Lucero Custodio Inga

En ese momento, estaba tan nerviosa que me deje vencer por su posición y no sabía cómo actuar. Me desvanecí con el primer golpe.

Él había regresado a la ciudad de Lima, después de dos años de habernos casado. Ya casi nada me emocionaba, solo aquellos recuerdos que me perturbaban sabiendo que mi memoria se sumergía en los días vividos y, sentía un aire helado que congelaba mi ser.

Él me tenía confundida, ya no era la misma persona que pensaba haber conocido hacía tres años atrás. Antes de nuestra boda, él me demostró ser una persona amable, cariñosa, responsable y sobre todo respetuoso de una mujer, pero parece que todo lo que conocí se perdió después de casamos. Me pregunté, ¿por qué cambio?

Yo siempre solía tratarlo bien y, mi única intención era respetarlo y querernos como antes solíamos hacerlo. Él no supo valorarme y comenzó a tratarme de la peor manera. No sabía que tenía tantas cicatrices y que ya no podía más. Nunca supo que me dolían las entrañas de tanto sangrar y lo peor es que no existía un maquillaje que pudiese ocultar esta herida de mi corazón.

Cuando él regreso, ya no sabía cuánto tiempo más podría aguantar. Ya no me quedaban lágrimas y el peso de estos años tan tormentosos invadía mi mente y recordaba los bofetones en mis mejillas. La duda me invadía y no sabía qué hacer. Solo tenía la certeza que fue la primera y no sería la última vez. No quería más problemas, pero no sabía si quedarme en silencio y seguir guardando este sufrimiento. Lo único que me quedaba por hacer era rezar.

Empecé a comprender cómo se puede pasar del amor al odio. Se convirtió en algo habitual, otro mal episodio. Me di cuenta que siempre viví junto al mal, su filo atravesó mi alma en un instante. La ojeriza llegó a callar mis buenos sentimientos con brutalidad, hasta me convirtió en un triste ser con ideas turbias.

Creí que era demasiado tarde para cambiar las cosas. Sabía que no volvería a tener otra oportunidad y sería solo un mal día en la prensa local. Mi dolor sería su prisión y si ahora pudiese cambiar en algo sus miserias, daría todo porque entendiera solo un segundo de mi sufrimiento.

Las cosas ya estaban hechas. Tenía miedo de volver a vivir sus abusos y sus insultos. Él me había golpeado tan fuerte que perdí el conocimiento, solo porque tardé un poco en prepararle su almuerzo y no recogí el televisor que se había malogrado ayer. Eso provocó que su ira se encendiera y pagué por ello.

Tengo la esperanza que mi historia no quede solo en la memoria de los que conocieron, sino que entiendan que a veces nunca llegamos a conocer a nuestra pareja y después nos llevamos una gran decepción. Tal vez, debí haber huido o haber pedido ayuda para evitar esto. Ahora que estoy encerrada en estas cuatro paredes de madera y siento una paz dentro mí, porque sé que en el más allá alcanzaré la felicidad y el amor que me negó la vida.