalece, siempre palpita la sospecha de que todo lo narrado ha sido un sueño. O tal vez sería más exacto decir que Murakami nos hace pensar que no vivimos, sino que soñamos. Entre la vida y la muerte, el ser humano solo es una sombra que se desvanece apenas da unos pasos. Su rastro apenas difiere del de una gota de agua en un parabrisas.

¿Cómo hay que leer a Murakami? Pienso que con la misma disposición con que escuchamos un blues. Sabemos que en esas notas hay sentimiento, delicadeza, lirismo, sinceridad y un leve desgarro. Murakami siempre nos dice algo sobre nosotros, quizás porque sobre todo habla de sí mismo. No es posible comprender a los demás sin escarbar en nuestro interior y, al hacerlo, nos topamos inevitablemente con sentimientos que pertenecen a todos.

Murakami es el cronista de la soledad y el desengaño, pero también el del encuentro con los otros. No vivimos en burbujas con forma de apartamentos, sino en espacios con ventanas que nos permiten asomarnos a las vidas ajenas. La literatura de Murakami es una de esas ventanas y lo que nos muestra nunca nos defrauda.