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Degradación moral y ética

Se atribuye al ex presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt (1933 – 1945) la frase “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, para referirse de al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García que gobernó su país, con mano de hierro, entre 1937 y 1956, aunque investigadores dicen que, en realidad, la frase era de su Secretario de Estado, Cordell Hull. Muchos años después, otro famoso Secretario de Estado, Henry Kissinger, repitió la frase, para referirse a otro de los Somoza, Anastasio Somoza Debayle, hijo del primero.

Más allá de la autoría de la frase, la misma da cuenta de la degradación ética y moral con que los gobiernos norteamericanos manejan las cosas, pues, mientras se la pasan proclamando que son defensores de la libertad, apoyan como si nada a quienes la niegan; mientras declaran que los derechos individuales son los más preciados, apoyan a quienes lo violan y, hoy por hoy, los violan ellos mismos ferozmente.

Otra faceta de esta doble moral, es lo que ocurrió con los nazis que fueron reclutados para repetirlas, trabajando al servicio de Estados Unidos cuando concluyó la segunda fuera mundial.

Fue el caso de Wernher von Braun, ingeniero mecánico y aeroespacial alemán, jefe de diseño del tristemente célebre cohete V2, que fue utilizado por los nazis durante la segunda guerra mundial. Miembro de las SS, al advertir que Alemania perdería la guerra, contactó a los aliados, preparó su rendición ante las fuerzas estadounidenses, las cuales desarrollaban la operación Paperclip, mediante la cual capturaron científicos alemanes y los pusieron al servicio del bando aliado. Von Braun se entregó junto a otros 500 científicos de su equipo, sus diseños y varios vehículos de prueba. Los soviéticos también querían tenerlo de su lado, para integrarlo en el equipo de Serguéi Koroloiv. En 1969, fue mundialmente aclamado, porque había desarrollado el poderoso cohete “Saturno V”, que llevó a la luna a las naves “Apolo”.

Hay casos peores, como el del “famoso” Klaus Barbie, “el carnicero de Lyon”, cuya entrega a Francia por el gobierno boliviano acaba de cumplir 43 años el pasado 5 de febrero. Huido de Europa a Bolivia al final de la segunda guerra, trabajó con identidad falsa en un aserradero, encabezó la campaña “Un barco para Bolivia” en 1964 (con la cual por lo demás, obtuvo buen dinero) y terminó enrolándose en las Fuerza Armadas de Bolivia durante la dictadura banzerista, a lo largo de la cual desarrolló tareas de inteligencia y de tortura de presos políticos. Claro, experiencia no le faltaba. El lector puede consultar en internet información sobre las torturas bestiales que él en persona infligió a Simone Lagrange (cuando ella tenía 13 años) o a Jean Moulin, líder de la resistencia francesa contra los nazis, para conocer de cerca lo que este desalmado hacía con las personas a las que consideraba sus enemigos. Murió sin arrepentirse de sus fechorías.

En Bolivia también tenemos experiencia de casos como estos. Por ejemplo, el de un coronel de Policía, represor y torturador durante la dictadura banzerista y secuestrador del ex presidente Hernán siles Zuazo, que formó parte del servicio de inteligencia durante el gobierno de Jaime Paz Zamora. Tiene en su haber el asesinato del ciudadano peruano Evaristo Salazar, al que torturó hasta la muerte introduciéndole un palo en el recto para que confesara el paradero del empresario Jorge Lonsdale, secuestrado por el comando Néstor Paz Zamora en 1990.

El MAS también tuvo lo suyo. En sus épocas de hegemonía se jactaba de haber reclutado a miembros de la odiada derecha e incluso a delincuentes como el “jefe” de la barra brava del club de fútbol Oriente Petrolero.

Salvando distancias, en el gobierno actual también está presente el reclutamiento de masistas para ocupar cargos importantes en el aparato de estado. Por ejemplo, la titular de la ANH, encubridora confesa que “goza de la confianza” del ministro Medinaceli, o la Contralora General interina. Ambas conocidas por su adscripción al masismo y esta última autora de una auditoría amañada con la que se pretendía inhabilitar al ex presidente Carlos Mesa en las elecciones de 2025.  

Por supuesto que hay casos brutales y otros no. No se puede comparar los escándalos de pedofilia y abusos de niñas, atestiguados en los archivos de J. Epstein, que involucran al presidente Trump y a otros personajes; o el genocidio en Gaza, que incluye la violación hasta la muerte de médicos palestinos; o las atrocidades que pasan en Sudán, con lo que pasa en Bolivia en estos momentos. Pero, por detrás de todo, está la degradación ética y moral: criticar algo y valerse de quienes hicieron el mal porque son útiles para uno.

Esto no es más ni menos que, en términos morales (formas de organizar la vida) y éticos (los principios que la guían), aún nos encontramos en la prehistoria. Siempre nos han acompañado la maldad, la crueldad, la mentira, el engaño, la prebenda deliberadas, la falta de empatía, el tránsfugo, la adulación para salvar el pellejo.

Es hora de superar, poco a poco, este tremendo mal. Y empezar a hacerlo ya.

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