Christian Jiménez Kanahuaty
Hay algo sustancial en las interacciones humanas y es que se aprender en el tiempo y son resultado de un continuo ciclo evolutivo donde a medida que pasa el tiempo se integran cada vez y de forma sofisticada, aunque imperceptible, variables éticas, morales y culturales, además de familiares y financieras que integran nuestro modo de percibir el mundo y de pensarnos en relación a él.
Y es claro que hay dos mundos que habitamos en permanente sincronía. Un mundo interno, formado por nuestros sueños, imaginarios y destrezas técnicas y maneras de conocer. Las maneras de conocer están sin duda mediadas con el tipo de memoria que cada persona tiene y ostenta y que desarrolla a lo largo de su vida. La memoria sensitiva, relacional son sólo formas nominales que se ha dado a procesos cognitivos de muy largo aliento. Por ejemplo, cuando se escucha una canción, no sólo se recuerda la letra y la melodía de la canción, también se recuerda el momento en que se la escuchó por primera vez y el recuerdo se intensifica si esa canción está ligada a momentos trascendentales de la vida. Como cuando se escucha la canción que eligió la promoción de curso en el bachillerato para acompañar el acto de graduación, o aquella que se escuchó en la fiesta de bodas o la otra que sonaba por la radio mientras se regresaba a casa luego de un largo viaje en bus. Esas formas de memorias van asociadas, son modelos arquetípicos: la memoria olfativa, visual, táctil y fotográfica son manifestaciones a su vez de un determinado tipo de inteligencia que no funciona por sí sola, sino logrando relaciones entre esas facetas de la memoria.
Así, como hay un mundo interior, también lo hay en el exterior. El mundo exterior es mucho más complejo porque en principio está demarcado por la presencia de otras personas. Y por lo descrito anteriormente, cada persona guarda dentro de sí una serie de acumulaciones emocionales, racionales y afectivas, además de profesionales y aspiraciones que generan campos magnéticos en interacción constante. Además, las personas se mueven en un mundo tangible repleto de animales, plantas, símbolos, materiales de construcción, edificios, automóviles y una serie de artefactos que hacen que la vida sea o más llevadera o más peligrosa. Pero junto a estas formas, están todas las formas lingüísticas que nos atraviesan: van desde la retórica en una clase en colegio o universidad, hasta los discursos de políticos, pasando por la publicidad, las frases aisladas que captamos al caminar o estar sentados en el transporte público y todas aquellas conversaciones que se establecen e intercambian entre familiares y amigos.
Con todo este cúmulo de interacciones sociales, materiales y simbólicas, las personas construyen tanto su identidad como su lugar en el mundo. Esto se logra a diferentes edades y depende de muchos factores, sociales, económicos, sanitarios y afectivos. Pero en mayor grado, lo que significa en esencia la aparición de todos estos elementos es que el ser humano los puede procesar. Y en ese sentido no se comporta de forma muy diferente a como lo hace un computador.
En principio los seres humanos han aprendido a decodificar mensajes complejos como gestos y señales faciales, y luego el lenguaje que es una herramienta que no sirve sólo para la comunicación o el aprendizaje y la transmisión de conocimientos, sino también para la creación, la explicación de nuestro mundo interior y para poder cristalizar algo que solamente hasta ponerlo en palabras ocurre en la mente.
Al hacerlo, de forma rápida y simultánea el ser humano a logrado captar múltiples señales, las decodifica, entiende, sistematiza y saca conclusiones. Desde esas conclusiones, vuelve a establecer una codificación que arroja al mundo. La comunicación social en su afán de hacer comprensible este fenómeno social y biológico, ha simplificado los términos al hablar me emisor-mensaje-receptor. Pero cuando se pone en dentro de una linealidad factores complejos, como si fuera sólo un procedimiento de pasos a seguir, se pierde perspectiva de las interacciones simbólicas, químicas y físicas que pasan en el cerebro y el modo en que el lenguaje es utilizado a discreción para referir algo, porque no es lo mismo en términos lingüísticos una comunicación que se establece para pedir un empleo, un aumento salarial o un libro en una biblioteca.
