Día del estudiante

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Por lo general termino los semestres llevándome bien con todos los changos y sin mayores arrebatos en el miocardio. Por lo general, digo, porque siempre hay alguien que puede llegar a hincharte las q’orotrinas porque es un figureti, porque tiene la voluntad y la energía de un gastópodo o porque se dedica todo el semestre a menesteres hedonistas y para el examen final reacciona y te anda importunando «Pir fivir lici, dimi ini ipirtinidid». Pero salvo esos impases, siempre hasta termino mirándolos con cierto lejano afecto a mis estudiantes. Es más, hace 20 años que ando ejerciendo la docencia y gracias (o por culpa) a/de ellos, todavía es el único oficio que nunca quiero dejar de oficiar. Así que no tengo empacho en ponerme todo cursi y circunstancial y decirles ¡Feliz día del estudiante, ñatitos!

Sin embargo, este año, además se me antoja pedirles que hagan otro esfuerzo: Mirar más allá de sus narices. La Universidad, papitos y mamitas, no es sólo el trampolín para el éxito individual y la realización personal. No hay trabajo, las oportunidades de emprendimientos en este País son casi nulas, no existe una valoración de la formación profesional, tu título no te garantiza nada, los jóvenes en general son empujados a la sobrevivencia lejos de tu área de experticia o, lo que es peor, lejos de tu País y tu familia. La Universidad les arroja un título pero los deja a la deriva para que un sistema político los chantajee y los utilice a su antojo y un mercado laboral les diga, no gracias, estamos buscando alguien bueno, bonito y barato. ¿No les parece que ya es hora de que se hagan sentir?

La universidad pública con su politiquería de angurriosos mediocres y las privadas con su apatía y su política de salón de té, están condenando al ostracismo a los estudiantes que antes eran el sopapo a la conciencia del adulto comodón y anquilosado. No les pido que salgan a las calles a bloquear y hacerse selfies, no les pido que cierren la universidad y prendan cuetillos de júbilo, ni siquiera les conmino a firmar un manifiesto surrealista con frases de Cortázar y Guillermo Lora, no. Les pido que despierten y se den cuenta que este año se juega entera la recuperación plena de una democracia que garantice poderes independientes del Gobierno, que extermine la corrupción lacerante y que devuelva la credibilidad a las instituciones del Estado. Ustedes no son el «ejército» de nadie, menos de una tropa de alucinados que quiere meter sus manos hasta en la última de las instancias civiles. La universidad no es para ellos, no están a la altura de ustedes ni tienen la capacidad ni la preparación para pretender regirnos.

Por eso, queridos cómplices de esa quimera llamada educación, celebren el 21 de septiembre recién el 20 de octubre. Díganle a los hipócritas que la autonomía, el libre pensamiento y el derecho a la disidencia no se rifan a nadie y menos a los aprendices de dictadorzuelos. Celebren bien, carnales, no con sus pollitos y sus fiestitas de raegguetón, sino con su voto inteligente y sus ganas de defender la única opción que tenemos para recuperar la cordura y extinguir a los locos afanados por destruir el concepto de Estado y el concepto de Universidad. Como en Praga se hizo en 1968, este 2019, ustedes hagan su propia Primavera de la Renovación.