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El agua y la sangre

Patxi Irurzun

Se llamaba Marie Therèse, la conocí en en Bocanda (Costa de Marfil) el pasado mes de septiembre. Tendría unos treinta años y los aparentaba, a pesar de todo. Era jovial y bonita, tenía la risa contagiosa, los ojos vivaces y la piel negra y resplandeciente, como un sol de medianoche.

Estábamos sentados en un cenador, junto a la casita en que dormían las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, en el dispensario médico que atendían, incansables. Había anochecido, y por fin corría algo de aire y las enfermeras tenían un respiro, después de un día de trabajo intenso e interminable, como todos allí. Aún, de hecho, continuaba entrando alguna mujer con un niño llorando o con alguna palangana vacía. Y nadie les impedía el paso, ni les mostraba una mala cara.

—Al marido de esa chica lo asesinaron, durante la guerra, y después a ella le hicieron beber su sangre —me explicó la hermana Avelina, la única hermana blanca, señalando a una de aquellas mujeres, quien, después de llenar un bidón de agua y colocárselo sobre la cabeza, se acercó a saludar a Marie Therèse.

Intercambiaron algunas bromas. Cada vez que la mujer se reía, el bidón en su cabeza se balanceaba, pero las gotas de agua chapoteaban sin derramarse.

Me di cuenta de que Marie Therèse y la mujer hablaban de mí, entre tímidas y pícaras.

—Marie Therese dice que mañana te invita a cenar —me explicó, divertida, la hermana Avelina.

Yo, en mi francés macarrónico y tarzanesco, intenté contarle que estaba casado y que además al día siguiente continuaba viaje. Había llegado a Costa de Marfil gracias a un premio literario y en mi recorrido debía visitar varias de las misiones de las hermanas (centros de acogida para mujeres, niños de la calle, escuelas…). Ese era el premio, y la única condición para disfrutarlo contar al volver lo que había visto. La hermana Avelina se lo explicó y Marie Therèse dijo:

—Pues habla de mí, a ver si me sale novio.

Yo, aunque me pregunté qué problema podría tener una chica como ella para conseguir novio, se lo prometí y le saqué dos o tres fotos. Todavía seguimos bromeando un rato más. Después Marie Therèse se fue a su casa (no era, como ya había imaginado por el tono familiar con el que trataba a las hermanas, una de las enfermeras) y los demás nos retiramos a dormir.

A la mañana siguiente, continuamos el viaje y la hermana Avelina, mientras conducía sorteando los socavones de la carretera y los controles de la policía, me contó la historia de Marie Therèse. Me dijo que había regresado a Bocanda, su ciudad natal, hacía dos o tres años, a morir, desahuciada por el SIDA, después de haber vivido durante algunos años en Abdijan, la capital del país. Durante meses, una enfermera la estuvo llevando en bicicleta desde su casa al dispensario. Todos los días.

Al principio apenas pesaba treinta kilos. Poco a poco fue ganando peso. Hasta que se recuperó, manteniendo un tratamiento que todavía cumplía a rajatabla, sin permitir que se derramara una sola gota de su vida. Me quedé helado, bajo aquel sol abrasador y africano. Me costó imaginar a aquella mujer hermosa y alegre convertida en un pellejo de huesos. Y pensé sobre todo en aquella enfermera pedaleando cada mañana, abriéndose paso entre el polvo de los caminos y las miradas de los hombres que repudiaban, que todavía seguían repudiando a Marie Therèse.

Esa imagen, que nunca llegué a ver, es la imagen de África que permanece grabada con más fuerza en mi memoria.

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