Agua

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Hacemos nuestras vidas dando su presencia por descontado. La dejamos correr en el lavamanos, lavaplatos, lavabos, duchas, cañerías, desagües, mangueras. Contemplamos, impávidos, su recorrido desde la montaña a la ciudad y, de ahí, a su evaporación. Asumimos que, por una u otra razón, las llaves producen lo mismo y en forma industrial. Regar indiscriminadamente nuestro jardín dejará de ser una acción terapéutica cuando ya ni siquiera podamos extraer una gota de la manguera.

Las noticias anuncian que Ciudad del Cabo, la segunda ciudad más poblada de Sudáfrica con cuatro millones de habitantes, será la primera del mundo que se quedará sin suministro de agua. Para volverlo aún más macabro, aparece una fecha precisa: 12 de abril de 2018. Peor aún, no se descarta que este día se adelante si no se racionaliza su uso. Nuestros vecinos de Bolivia, arrastran, desde 2016, problemas de sequía que se ha traducido en racionamientos en las grandes ciudades y en el campo. El Presidente Morales hizo un par de anuncios en infraestructura y unos cambios burocráticos que, es de esperar, resulten.

Hace algún tiempo, las cadenas informativas repetían las imágenes de neumáticos de vehículos derritiéndose en carreteras de Australia por las altas temperaturas. Y nuestro Valle Central repleto de costrones de sequedad, nos marca la pauta del avance del desierto desde el norte.

Acosado por estos temores, escribí hace unos años sobre una espontánea laguna que se formó, producto de las lluvias, al lado de la población donde yo vivía por entonces. En mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias sin cerca ni alambrada que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa.

Los datos se encuentran en todas partes. Un recorte de diario, un libro de la biblioteca, un link. Podemos elegir libremente nuestro propio apocalipsis o seguir haciendo nuestras vidas, como si quedase para rato. También hay versiones que alientan la despreocupación. Somos libres del camino -sin retorno- a seguir.