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El avaro mental y la IA

Nuestros cerebros pesan un kilo y medio y consumen cerca del 20 por ciento de nuestra energía. Una cantidad enorme que ha ido a la par de grandes réditos evolutivos. Ocho mil millones de sapiens es la prueba. No es fuerza, velocidad, garras o colmillos, sino nuestro pequeño cerebro el que nos ha llevado a esparcirnos bíblicamente sobre la tierra, multiplicarnos y creernos los dueños de todo.

Nuestras mentes devoradoras buscan ahorrar energía. Así lo indica la teoría psicológica del “avaro mental” (Fiske y Taylor: Social cognition, 1984). Con recursos temporales, energéticos y atencionales limitados, ellas usan heurísticas y otros mecanismos (el sistema 1 de Kahneman) para gastar menos. Tendemos a no realizar tareas mentales complejas sin propósito y a externalizarlas si podemos. Lo conoce bien: en vez de memorizar la ruta sigue cual zombi (un cuerpo sin mente) a Waze. (La externalización cognitiva en los perros se remonta a 30 mil años de evolución conjunta: miran a sus amos para que les solucionen los problemas).

Por eso desarrollar habilidades y aprender requiere esfuerzo (la escuela lo exige, y ojalá lo fomente). Sean las tablas o un idioma, sin esforzarnos contra el avaro mental no llegamos lejos. Lo vemos claramente al dominar un arte con excelencia: sea tocar bien un instrumento o programar como Bill Gates en el garaje de sus padres, siempre están ahí las famosas diez mil horas. La práctica hace al maestro.

Aquí yace uno de las grandes amenazas de la IA generativa en los procesos de aprendizaje. Por cierto, siempre hemos externalizado con la tecnología y quienes somos se remonta parcialmente a ello. Con Engels, la mano es la mano hecha por el arado. Pero la IA es cualitativamente diferente: nos permite obtener un resultado completo sobre tareas complejas como si fuera resultado de la mente humana.

Estudios muestran que el avaro mental que lleva a los niños a realizar sus tareas con la IA los premia con mejores notas y tiempo libre. Pero en pruebas mensuales y en exámenes de admisión, les va mal. Los peores resultados se muestran recién dos años después (Strömberg at al. 2026). Y con la asistencia de IA (bastan 10 minutos) las personas mejoran su rendimiento a corto plazo, pero luego sin ella no solo rinden peor, sino que abandonan las tareas rápidamente (Liu et al. 2026). La hipótesis de los investigadores es que con la IA nos habituamos a respuestas inmediatas, negándonos la experiencia de trabajar con esfuerzo en los desafíos.

Ya lo dijo Aristóteles: ¿cómo se aprende a tocar flauta? ¿viendo tutoriales en YouTube? No. La respuesta es sencilla, pero conlleva esfuerzo: tocando (ojalá diez mil horas). Junto a la persistencia y disposición al esfuerzo para aprender, con la IA se desvanece mucho de lo que reconocemos como humano. Lo saben bien los tecnófilos que trabajan en ella: en Silicon Valley florecen los colegios Waldorf.

Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales Universidad Adolfo Ibáñez

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