Diógenes en Mineros

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El pedido de semen como tarea de María Inés Peredo, profesora de biología, a sus alumnos de quinto de secundaria causó revuelo en el municipio de Mineros del departamento de Santa Cruz. El Ministerio Público, con una celeridad poco habitual, consideró procesarla por corrupción de menores conforme a lo establecido en el artículo 318 del código penal. Padres de familia, internautas y activistas se enfrascaron en una polémica condenando o apoyando tan inusual medida educativa.

Desde una perspectiva jurídica, el fiscal asignado al caso habría tenido un arduo trabajo intentando probar que Peredo tuvo la intención de corromper a sus estudiantes mediante actos libidinosos en lugar de reforzar sus conocimientos en educación sexual. Es tragicómica la forma en que el Ministerio Público prioriza casos como este y no tramita cientos de denuncias por agresión sexual, muchas de ellas contra menores de edad.  

Sin embargo, este sonado incidente es interesante por sus connotaciones culturales. Las sociedades que conforman Bolivia tienen una particular relación con el placer. La fiesta y la privacidad del dormitorio suelen ser los espacios predilectos para desplegar libremente comportamientos y prácticas sexuales, estrategias de seducción o ejercicios de autoerotismo sin temer la censura social o reproches moralistas. Es un régimen del placer bastante estricto si se compara con otras sociedades más libertinas y menos vergonzosas respecto al sexo. Desde la psicología y la sociología se pueden ensayar varias reflexiones para entender estas características. En contraste, considero necesario recordar a uno de los filósofos más transgresores y célebres de la filosofía occidental, aquel que denunció los males de Atenas, defendiendo el retorno a la naturaleza mientras se masturbaba en público: Diógenes de Sinope. 

Nacido en Sinope actual Turquía el 412 a.C., discípulo de Antístenes, llamado por Platón “el Sócrates enloquecido”, célebre por supuestamente haber ninguneado a Alejandro Magno, famoso por vivir semidesnudo en un tonel acompañado únicamente de perros, Diógenes filosofaba de una forma desvergonzada. Al negarse a practicar algunas convenciones sociales, el filósofo perro (como despectivamente lo llamaron sus enemigos), manifestaba su rechazo a la polis griega de su tiempo, a su hipocresía y artificialidad. La felicidad, tema filosófico fundamental para los griegos, podía ser alcanzada según Diógenes siguiendo el sendero de la naturaleza, desechando la vanidad social, es decir, siguiendo los preceptos de la filosofía cínica. 

Marlene Salgado Gutiérrez, en su tesis Diógenes de Sinope. Entre la locura y la sabiduría, caracteriza las actitudes del sinopense de la siguiente manera: “[…] parresía, askesis, anaideia y autarquía, las cuales son las consideraciones filosóficas que describen la forma de vida auténtica del pensador cínico. Ahora bien, que la filosofía cínica es una forma de vida lo comprueba el pensador de Sinope poniendo de ejemplo a su propio cuerpo, pues el cuerpo de Diógenes se pasea por la vida sin ninguna propiedad (a excepción de su manto y de su alforja), lo cual le convierte en un hombre libre. Sin embargo, para que Diógenes pudiera alcanzar la libertad tuvo previamente que entrenarse, y esto es, justamente, lo que constituye la askesis, a saber, un entrenamiento tanto intelectual como corporal o, dicho con otras palabras, se trata de ejercicios de preparación para soportar cualquier adversidad; por otra parte, la autarquía se presenta como la autosuficiencia y consiste en no depender de nada ni de nadie; en tercer lugar, nos encontramos con la parresía que indica la sinceridad, el decir veraz, la libertad de palabra, la franqueza, puesto que Diógenes en su crítica a la sociedad no se apegará a ninguna reglamentación, ya que no tiene que quedar bien con nadie, por lo tanto, no experimenta límite alguno para expresarse y decir abiertamente lo que piensa de un mundo corrompido por falsos valores; finalmente, la anaideia significa desvergüenza, con la que se introducen las grandes hazañas del sinopense que atacaron al orden social, y lo cual propició que a Diógenes se le calificara de loco, al tomar como ejemplo la vida de los animales, pues el sabio cínico ve en ellos un modelo siempre susceptible de imitar para llevar una vida fácil”. Todo un protoanarquista el buen Diógenes.   

Si volviera de entre los muertos, atravesando el espacio-tiempo hasta Mineros, Diógenes se indignaría por el barullo ocasionado por una simple petición de semen. Quizá intentaríamos explicarle que, en la Bolivia Plurinacional del siglo XXI, pedir fluidos corporales a menores de edad, aunque con intenciones educativas y de buena fe, tiene connotaciones sexuales y es, en nuestro lenguaje victoriano-cristiano-occidental, “inapropiado”. Diógenes nos devolvería una sonrisa maliciosa o tal vez un golpe con su bastón en nuestras pudorosas cabezotas. El sexo, el placer y la masturbación forman parte de nuestra intimidad, pero también de nuestra condición animal (homo sapiens, una de las muchas especies de primates que existieron). Nuestra vida depende de las convenciones sociales, pero eso no implica negar nuestra condición biológica. ¿No es este incidente y la necesidad de recordar al semidesnudo Diógenes una invitación a repensar nuestra relación con el placer? ¿Considerar el escaso valor de la educación sexual que brindamos a los jóvenes, demasiado enfocada en las enfermedades venéreas, sin considerar los deleites del sexo? ¿Ignoramos que, gracias a la tecnología y la circulación masiva de la información, las nuevas generaciones conocen muchas cosas sin necesidad de nuestra anticuada mediación? Imaginar a Diógenes de Sinope itinerante desde Mineros a la Plaza Murillo, de Villazón hasta Cobija, seguido de una animosa jauría de perros, nos ayudaría a recordar que nuestros cuerpos, pasiones y deseos también son parte de la naturaleza.

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