Cada petición tiene su código, su modo de ser enunciado y por tanto hace referencia tanto a la experiencia de quien hace la petición como al estatuto de funcionamiento de ese determinado sistema que se aborda. El mundo del trabajo o el de la atención en bibliotecas tienen sus propias reglas de juego lingüísticas, culturales, afectivas, profesionales y hasta raciales y también están marcadas por la edad o el género. Dado que, a una corta edad, pongamos 6 años, no se puede ni pedir un empleo ni un libro en una biblioteca ni votar en las elecciones.
Entonces, no estaría fuera de lugar pensar que también los seres humanos funcionamos con algoritmos. Y estos algoritmos construidos a partir de todas las facetas reseñadas con anterioridad, son las que sirven a los seres humanos para relacionarse entre sí. Esto ha tardado cientos de años en suceder. Primero la aparición de la herramienta. El lenguaje como tal, luego su adiestramiento y utilización. Este proceso está lleno de convenciones sociales, culturales, históricas y lingüísticas. Y se pone el acento en lo cultural porque como se sabe por canciones, películas y viajes, cada cultura ha diseñado su propia forma de lenguaje, su habla y modismos para referirse a las cosas con las que conviven a diario y aunque comunidades lingüísticas compartan el español, cuando hablan y utilizan las mismas palabras, en ocasiones no se están refiriendo a lo mismo. Lo mismo sucede cuando las frutas tienen distintos nombres en países como México, Bolivia, Argentina o Colombia.
Al usar algoritmos para relacionar el mundo externo con el interno, los seres humanos, también han aprendido a relacionarse entre sí por medio de la cooperación. Pero la cooperación funciona de un modo muy distinguido. Y es aquí cuando la cultura, la dominación y la discriminación tienen lugar a partir de hechos simbólicos y relaciones imaginarias construidas en el tiempo.
La confianza, por ejemplo, está dada a través de una serie de actos donde unos y otros responden a las expectativas de unos y otros. En ese sentido hay un sentido común sobre la responsabilidad y el cuidado del consentimiento sobre realizar un acto a cambio de algo. Esto es lo que define un financiamiento, un contrato o un matrimonio. Son acuerdos tácitos que se realiza en función de lograr un objetivo. Pero este objetivo no existiría si antes no se hubiera decodificado el código social, cultural, moral y étnico de una persona.
Para ahorrarse tiempo el cerebro y la mente humana ha encontrado un canal que satisface y optimiza los resultados: el algoritmo del parentesco por línea política o sanguínea. Las relaciones familiares se fundan para generar confianza y para construir cooperación. Son sociedades pequeñas que se integran bajo un apellido o una ceremonia o un tipo de sangre determinado y tienen más que fines comunes, experiencias y actividades en común.
Desplazando este ámbito a escenarios cada vez más grandes, el colegio y la universidad funcionan como espacios de reproducción de la misma conducta. El apellido, el color de piel, el lugar de la ciudad donde se encuentra la casa donde se vive, los idiomas que se habla, los países que se conoce, la ropa que se usa y el modo de hablar, marcan no sólo distinción, sino procesos cognitivos que el hombre asume de forma inmediata y relacional.
En el interior de cada persona para esta decodificación existe en la mente una gran habitación. Y esa habitación tiene distintos tipos de muebles con casilleros. Cada casillero es llenado con un tipo de información. Hay casilleros disponibles para la información educativa, religiosa, familiar, lúdica y emotiva. Por lo que cuando se conoce a alguien, a medida que sucede la interacción, el que recibe la información, la decodifica y con esos resultados va llenando los casilleros. Así establece el tipo y cualidades de la persona con la que está hablando. A esto se conoce de forma general como encasillamiento. Se encasilla a una persona según la denominada primera impresión. Aunque luego esa impresión se puede ir transformando y matizando, jamás se pierde del todo.
Este proceso es un registro que el ser humano realiza en todo momento y en cualquier lugar. Lo hace con personas, canciones, comidas, lugares y sensaciones.
