Atribuyen a Dalí la frase: “Que hablen de mí, aunque sea mal”, y a los cochabambinos: “Que hablen de mí, aunque sea bien”. Parece que el capitán Edmand Lara es más catalán que cochabambino.
La historia proporciona de tiempo en tiempo personajes extraños, poco usuales, que destacan porque son alienados, es decir, ajenos a la realidad que los rodea.
Desquiciados patológicos como Donald Trump en Estados Unidos, con diagnóstico de trastorno de personalidad, o Benjamin Netanyahu en Israel, son los verdaderamente peligrosos para el planeta y para sus propios países. Estamos hablando de la generación de conflictos geopolíticos de gran magnitud y de consecuencias irreversibles, cuyo origen está en el encubrimiento de crímenes de diversa índole que en algún momento debería concluir con el encierro en una prisión o en un manicomio, de ambos personajes de muy triste trascendencia histórica.
Esos dos son un prodigio de la naturaleza. Prodigio, en el sentido de que son seres con falla de fabricación.
El caso de Edmand Lara no se ve todos los días en nuestro país, pero es de una dimensión mucho menor, sin embargo, sobredimensionada por la necesidad, también patológica, del personaje de aparecer en los titulares de prensa o por lo menos en la comidilla barata de las redes virtuales, mal llamadas “sociales”.
Entre sus frases que merecen ser recordadas por su virulencia: “Rodrigo Paz es un corrupto”, “sus ministros son unos pelotudos”, “así como el pueblo te subió, el pueblo te puede bajar”, “los diputados y senadores son delincuentes”, etcétera. Para qué quiere uno tener enemigos, si tiene “aliados” como Lara.
Lara se ha revelado como alguien emocionalmente inestable, pero también poco inteligente en política. Suponiendo que tuviera razón en algunas de sus acusaciones, ha quemado cartuchos con su boca de escopeta en lugar de actuar con sagacidad siguiendo los canales establecidos. Su capacidad de análisis es nula, porque ha sido opacada por sus diatribas. Desmond Tutu decía: “No levantes la voz, mejora tus argumentos”. Es algo que Lara nunca entendió.
Lara fue una mala elección de Rodrigo Paz por afanes meramente electorales, y eso tiene un costo. Desde el día uno, fortalecido por su investidura vicepresidencial, Lara ha sido un motivo de discordia, una piedra en el zapato, multiplicando declaraciones estruendosas que al mismo tiempo sirvieron para demostrar que su poder real en la población era mucho menor del que él mismo se atribuía.
Quizás demasiado acostumbrado a un público cautivo, como todo tiktokero que monetiza, Lara confundió la realidad de las redes virtuales (una suerte de universo paralelo) con la realidad de un país que busca una salida democrática confiable luego de dos décadas de desgobiernos masistas. Sin embargo, el ruido político (no necesariamente acompañado por propuestas constructivas), terminó aislando al excapitán de la policía devenido vicepresidente.
El gobierno tuvo que tomar medidas que algunos desaprobaron: quitarle presupuesto y por lo tanto poder. Y es que la Vicepresidencia en tiempos del MAS se había constituido en una suerte de poder paralelo, multiplicando 20 veces su personal, sus recursos y su capacidad de incidir en el derrotero político del país.
La estructura que había montado García Linera para acomodar a sus fieles y neutralizar silenciosamente a Evo Morales se acabó con el Decreto Supremo 5552. Lara sintió que le cortaban las alas, pero no por ello cesó de ocupar titulares, aunque se agotaron sus ocurrencias.
Sería ingenuo desestimar la influencia de las redes virtuales, el mundo entero se mueve ahora a través de ellas. Trump ordena ataques o destituye funcionarios de alto rango porque se le ocurre a las 3 de la madrugada, en una noche de insomnio. Del mismo modo estamos más atentos a los tuits, tiktoks (o equivalentes) de la clase política mundial (Pedro Sánchez, Mark Carney o Giorgia Meloni, por ejemplo), que a los documentos oficiales de sus gobiernos.
Si bien ese terreno de disputa virtual es de indudable importancia, no le ha servido a Edmand Lara como él pretendía. Sin ser “seguidor” de sus cuentas, me he aproximado ocasionalmente a ellas y lo que he constatado es que la mayoría de los comentarios de quienes miran sus videos, son negativos.
Le sucede igual que a Evo Morales: por mucho que los escribidores del cacique del Chapare (se especula que Sacha Llorenti es uno de ellos) se esfuerzan en opinar en nombre del jefazo, los comentarios son lapidarios, algunos insultantes y racistas. En el caso de Lara, nadie se lo escribe, él aparece en la imagen asumiendo la responsabilidad absoluta de lo que dice, pero sus improvisaciones han tenido el mismo resultado: en los comentarios le dan cocachos hasta debajo del paladar.
Por sus ataques directos al presidente Rodrigo Paz, hay quienes ven todavía un peligro en las actitudes cada vez más marginales de Lara. Aunque se ha caracterizado por sus exabruptos (incluido el video sobre la infidelidad de su esposa, digno de Ripley) parece improbable que vaya más allá de declaraciones estruendosas y amenazas de confrontación. Algo le queda de discernimiento, puesto que se da cuenta de que ha perdido terreno y de que sus pasos en falso ya no le importan a nadie, son parte de la coreografía de la política bufona, donde no es el único payaso.
Es probable que de ahora en adelante se dedique a viajar, a conocer el mundo como vicepresidente flotante (ya ha estado en México, en la India y en otros países), y deje de molestar. Consciente de que se le acabó la cuerda, él mismo ha sugerido en días pasados que no le gusta la política y que estaría inclinado a retirarse completamente de ella cuando cumpla su periodo como vicepresidente: “Voy a pensar muy bien si quiero seguir en esto”. Es lo mejor que ha dicho hasta ahora.
Alfonso Gumucio es escritor y cineasta.