En política, las herencias no siempre se reciben por testamento. Muchas veces se construyen pacientemente, a la vista de todos, mediante gestos, silencios estratégicos y una narrativa cuidadosamente diseñada. Eso es precisamente lo que parece estar haciendo el actual vicepresidente de Bolivia, Edman Lara, en su progresiva consolidación como heredero de la clientela política que durante casi dos décadas orbitó en torno a la figura de Evo Morales.
Lejos de disputar abiertamente el liderazgo histórico del expresidente, Lara ha optado por una estrategia más sofisticada: ocupar el vacío generacional y simbólico que deja un liderazgo desgastado por el tiempo, los conflictos internos y la reiteración de viejas fórmulas. En ese sentido, no se presenta como ruptura, sino como continuidad renovada. No como negación del pasado, sino como su actualización estética y discursiva.
Edman Lara encarna hoy el nuevo rostro del neopopulismo boliviano. Mantiene los elementos centrales que hicieron eficaz al proyecto evista —la apelación directa al “pueblo”, la construcción de antagonismos simples, la desconfianza hacia las instituciones liberales y el uso intensivo del Estado como mecanismo de redistribución política—, pero los reviste de un lenguaje menos confrontacional y de una imagen generacionalmente más atractiva. Es, en suma, el mismo libreto con un nuevo actor.
Su estrategia apunta con claridad a la base clientelar construida durante los años de hegemonía de Evo Morales, organizaciones sociales dependientes del Estado, dirigencias sindicales profesionalizadas, sectores populares acostumbrados a una relación vertical y asistencial con el poder. Lara no intenta desmontar esa arquitectura; por el contrario, la preserva y la seduce, transmitiendo un mensaje implícito pero eficaz, «conmigo no perderán lo que ya tienen».
El vicepresidente ha comprendido que el principal capital político del masismo no es ideológico, sino relacional. No se trata tanto de un proyecto doctrinario como de una red de lealtades, expectativas y dependencias. Heredar esa clientela requiere algo más que carisma, exige garantizar continuidad en los beneficios, protección frente a la incertidumbre y, sobre todo, la promesa de que el acceso al poder seguirá siendo un mecanismo de inclusión material y simbólica.
En este contexto, la figura de Evo Morales cumple una función paradójica. Sigue siendo el referente mítico, pero también el límite. Lara parece avanzar calculadamente en el espacio intermedio, se muestra respetuoso del liderazgo histórico, pero evita subordinarse completamente; reivindica el proceso, pero se reserva la posibilidad de reinterpretarlo. Es una danza política delicada, cuyo objetivo es claro, estar listo cuando la sucesión deje de ser una hipótesis y se convierta en necesidad.
La pregunta de fondo no es si Edman Lara logrará heredar esa clientela política, sino qué implicará para Bolivia que el neopopulismo se reproduzca bajo nuevas formas sin superar su vocación autoritaria y antidemocrática. La renovación de los rostros no garantiza la renovación de las prácticas. Y en política, como en la historia, las continuidades suelen ser más determinantes que los nombres propios.