Christian Jiménez Kanahuaty

Es interesante que la mayor campaña que se hace en estos momentos está enfocada a que las personas que se quedan en casa no se aburran. Que puedan seguir consumiendo bienes culturales tanto de la cultura pop como otra variedad. La campaña sobre este punto es mucho más fuerte que la de cuidados sanitarios en la familia o cuando uno va al supermercado o a los mercados zonales. Incluso la campaña de contrainformación para desbaratar a las noticias falas no es tan fuerte como la necesidad de que las personas entren en una espiral de aburrimiento.

Psicológicamente se apela a los largos periodos de aislación que pueden generar estrés, miedo, incertidumbre y pensamientos repetitivos. Pero también pueden ser causantes de ansiedad y con ella, aburrimiento.

El sentimiento de tener demasiado tiempo libre. De que el tiempo en familia está bien, pero es demasiado. Pero que también hay una constante de aislamiento que no piensa y es más frecuente que el hecho de no salir a la calle. Las conexiones a redes sociales por parte de jóvenes a mutado a los juegos en línea. Y ahora son los adultos los que están en aplicaciones de redes sociales varias veces a lo largo del día, actualizando sus perfiles, subiendo noticias y compartiendo información. Parece ser que ahora, de nuevo, la información es aquello a lo que las personas se aferran para no aburrirse y los jóvenes van en busca de juegos o de páginas interactivas de estrellas del cine, de la música u otros, y los adultos también empiezan a suscribirse a nuevas aplicaciones y se animan poco a poco a revisar tutoriales con los cuales aprender algo, ya sea desde la cocina, desde la historia de las pandemias en la humanidad o de técnicas para pintar, decorar el hogar o jugar en familia, novedosos juegos. Sin embargo, las personas se aburren. Mientras más conectadas están, mientras más saturadas de información están y mientras más repetitivos son los actos que realizan y llega la monotonía a sus vidas, ellos se aburren y no es casual que muchas de las películas y canciones más visitadas ahora sean aquellas que hablan de relaciones fracturadas a causa de la monotonía. Y este es, sin duda, el gran miedo al que se enfrenta buena parte de la población mundial.

El miedo al tedio, al aburrimiento y a enfrascar la vida en cuatro paredes. A pesar de que ahora parece más fácil interactuar por medio de una pantalla táctil y líquida, la gente está aburrida. Se permite a sí misma sentir que sus vidas ya no tienen sentido si no salen a la calle, si no trabajan y si no cumplen una labor. Podría decirse que este es el triunfo más grande del capitalismo. La alienación. Ser útil y ser alguien sólo en la medida en que se cumple una función económica o se produce un bien. Quizá por eso las personas se aferran a sus negocios.

No es sólo la necesidad de seguir a flote. Es la sensación de utilidad. Estando en casa. A solas. En silencio. Con la familia. Nadie los ve. Nadie los observa. entonces la vida carece de utilidad. El ser visto es parte de la sociedad de la espectacularidad. De la necesidad de sentirse visto y admirado, ya sea por la ropa, por el trabajo que se desempeña o por el automóvil que se conduce.

Ahora que estamos en silencios, pensando, enfrentándonos a nosotros mismos, nadie puede decir algo que no sea el punto común de que hay que resistir, o de que hay que aprender algo nuevo, de que hay que hacer algo mientras pasan los días. Y todo esto estaría bien si ese fuese el fin en sí mismo, pero en realidad es sólo un medio, una manera más de pasar el tiempo, porque el objetivo es no aburrirse el aburrimiento como la muerte de la vida. Peor que la vida. Una vida hoy en día debe estar sometida no sólo a las grandes emociones de la información ni a las satisfacciones que produce el trabajo y el dinero, también están las emociones cotidianas, los lugares a los que se puede ir, los amigos a los que se puede frecuentar, las opciones culturales a las que se puede asistir y los lugares donde se puede ir de visita.

Por ello uno de los grandes grupos que están varados en otros países reconocen que quisieran seguir visitando el lugar, pero no pueden por las medidas de seguridad. No importa tanto la salud. Importa el viaje. Importa que no se les permite continuar con el viaje y eso les genera rabia y frustración porque planearon el viaje con antelación e invirtieron dinero en él. No importa aquí la expansión de la enfermedad. Importa el entretenimiento. El no quedarse en un sitio.