Y así, también los seres humanos aprendemos a leer nuestro contexto y el contexto de las demás personas. Y por tanto, buscamos aquellas sensaciones, comidas, colores, vestimentas, canciones, personas que se relacionen con aquello que nos gusta o nos hizo o hace sentir bien. Con esos parámetros, las asociaciones y la cooperación funcionan ya no de forma aleatoria sino bastante ecuánime y racional. Nada se libra al azar tras la elaboración de un algoritmo social y cultural que ha tardado siglos en adecuarse, perfeccionarse y establecerse.
Y leer es un acto que no sólo se reduce, entonces a la capacidad de entender un lenguaje escrito. Leer implica entender, aprender y aprehender el mundo. Y todo lo que hay en el mundo alimenta una parte de nuestra imaginación, sensibilidad, lógica, racionalidad y sobre todo, de nuestros manifiestos deseos de construir redes de cooperación para alcanzar objetivos inmediatos.
Ahora bien, con la emergencia de las redes sociales, de los teléfonos inteligentes, de aplicaciones de diversos estilo, sentido y objetivo y sobre todo, de la presencia de la Inteligencia Artificial, el algoritmo empieza a decodificar los impulsos y deseos y aspiraciones de las personas.
Pero lo hace de forma sincrónica sobre millones de personas. Al hacerlo la cantidad de información que acumula es mucho mayor que la que podría acumular cualquier persona a lo largo de su vida por más que viviera cien años.
Un ejemplo práctico de esta dinámica es ver las recomendaciones de canciones, artistas, películas y premios que realizan canales como YouTube cuando se consume cierto tipo de contenido. Se decodifica el género de la canción, el tiempo de escucha, la reiteración y la constancia en la búsqueda. A partir de esto, el algoritmo arroja al usuario más de lo mismo. En ese sentido se convierte en un gran espejo de la identidad de la persona, que sólo refleja lo que éste desea y le entrega esto para su satisfacción. Entonces, el primer rasgo es que la búsqueda se restringe, la diversidad desaparece y la comparación queda anulada. Se busca lo mismo y se entrega lo mismo. El sujeto como usuario queda encapsulado en una burbuja autocomplaciente que es más que una zona de confort porque está construida no desde el exterior, sino desde el interior de su propia subjetividad, porque el algoritmo ha decodificado su esencia como ser humano.
La Inteligencia Artificial no tiene más que crecer en un modelo así, porque la Inteligencia Artificial no funciona sólo para una persona, sino para miles de millones. Por lo cual, ella recaba información constante sobre el ser humano, como nunca en nuestra historia como humanidad se tuvo oportunidad de hacer. La Inteligencia Artificial ahora lee al ser humano en milésimas de segundo y ya entiende cómo funciona. Y aunque todavía comete errores y en cierto sentido el ser humano sigue siendo un ser impredecible, la tendencia es que la Inteligencia Artificial no tiene sino más que mejorar, mientras que el ser humano, ha quedado en un tiempo detenido, aletargado en su contingencia e inmediatez.
Otro ejemplo, es el de la lectura en aparatos electrónicos. Los libros son el gran modelo a través del cual se puede establecer cierto tipo de entendimiento sobre este fenómeno, así que cuando se escribe “página” no se refiere a la página web de una revista o periódico, sino a la página de un libro. por tanto, tenemos que en la actualidad la Inteligencia Artificial puede registrar el tiempo de lectura de una página, medir el ritmo cardíaco, que página se demoró más tiempo en ser leída. O qué horarios son los de mayor lectura, si se subraya esa página o si se le hace una captura de pantalla, además de medir y comparar el registro de una página de un libro a otro.
Esto implica al menos dos cuestiones, la primera es que la Inteligencia Artificial ya sabe del tipo de procesos de lectura que realiza el cerebro humano en determinadas situaciones. Ofrece para sí misma una base de datos sobre los usos y aplicaciones de la lectura en los seres humanos y el modo en que la lectura involucra sus afectos, emociones o racionalidades.
Por otro lado, es una información que las editoriales pueden utilizar para diseñar los libros del futuro. El tipo de prosa, estilo y temas. Aquellos que se pueden leer rápidamente y los que no alteren el estado de ánimo de los lectores, y aquellos libros que no aborden temas sensibles ni históricos comprometedores.
