De vacas, muelas y justicia

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De: Álvaro Vasquez  / Para Inmediaciones

Cuando tenía yo diez u once años, unos vecinos tenían vacas en su patio.

Más que patio, era un canchón bastante amplio y pintoresco, en el que además de cuatro a seis reses, había varios perros y algunos vehículos viejos, cuyas llantas se veían cada día más hundidas en el pasto, como si éste quisiera evitar su ya improbable partida; y había también algunos otros en buen estado, cuyos dueños solamente alquilaban el espacio por falta de garaje propio. Había además niños; todo el día, cada día; niños bulliciosos, inquietos, felices.

Una noche, los mugidos de una vaca (o un toro, vaya uno a saber) no me dejaron dormir. No era tanto el sonido como tal, sino el hecho de que yo no entendía por qué esa vaca mugía tanto, y además a deshoras (como si hubiera horas apropiadas para mugir). Yo asumía que las vacas de ese patio eran felices, igual que sus niños, y me intrigaba el motivo de los mugidos, que a mis oídos resultaban tristes, de sufrimiento. Tras varios minutos, en que supongo me encontraba en duermevela, me vino a la mente una idea, terrible, imposible de desechar y que me despertó totalmente, solidarizándome además con el sufrimiento del animal. Concluí que la vaca tenía dolor de muelas.

Dormí mal y poco, y aunque al día siguiente la vaca dejó de mugir, yo permanecía con la idea fija, así que empecé a averiguar si las vacas podían tener dolor de muelas (y en una época anterior a Google, eso no era tan fácil, tomaba tiempo). Encontré información que decía que los animales podrían tener dolor de muelas, pero que al ser su esmalte dental más grueso (o algo así) era mucho menos probable, y que sería de menor intensidad que en los humanos. No sé cómo o dónde encontré esos datos. Acaso ni los encontré, pero necesitaba algo así para dejar de sufrir por el dolor de muelas, así fueran ajenas y de vaca.

Supongo que en realidad proyectaba de esa manera mis temores más profundos, porque a esa edad, mi mayor preocupación no era el fin del mundo, ni mis notas en colegio, ni mi futuro matrimonio y/o divorcio, ni lo que haría de mi vida a futuro, ni nada medianamente racional. En realidad era bastante despreocupado, y lo único que podía arruinarme un día, o más (o la vida, acaso), era la idea de que podría tener dolor de muelas, o peor aún, que debería visitar al dentista. Era un miedo irracional, que se manifestaba incluso con síntomas de enfermedades inexistentes.

En base a recuerdos de mi madre y a unos pocos míos (mi subconsciente, más sabio que yo, se encargó de bloquear mis recuerdos de tortura odontológica), puedo suponer que ese miedo se originó en una de mis primeras visitas al dentista. Según el galeno, yo me moví, o al menos moví la lengua, aunque yo sigo sospechando de crueldad de parte suya, pero el resultado es que el taladro despreció mis dientes y muelas (sabía que podía causar más daño moviéndose apenas unos centímetros) y se ensañó con mi lengua. Recuerdo (o acaso imagino) los gritos de un niño que con la boca abierta y la lengua cortada hasta quedar cuasi viperina regaba de sangre su ropa, el piso, al dentista y todo cuanto estuviese cerca.

Mantengo hasta hoy ese casi terror al dentista, lo que ocasiona que lo visite cuando el dolor no me deja ya otra opción, y por eso mismo sufro más, construyendo así un círculo vicioso (y doloroso) con el que aprendí a vivir.

Hoy escribo sobre mi miedo y la vaca porque después de muchos años, la relectura de un cuento me hizo revivir, más que recordar, todo aquello. Creo que nadie consideró nunca este texto como un cuento de terror, aunque yo estoy convencido de que lo es. ¿Qué puede resultar más terrorífico que enfrentar la extracción de una muela sin uso de anestesia? ¿Fantasmas, zombis, muñecos asesinos?, ¡Bah! Niñerías.

Y si ese cuento está escrito por García Márquez, hablamos de literatura mayor. En algo más de tres páginas, el autor nos muestra con maestría ese terror, relacionándolo a la dictadura, a la venganza (acaso justicia), a las amenazas, a ese vivir con miedo, y sí, a algunos se nos erizan los pelillos de la nuca al leer el diálogo entre el dentista y su paciente:

– Tiene que ser sin anestesia

– ¿Por qué?

– Porque tiene un absceso

Y en el clímax del dolor, cuando el odiado pero valeroso paciente puede contener el grito, pero es incapaz de retener sus lágrimas, el texto nos dice que “…El dentista solo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo: Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

Qué ganas de ser dentista para hacer pagar a algunos por tantas cosas que nos hicieron, que nos hacen. Porque en la silla del dentista, no hay cargo que valga; ahí, con las manos aferradas al sillón de tortura, la boca abierta e incapaz de siquiera hablar frente al omnipotente odontólogo, el poderoso no puede hacer absolutamente nada; salvo llorar, acaso; salvo pagar por sus abusos, ojalá.

Sería de una justicia casi poética poder decir Aquí nos paga tantas mentiras, licenciado mientras se toca el nervio inflamado del canino del mitómano paciente, mientras éste hunde sus manos en los brazos del sillón, que parece querer aprisionarlos, como el pasto de mi vecino de la infancia hacía con esos vehículos también obsoletos, herrumbrados, ya inservibles.

Quién sabe si los dentistas, después de todo, no sean los encargados de cobrar cuentas a quienes la justicia humana no puede alcanzar, al menos por el momento. Quizá su destino sea hacer justicia a nombre de quienes no pueden hacerlo, quizás debamos todos tratar de ser buenas personas para no tener que escuchar nunca de sus labios que tiene que ser sin anestesia.

Parece que el texto me sirvió para hacer catarsis y ya  no temo tanto al dentista, acaso ayude el no tener cuentas sin saldar. Creo también que no debí haberme preocupado tanto de la vaca aquella vez, estoy seguro de que hubiese podido rumiar su dolor a solas y con la dignidad que seguramente serán incapaces de hallar aquellos que no tienen la conciencia tranquila.

Que así sea.