El aburrimiento no es una droga, es el antídoto. La droga es el vértigo, el movimiento, la producción, el capitalismo en su mejor expresión: alta producción de los cuerpos que sólo sienten que son humanos cuando producen bienes, sentidos y significados que se pueden vender o intercambiar en el mercado. Lo demás es la deshumanización. El aburrimiento es la antítesis del capitalismo, porque oculta la imposible: la no producción. No la contemplación, sino la simple y llana, ausencia. Cuando se aburren no se hace nada. Y si no se hace nada, se encuentra el vacío y el vacío no es productivo. Sin embargo, no se trata sólo de un tema de producción. De cumplir una función mecánica dentro de un sistema económico. El aburrimiento significa que ya toda la información no es suficiente o que hay tanta selección a la hora de adquirir información que se hace repetitiva y aburrida estar transitando todo el tiempo por el camino conocido.

La incapacidad de las personas para la creatividad y la búsqueda de nuevas rutas de aprendizaje denotan ciertamente el perfeccionamiento de un adoctrinamiento cultural que funciona como las películas de súper héroes o el reggaetón. Son formas de entretenimiento, pero las personas se basan en ese tipo de productos para entretenerse, lo que escapa de esos marcos, no les sirve. No les entretiene. Y aquí se puede entrar al viejo y casi bizantino debate entre alta y baja cultura, pero eso es tan reaccionario como pensar que ahora las plataformas deben ser políticamente correctas para satisfacer el gusto de los consumidores.

Por ello los algoritmos de Facebook y de YouTube, entre otros sólo muestran aquella música, películas o productos que van dentro del rango de búsqueda de las personas. El aburrimiento es la falta de emoción, la falta de empatía y la falta de algo nuevo. La monotonía. Y es interesante porque demuestra que al final, no somos ciudadanos, sino consumidores, y consumidores de un determinado tipo de cultura que prefigura nuestra zona de confort, y por tanto convierte a nuestro gusto estético o cultural o económico en algo funcional al sistema, pero también a nuestro estado de ánimo. Y en ese sentido, lo que queda no es la desolación, o el desierto de lo real, lo que queda es que la oferta cultural, ya no tiene ni que informar, ni que sembrar duda, ni siquiera sorprender, sólo tiene que entretener.

Entretener para que las horas pasen rápido, para que no se sientan los días, para que todo, más pronto que tarde, regrese a la normalidad. La anestesia de la actividad. El aburrimiento es el despertar de la conciencia sobre el paso del tiempo. Es contar hora a hora cuánto falta para que otro día llegue. No es casual que en las salas de hospitales estén puestos televisores, que en los quirófanos haya música ambiente al igual que en ciertos ascensores, o que en el transporte público siempre esté prendida la radio o haya música predeterminada, tampoco que en los vuelos hayan películas al igual que en el transporte interdepartamental. No se trata de simple sobre exposición a la información. Se trata de que las personas ya no quieren sentir que no hacen nada. No hacer nada es aburrirse, la inactividad. Y por eso los aparatos son como prótesis de los humanos. Mientras se viaje, se ve una película, mientras se cocina se escucha un tutorial y mientras se espera la consulta médica se escucha música, así se tiene la impresión de que se hace algo. El fin de nuevo, no es ni viajar, ni cocinar, ni recibir los resultados de un examen médico, es entretenerse. Es distraerse. Olvidarse de uno mismo. Olvidarse de la propia consciencia. Sentir que se hace algo.

Justificar el tiempo. La farándula entiende esto a la perfección, por eso hay conciertos gratuitos en este momento, o comediantes o entrevistadores, que demuestran que se están adaptando a este momento, porque han reconocido que ellos ante todo son aquellos que entretienen. Entretenedores profesionales. Su objetivo es que la gente no se aburra. No se sienta sola, ni desconectada. Esto sin duda nos coloca frente a una humanidad que no es que pierda su lazo social, sino que pierde algo mucho más importante y anterior al lazo social. Pierde su capacidad para conectarse consigo mismo. Por ello brilla por su ausencia foros debates o club de lectura. Lo importante es no pensar, no mirar con calma ni lentitud, lo importante es la velocidad, que todo sea efímero, rápido, así pasan los días y regresamos a lo que estábamos haciendo antes de la enfermedad.

Con cada día que pase el aburrimiento será más profundo, más sostenido y más violento. Las familias se verán afectadas por él y las personas individualmente también, porque el aburrimiento los enfrentará, indefectiblemente, a lo que tienen dentro. Al silencio. A la reflexión e introspección. Algunos podrán ver algo. Otros tendrán miedo y eso desatará violencia doméstica, violencia a la hora de establecer lo que se quiere y no, pensar, consumir, sentir, ver, hablar, escuchar, hacer, etc., y así, la sociedad se tendrá que readecuar a una serie de formas de conexión social inéditas, que tendrán como punto de partida el modo en que gestionamos nuestro aburrimiento aun cuando vivimos dentro de un espacio físico que hemos decidido compartir con amigos, familiares o nuestras parejas.