Demagogia

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El origen de la palabra demagogia da cuenta de un principio de conducción. Conducción del demos, pueblo, se entiende. Pero ese acto de «conducir» está más emparentado con el verbo «arrear», con arrastrar, con azuzar, con agitar a las ¿masas?. Es decir, el demagogo no es un líder o un guía, es un agitador de poca monta que sabe enardecer y tranquilizar con hechos y palabras circunstanciales a las malformadas y excitadas turbas de gentes con pocas esperanzas.

Por eso, el sinónimo más frecuente que aparece de la palabra demagogo es el de «populista». Como en la literatura -dice Umberto Eco- en la política el populismo está dulcificado por nobles actos, bellos sentimientos y lindas esperanzas pero, en realidad, el populista (llámese Arjona o Maduro) lo que hace es convertirse en un vendedor de emociones elementales que especulan con la miseria humana. Hacen llorar a los simples pero sin dar soluciones. Lo único que ofrecen son paliativos repletos de un paternalismo demagógico que no resuelve nada.

El papito lindo del estado plurinacional, los últimos meses, ha dado rienda suelta a esa demagogia insana en el afan de ganar las elecciones próximas. Jugando con los sentimientos de la gente que ya no espera mucho, lo último que ha desnudado la demagogia aberrante del caudillo de Orinoca, ha sido el regalar una casa a una anciana centenaria. Muchos dirán «qué lindo gesto» «ay qué bonito y noble» «oh cuánta bondad y desprendimiento» pero salta la pregunta obvia: ¿Por qué demonios no fue tan buenito en ¡14 años de poder!? ¿Por qué justo ahora en año electoral? ¿Por qué no le llegó tal arranque de nobleza con los cientos de miles de ancianos, de niños, de madres, de jóvenes, de adultos, de mujeres, de hombres que viven en semejante situación a la de la ancianita centenaria?

Nadie en su sano juicio podría oponerse a que el estado regale casas a los necesitados. Pero otra cosa es darse cuenta cuándo tales acciones resultan púramente electorales, hipócritas, inmediatistas y demagógicas. En eso, la imagen de superhombre de masas que quiere construirse el señor emperador, es absolutumente patética, desesperada, y -otrora- seguramente efectiva. Ahora no. El relato ha cambiado con las nuevas tecnologías, la gente se informa más y comenta más, se hace más atenta y menos vulnerable a la cursilería y la manipulación. O por lo menos eso es de esperarse. Pero, en todo caso, como Max Fernández que regalaba cerveza o como Barrientos que regalaba pelotas, el presi no tiene nada que envidiar de los populistas demagogos de siempre. Es su hijo más notable.