Por ello, el tema está en ver que toda la información que se produce tiene repercusiones ahora ya no sólo políticas, sino biosociales, económicas y culturales, y eso implica pensar nuevas dimensiones de la política porque la biopolítica ya no es suficiente, porque la Inteligencia Artificial es más que sólo un exocerebro o una herramienta o una nube que guarda información. La Inteligencia Artificial interactúa con los seres humanos y ya se sabe que hay aquellas que sirven de asesor financiero, laboral, y las otras que funcionan como agentes de contención emocional y otras que cumplen roles afectivos claros.
En ese sentido, el algoritmo nos lee a medida que lo vamos utilizando y es un bucle, porque incluso se alimenta de este escrito y por tanto a partir de su escritura adquiere un metapensamiento. Y es que al leer lo que se produce sobre ella, se piensa a sí misma.
Cuando un estudiante le pregunta al Chat GPT sobre un tema de actualidad, nutre la base de datos de la Inteligencia Artificial, pero cuando un ingeniero o un operador de sistemas, le pregunta al Chat sobre su funcionamiento y el cómo está hecho, la Inteligencia Artificial le responde en un lenguaje sofisticado, lleno de números, barras, ecuaciones e integrales, que ayudan al ingeniero u operador, a diseñar una app para comprar comida desde el domicilio. Y al hacerlo indirectamente sucede que la Inteligencia Artificial ya aprende más sobre sí misma, así que, en el breve tiempo, ella misma podrá diseñarse sin necesidad de ingenieros o matemáticos.
Bajo este parámetro, las legislaciones del mundo todavía batallan contra la Inteligencia Artificial y los algoritmos desde el escenario del cuidado y la educación. Por un lado el tiempo de exposición a pantallas por parte de los menores de edad, regulados por los padres o el Estado. Pero también, el uso de teléfonos inteligentes en centros educativos al interior de las aulas.
Así también se previene sobre la salud mental dando clases sobre la diferencia entre una Inteligencia Artificial y un psicólogo profesional y humano. Añadiendo que la salud mental debe ser tratada por seres humanos, aunque las app suelan recomendar en la mayor parte de los casos, los mismos pasos a seguir que un ser humano. Sin contar que están disponibles 24 horas del día, 7 días a la semana.
Visto desde este ángulo, parece muy poco todavía y muy limitado lo que se hace sobre el mundo dinámico de interacciones sociales sobre el que se mueve el ser humano en su manejo de diversas Inteligencias Artificiales. Porque ellas han empezado a crear arte, dado que hay en su funcionamiento especificidad suficiente como para que hayan salido al mercado algunas Inteligencias Artificiales, especificas para crear dibujos, fotografías y pinturas, otras para vídeos y películas, otras que sólo reconocen voz y otras sólo afianzadas en lo escrito. Y esto es sobre todo, porque todavía la energía que consumen y el tamaño que requieren es aun lo suficientemente grande como para reunir en una sola Inteligencia Artificial todas las habilidades que hasta ahora han distinguido a los seres humanos. Es por ello que todavía tiene fallos y es por eso que todavía el arte que crean no se iguala al de los humanos.
Y esto es motivo de alegría, por ejemplo, al mundo del libro en general porque se asegura que todavía la Inteligencia Artificial no es capaz de escribir un gran libro que pueda emocionar y hacer pensar y entretener como la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX. Pero lo que no se está pensando es que, si bien no se compara todavía con lo escrito por Vargas Llosa o Flaubert o Shakespeare, ya lo está haciendo. Y hay que pensar que hasta hace cinco años no lo podía hacer. Ahora lo hace. Entonces, en breve y mientras bajan mejorando sus sistemas integrales, interfaces, conexiones y algoritmos, lo podrá hacer. Si ahora puede con vídeos y canciones. Pronto lo podrá hacer con lenguaje escrito y nada nos asegura que, en otros países y escalas todavía no vistas, ya lo esté haciendo.
