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Donde se cruzan los senderos

La historia de Hiroo Onoda conmovió al mundo. Cuando en marzo de 1974 leí la noticia sobre este teniente del Ejército Imperial de Japón que había finalmente entregado su sable luego de 29 años de lucha contra las sombras de un enemigo que ya no existía, sentí admiración por su perseverancia, su lealtad y su patriotismo y escribí inmediatamente un poema titulado “Samurai”, publicado en mi tercer poemario, Sobras completas (México, 1984): “Te declaran loco, samurai / pieza de museo / rareza a ser fotografiada / el único que no creyó en Hiroshima”, dicen algunos versos.

En ese tiempo la noticia era escueta: Onoda había permanecido escondido durante casi tres décadas en la selva de la isla de Lubang, en Filipinas, a 2445 kilómetros de Kamegawa, su lugar de nacimiento en Japón, sin saber que la Segunda Guerra Mundial había terminado en 1945 y que su ejército, el japonés, había sido derrotado. Durante muchos años fue una sombra mimetizada con la naturaleza, y desoyó los mensajes que le hacían llegar mediante parlantes y volantes porque creía que eran maniobras del enemigo para obligarlo a rendirse. Nunca se rindió, sobrevivió de manera admirable moviéndose sigilosamente, alimentándose de la selva, sin jamás establecer un campamento. Solo aceptó regresar a Japón cuando un antiguo superior suyo fue llevado a la isla para convencerlo de deponer las armas.

La historia también impactó al cineasta alemán Werner Herzog, quien cuenta que 23 años más tarde, cuando le hicieron una invitación oficial a Japón en 1997, le preguntaron: “¿A quién le gustaría conocer?”, seguros de que él diría: “Al emperador”… Sin embargo Herzog no dudó ni un segundo y dijo: “A Hiroo Onoda”. Ambos se reunieron varias veces (Onoda ya tenía 77 años de edad), y Herzog escribió a partir de esas conversaciones su primera novela. 

¿Por qué hizo Herzog una novela, la única que ha escrito hasta ahora, y no una película de ficción o documental, puesto que en ambos géneros ha mostrado excelencia? Pocos como él han descrito de manera tan magistral en el cine las dificultades que se atraviesan frente a una naturaleza hostil. Sus films de ficción basados en hechos históricos, como Aguirre, la cólera de dios (1972) o Fitzcarraldo (1982) son ejemplos emblemáticos, protagonizados por personajes obsesivos y determinados (ambos interpretados por Klaus Kinski). Herzog ha abordado también la complejidad de la naturaleza en documentales magistrales como Grizzly man (2005) y La cueva de los sueños olvidados (2010). Entonces, ¿por qué no un documental testimonial, o quizás una ficción que mostrara a Onoda durante las décadas de sacrificio y sobrevivencia?

Creo que la razón está en las propias experiencias de Herzog relacionadas con su afición de caminante y peregrino, que ha sido registrada en libros testimoniales en los que narra sus largos itinerarios, a veces de varias semanas, a través de Europa.  Hay senderos que se cruzan, y en este caso los de Onoda y Herzog están emparentados en cuanto que ambos subrayan la fuerza de voluntad como valor ético, la persistencia del honor y de la lealtad hacia su gente. Herzog ha respetado siempre a quienes viajan a pie, se identifica con ellos. Ese es quizás el aspecto sobresaliente de la novela, que no es una gran obra literaria, sino un relato pormenorizado de la larga aventura de Onoda, y de su manera de concebir su lugar en la vida. El crepúsculo del mundo (2023) se publicó inicialmente en alemán en 2021, el mismo año que el director francés Arthur Harari dirigió el largometraje Onoda, 10.000 noches en la jungla, que no he visto todavía.

La novela de Herzog está escrita con complicidad y cariño por Onoda (que en su momento fue ridiculizado en los medios), por su acto de valentía que parecía carecer de sentido en un mundo donde se había ya “normalizado” la noción de que ciudades como Hiroshima y Nagasaki podían ser aniquiladas con bombas atómicas con total impunidad, peor aún, con aplausos.

La obra abunda en detalles que fueron narrados por Onoda y otros que son producto de la investigación de Herzog, quien se tomó muy en serio la tarea de describir la vida cotidiana en la selva, para hacernos sentir la humedad, el olor del barro, la fuerza de los vientos o de las lluvias tropicales. Cuando finalmente accede a salir de su escondite, Onoda declara: “Hay una tormenta en mi interior…”, sin duda más violenta sicológicamente que las que pudo sortear durante sus 29 años en Lubang.

En el acto de rendición Onoda hizo entrega simbólica de su katana, que a pesar de las inclemencias del tiempo había conservado impoluta, inmersa en aceite de coco para evitar la corrosión. El presidente de Filipinas se la devolvió inmediatamente en señal de respeto. Fue recibido como un héroe en Japón y su vida no acabó allí: dotado de una voluntad de acero, viajó al Himalaya para rendir homenaje a Norio Suzuki -el estudiante que lo buscó y encontró en Lubang- que falleció sepultado por una avalancha de nieve. También vivió una temporada en Brasil, se casó, y vivió hasta morir el 16 de enero de 2014, a los 92 años de edad.

Hay libros biográficos y películas sobre Onoda, pero quizás la novela de Herzog es el más sentido homenaje de alguien que entiende profundamente el sentido de la sobrevivencia.

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