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Ecos del abismo: la fragilidad de la democracia en el siglo XXI

Durante el siglo XX, Europa hizo dos viajes de ida y vuelta al infierno. Aquel continente, que se había jactado de ser el culmen de la civilización, se despeñó a la sima de la barbarie, pese a haber sido cuna de la filosofía racionalista y, por tanto, de la democracia liberal. ¿Será posible que el mundo del siglo XXI se precipite hacia un abismo parecido?

Los años posteriores al derrumbe del bloque socialista dieron la sensación de una estabilidad democrática irreversible: la democracia liberal había desactivado los odios nacionalistas e ideológicos en pro de la integración y la cooperación internacional, las izquierdas radicales quedaron reducidas a pequeños partidos sin opciones de llegar al poder y las derechas se moderaron, pareciéndose más bien a conservadurismos de cuño democrático. La confianza en la continuidad de ese sistema político, el crecimiento económico y la prosperidad era generalizada, algo así como lo que ocurría en Europa hasta antes de 1914.

No obstante, la rivalidad por la explotación de los recursos naturales del mundo y por la supremacía tecnológica entre las grandes potencias (EEUU y China, sobre todo) está provocando más tensión en la estabilidad del orden internacional. La despiadada guerra tecnológica se libra entre gobiernos, pero también entre corporaciones y magnates privados, y un fenómeno relacionado con esto es la sorprendente acumulación de riqueza en pocas manos, mientras que millones corren el riesgo de morir de inanición. A esto, puede añadirse que el tejido social de varios países del mundo está cambiando debido a las olas migratorias; por ejemplo, regiones tradicionalmente democráticas están siendo ocupadas por grupos sociales (como los islámicos extremistas) que poseen un carácter tradicionalmente antidemocrático. Debido a esto, la imaginería de los “enemigos” se va incorporando a un discurso que alcanza viejas cotas de agresividad extrema y que va en busca de chivos expiatorios.

La política de masas no varió mucho: como en el siglo pasado, hoy se abre paso tanto por las izquierdas como por las derechas. Y las masas, casi siempre ingenuas, caen en la celada de las noticias falsas o las verdades distorsionadas, hoy amplificadas debido a los nuevos canales de información de tipo digital, como las redes sociales, las cuales pintan una imagen poco realista del mundo en que viven.

No cabe duda de que Trump, Putin y otros líderes —al igual que Hitler, Stalin o Mussolini— poseen anhelos expansionistas o revisionistas y una nostalgia que los lleva a desear la vieja gloria que alguna vez tuvieran sus respectivos países. Tampoco hay duda de que en los últimos años el gasto en defensa y ejército aumentó en las grandes potencias. La lógica, aunque relativamente efectiva, es en el fondo bastante estúpida, teniendo en cuenta que la especie se define como Homo sapiens: Me armo hasta los dientes para que el otro no me ataque. En otras palabras, gasto miles de millones de dólares en armas para preservar la paz.

Da la impresión de que, a estas alturas del partido, el multilateralismo está ya muy debilitado y de que los diplomáticos, igual que antes de la Gran Guerra, se comportan colectivamente como borregos o simples asistentes a cumbres internacionales que no tienen ninguna trascendencia práctica.

Sin embargo, hoy existe un agente nuevo: la IA, que puede ser un factor decisivo. Es probable que, debido a ella, a mediano o largo plazo, viejas certezas, como la de la razón humana o la efectividad de los Parlamentos, se desmoronen, provocando la erosión de los sistemas democráticos. La democracia libra una guerra en varios frentes y las tendencias de la historia parecen indicar que, aunque sea de a poco, la perderá.

Pero la historia no es determinista. Lo que pase mañana depende de lo que hagamos hoy. Así como las dos guerras mundiales podían evitarse si se tomaban ciertas decisiones, las calamidades futuras que parecen inminentes pueden evitarse con algo de voluntad y prudencia. Por mucho que crea que la democracia vaya a morir en ciertos lugares mañana, no pienso que debamos quedarnos de brazos cruzados. ¿O es que nuestras decisiones están determinadas de antemano por las condiciones materiales y la naturaleza?

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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