Entonces, cuando leemos el mundo, estamos codificando y diseñando un algoritmo que nos permite interactuar con el mundo, pero mientras lo hacemos, la Inteligencia Artificial, también lo hace, y se podrá pensar que es una competencia, pero es una competencia que el ser humano no puede darse el lujo de plantear porque no tiene herramientas ni métodos ni formas de ganar. No se trata de apagar las app o desenchufar las tecnologías. Ni se dar la espalda a la Inteligencia Artificial y negarla o negar sus posibilidades o descalificarla como si ella fuera un viejo refrigerador que nunca cumplirá las funciones que se desea que tenga.
Las personas que refutan la Inteligencia Artificial y dicen que nunca llegaran a ser como los seres humanos, lo hacen desde sus computadoras y desde sus teléfonos inteligentes y revisan constantemente el hilo de conversaciones en sus redes sociales y se filman y se sacan fotografías. Y aún así no caen en cuenta que están siendo subsumidos por una Inteligencia Artificial que les permite transmitir, audio e imagen al mismo tiempo, o que les ayuda a editar una fotografía o un texto de Word desde su teléfono en pleno transporte público, mientras van el trabajo a la casa, o cuando mandan un audio pidiendo disculpas por que llegarán tarde dado que hay un accidente en la autopista o un embotellamiento en el centro.
Todas esas interacciones no serían posibles sin la Inteligencia Artificial, y la vida misma ahora como la perciben en todo el mundo pasa mucho de ella por las app y las pantallas. Así que pensar que la Inteligencia Artificial no puede o no logrará superar al ser humano, es negar que incluso una hoja de cálculo de Excel o el procesador de datos de este Word ya es inteligencia artificial, embrionaria, en continuo perfeccionamiento, pero ya es una inteligencia artificial.
Lo que toca, entonces, es al menos tres dinámicas formales e institucionales de largo aliento y que no deben ser pensadas como escritas en piedra, sino que tienen que tener espacio para la retroalimentación, la adecuación contextual y la agregación de elementos e información constante.
- Protocolos institucionales para empresas privadas o públicas y organismos nacionales, bilaterales de gestión de gobierno, políticas publicas (culturales y económicas, sanitarias, sobre todo), que contemplen capacidad en uso de la Inteligencia Artificial y sus comandos de órdenes. Esto debe estar manifiesto como una forma de cualificación del personal. Y no como un mero requisito que se demande a los empleados.
- Crear espacios de reflexión, construcción de conocimiento tanto en el nivel público como privado a partir de la siguiente área de conocimiento: la conexión filosófica entre el ser humano, el mundo y la Inteligencia Artificial. Realizar estas sesiones y documentos de reflexión serán de ayuda para las personas en general y para los profesionales en particular, para entender dimensiones sociales, culturales e históricas desde la complejidad para distorsionar todos los supuestos, mitos y referencias cruzadas y erradas que se han tejido tanto sobre el ser humano como sobre la Inteligencia Artificial.
- Construcción y consolidación de espacios públicos y privados donde se elabore pensamiento crítico, nuevas formas de cooperación, solidaridad e integración humana (profesional, racial, generacional, regional y emocional); que además agreguen a la discusión una dimensión afianzada en la cultura como creación humana en su más larga y profunda expresión. Las artes como espacio creativo desde el cual se conecta lo racional con lo emocional puede servir de catalizador para pensar las dimensiones de lo humano a lo largo de la historia de la humanidad y el modo en que el ser humano se ha enfrentado a las tecnologías, avances científicos y revoluciones industriales desde distintas áreas lingüísticas, geográficas, religiosas y culturales del mundo.
Si bien esto de momento, no es suficiente, es un principio y genera una base sólida y común sobre la que puede pensar luego otras variables sobre la dimensión humana del ser humano en el presente.
Cabe decir, sin embargo, que todos estos espacios, reflexiones y conceptualizaciones, deben estar nutridas del conocimiento adquirido hasta el presente. Su acumulación es la mayor ventaja. Pero es sólo un punto de partida, no de llegada. Esto quiere decir que de aquí en adelante se necesita otro enfoque y otra metodología de trabajo y por tanto otra epistemología y otra filosofía.
Mucho de la filosofía del siglo XX es heredera del XIX, del XVIII y de los periodos clásicos tanto griego como latino. Pero si bien esa forma de pensar el mundo, pensarnos a nosotros mismos y pensar nuestro interior a través del lenguaje, la imaginación y lo material nos ha conducido a nuestro modo de interacción en el aquí y ahora. Esa filosofía, por más estructuralista, posmoderna, posestructuralista, deconstructivista que sea, resulta limitada e insuficiente para pensar los problemas que se nos presenta, porque de nuevo, son un punto de partida, pero no logran dar la dimensión correcta sobre el tiempo presente.
Porque muchas de las ideas que están ahí vertidas ya se han trabajo con relación a tecnologías, maquinas e industrialización, pero ninguna de esos modelos filosóficos, conceptos, filósofos, han estado realmente en relación con algo como la Inteligencia Artificial, las app y los algoritmos que así como encapsulan a una persona al darle sólo la música que desea escuchar, también entregan a otra serie de personas la información que desean validar y reforzar, y que terminaran agitando sus emociones y afianzándolas en sus presupuestos y temores, con lo cual, también ellas saldrán a las calles defendiendo su verdad en detrimento de la verdad.
Y aunque se pueda desatar un largo y sustantivo debate sobre qué es la verdad y cuáles son sus límites hay que pensar que incluso ése debate estará mediado por cómo la verdad ha ido cambiando de condiciones de producción y recepción a medida que fue distorsionada por la aparición de la imprenta, los medios de comunicación, la globalización, las redes de información inmediata, las guerras, la tecnología computacional, la Inteligencia Artificial, las app y las redes sociales contemporáneas.
Sin embargo, el debate debe establecerse en relación a un único objetivo que se irá desdoblando en el tiempo: el modo en que leemos el mundo y mientras lo hacemos, las app nos leen y termina, en definitiva, sabiendo más de nosotros, que nosotros mismos acerca de nosotros, y por tanto, el poder que tienen sobre los seres humanos va más allá del poder referido en novelas como 1984, porque va más allá del control y la vigilancia; dado que ahora sí la app puede decidir por ti e inculcarte qué pensar y cómo hacer las labores de casa, el trabajo, la práctica documental en la universidad y todas las demás cuestiones, que antes hacían que la vida valiera la pena y que mostrara por ello, cuán diferente podía ser para unos como para otros. Actualmente, sin embargo, la app unifica, y al unificar, iguala y simplifica. Ya que la paradoja se encuentra en que mientras más te identifica como ser individual y concreto, la app, te desglosa en estratos, cualidades y porcentajes. Entonces, generaliza por los datos que obtiene sobre los consumos culturales, visitas a sitios web, información que se consume, rutas que se camina y momentos de ocio y tiempos dedicados a selfis, películas y lectura. Así, todo es cuantificable.
El ser humano se ha convertido en un ser virtual repleto de datos que se agregan, complementan y consolidan. Al hacerlo, la individualidad pasa a ser una generalización, casi una abstracción. El hombre como tal deja de existir en manos de las app y los algoritmos. Pero a no equivocarse porque no es el hombre masa de las calles o aquel que identificó José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, ahora el hombre es El hombre algorítmico. Porque también dejó de ser un hombre mediado por los códigos de barras. Ahora cuando incluso el hombre se enfrenta a un código de barras, lo hace por el intermedio de un QR u otro dispositivo como una tarjeta electrónica o un PIN.
Las barras y los números quedan en la antesala de lo que vivimos y aún así, no parecen reliquias de otro tiempo, sino la demostración de que la tecnología también puede convivir con sus múltiples pasos y pisos evolutivos y tecnológicos. En ese sentido es que se iguala a la forma en que los humanos han cambiado el mundo desde su creación. Y todo esto no es sino una serie de redes y constelaciones sobre las que se tejen relaciones sociales, económicas y jurídicas. Porque el poder asumió a su manera el cambio delineando de estas formas su nueva fisonomía y carácter.
Y si este poder es así, el poder que tiene la Inteligencia Artificial para ciertos gobiernos y la democracia es también uno de los puntos álgidos que se tienen que discutir, deliberar y enmarcar, porque ahora, la gran cantidad de recursos económicos de las compañías cuyo capital económico supera al de más de los 90% de los países está sostenido en su alta concentración de datos que tienen sobre las personas. Desde los datos biométricos, hasta movimientos financieros, migratorios, familiares, sanitarios y otros. Esos datos, tanto para la publicidad como para la gerencia y administración de seguridad tiene un costo. Lo sucedido en el mundo luego del ataque del 11 de septiembre de 2001, fue sólo una muestra de lo que se puede hacer con el manejo sofisticado de datos personales. Y eso ocurrió hace casi 25 años.
Hoy en día la tecnología es mucho mejor que entonces y el peligro de guerras, explotaciones laborales, redes criminales e identificación de territorios altos en recursos minerales para el uso de poco, es mayor.
Por lo cual, si mientras leemos el mundo a través de las app y la Inteligencia Artificial también nos leen, hay una sustitución en el modelo de explotación y en la forma en que el desarrollo y las finanzas y acumulación de riqueza ha cambiado. Porque hoy en día se puede asegurar que se ha pasado de un modelo extractivo de materias primas a otro, extractivo de datos.
Los datos son ahora el botín que van a capturar las empresas transnacionales, los gobiernos, los organismos multilaterales, universidades, cooperaciones y empresas. Esos datos hoy se monetizan y esos datos son los que ahora hacen que también el dinero esté flotando y no circulando y haga modificado incluso esas interacciones a través de códigos como el QR que lee quién eres y cuánto dinero dispones y rastrea de dónde salió ese dinero.
Entonces la facilidad para extraer sus datos hace que la persona sea cada día más porosa a una indagación sobre su identidad y sucede lo que nunca antes otra tecnología hizo, ni la radio, ni la televisión, ni el Internet: su intimidad ya no le pertenece, ha sido expropiada por el dato que al mismo tiempo que le soluciona problemas y entretiene, le muestra bienes que puede desear adquirir, fragmentos descontextualizados de discursos políticos, imágenes de la guerra, publicidad de una marca de ropa o un concierto o una festividad al otro lado mundo, rompiendo de esa forma con su espacio privado porque esto se diferencia de la publicidad tal como la conocíamos, debido a que antes, la publicidad estaba dirigida a una audiencia compacta.
La película o las noticias eran vistas por toda la familia. Y la publicidad era segmentada según franja horaria, no según el auditorio. Ahora es muy difícil que toda la familia se siente a ver la misma película, o las noticias. Ahora si es que ven la misma película, lo hacen en espacios diferentes y a través de dispositivos diferentes y a velocidades diferentes. Eso ya marca una tendencia en la pauta comercial, en las preferencias y en lo que el algoritmo entregará a cada usuario como publicidad. Esa diversidad de contenidos segmentados es lograble gracias al extractivismo de datos que la Inteligencia Artificial realiza en todo momento.
Por lo cual, la Inteligencia Artificial indaga en la mente del usuario para para mostrarle otro mundo, pero ese mundo está hecho a su imagen y semejanza. Ese mundo es virtual y eso mundo está construido con los datos que sobre esa persona ha obtenido la Inteligencia Artificial. Por lo cual, de nuevo parece que se ingresa en un bucle del que no se puede salir.
Pero la salida se encuentra en la realización intelectual de un complejo modelo de distorsión sobre los sentidos comunes, mitos, leyes y normas que se han tejido socialmente alrededor de los medios de comunicación, la relación emisor-mensaje-receptor, el criterio sobre el que se sostienen la verdad y veracidad, y el modo en que la inteligencia humana interactúa con otras inteligencias y la manera en que los gobiernos y los diferentes tipo de poder político, económico, administrativo, religioso y educativo interactúan entre sí y modifican sus concepciones primero y conceptos después para diagramar el campo de conocimiento que se abre en la actualidad dado que la Inteligencia Artificial no es que vino para quedarse, sino que vino a desmontar los principios sobre los que la humanidad se construyó desde la Grecia clásica hasta el presente.