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De la democracia imposible a la tentación apocalíptica

Franco Gamboa Rocabado

La guerra en Irán es un callejón sin salida y un laberinto que no termina de seguir enredándose. En la historia contemporánea de este país existe una paradoja inquietante: pocas sociedades del Medio Oriente poseen una tradición intelectual tan densa y sofisticada. Al mismo tiempo, pocas han quedado tan atrapadas en un horizonte político dominado por el fundamentalismo religioso y la retórica de una confrontación civilizatoria permanente. El país que produjo pensadores reformistas y teóricos de la política de gran calibre, sigue moviéndose dentro de una estructura de poder donde la imaginación democrática se diluye, frente a un impulso “teocrático” irracional que se percibe a sí mismo como actor de una batalla escatológica contra Occidente.

Esta tensión se observa claramente en figuras intelectuales como Mohammad Khatami, quien intentó proyectar al mundo la idea de un “diálogo de civilizaciones”, una alternativa cultural y política al famoso “choque de civilizaciones” formulado por el politólogo estadounidense Samuel Huntington. Khatami imaginó a Irán como un puente cultural entre tradiciones, junto con una república islámica capaz de convivir con la modernidad sin renunciar a su identidad religiosa. Durante un breve periodo, esa visión despertó expectativas dentro y fuera del país. Sin embargo, el aparato de poder que define a la República Islámica, jamás permitió que esa idea se convirtiera en una estructura institucional. El proyecto de Khatami terminó reducido a una esperanza frustrada, atrapado entre el control de los clérigos y la lógica de seguridad represiva de la revolución.

Algo similar ocurre con líderes políticos más pragmáticos como Ali Larijani, cuya trayectoria refleja la coexistencia entre una racionalidad burocrática y la “fidelidad al sistema teocrático”. Larijani, con una sólida formación filosófica occidental y oriental, representa a una élite que comprendió las complejidades del sistema internacional, pero que, simultáneamente, operó dentro de una arquitectura de poder diseñada para preservar la “supremacía del clero” y del líder supremo.

Incluso en el terreno filosófico, Irán produjo otras figuras influyentes como Ahmad Fardid, quien reinterpretó al filósofo alemán Martín Heidegger, desde una perspectiva profundamente antioccidental. Fardid contribuyó a forjar una narrativa cultural en la cual Occidente no era simplemente un adversario político, sino una civilización decadente que debía ser resistida espiritualmente. Este tipo de pensamiento ayudó a alimentar una identidad revolucionaria, que convirtió la hostilidad hacia Occidente en un componente con misión sagrada, encarnada en el régimen de Ali Jamenei.

En este contexto, la figura del líder supremo asesinado, Jamenei, encarnaba la continuidad de una revolución que siempre va a negarse a ser transformada en un sistema político normalizado. Para el régimen iraní, el conflicto con Occidente —especialmente con Estados Unidos e Israel— no es solamente estratégico, sino que es parte de su legitimidad ideológica. Por lo tanto, organizaciones como Hezbollah se convierten en extensiones simbólicas y militares de esa narrativa para resistir y destruir el mundo occidental, a como dé lugar. Hezbollah y el régimen iraní, más que simples aliados geopolíticos, funcionan como piezas de una cosmovisión donde la revolución islámica se percibe a sí misma como vanguardia de una lucha histórica contra el orden internacional, dominado por la globalización occidental.

La consecuencia de este entramado es un “bloqueo estructural” a cualquier evolución política profunda. El debate sobre la democratización aparece, periódicamente, dentro de la sociedad iraní, especialmente entre jóvenes urbanos, intelectuales y sectores reformistas, pero el sistema está diseñado, precisamente, para neutralizar ese impulso.

Tampoco parece probable una “transición autoritaria reflexiva”, de aquellas donde las élites gobernantes reconocen los límites del sistema y emprenden reformas graduales. En Irán, el poder clerical teme que cualquier apertura conduzca a la erosión total de la República Islámica.

Paradójicamente, los escenarios alternativos tampoco ofrecen demasiada claridad. La eventual desaparición política de figuras como Jamenei despierta en algunos sectores la esperanza de una transformación democrática. Sin embargo, otros imaginan el regreso de viejas élites vinculadas a la monarquía del Mohammad Reza Pahlavi, el último Sha. Ese retorno hipotético, tampoco garantiza una renovación política profunda, pues evocaría, más bien, el regreso de aristocracias y castas que, durante décadas, también gobernaron reproduciendo desigualdades y autoritarismo.

Irán parece oscilar entre dos nostalgias incompatibles: la revolución religiosa y el pasado monárquico. Entre ambas se pierde la posibilidad de una verdadera modernidad política. El resultado es un país atrapado en un vaivén histórico sin resolución. De un lado, la lógica de confrontación constante que alimenta el eje regional de la resistencia y refuerza alianzas con actores como Hezbollah, inclusive llegando al extremo de desatar una guerra nuclear. Del otro, una sociedad que expresa aspiraciones democráticas que el sistema no está dispuesto a permitir.

Esta contradicción convierte a Irán en un escenario donde, ni el diálogo de civilizaciones ni el choque de civilizaciones, terminan explicando completamente la realidad. Más bien se trata de algo distinto: una civilización que discute consigo misma, sin lograr todavía traducir su extraordinaria tradición intelectual en un orden político capaz de reconciliar fe, modernidad y libertad.

Mientras esa reconciliación no ocurra, el país seguirá moviéndose dentro de una guerra ideológica interminable: una confrontación que, probablemente, no logrará derrotar a Occidente, pero que tampoco parece dispuesta a rendirse ante él. Y en ese equilibrio tenso, Irán continuará habitando una especie de limbo histórico donde el siglo XXI convive con los fantasmas de revoluciones inconclusas y futuros democráticos que nunca terminan de llegar.

Si tuviéramos que imaginar cuáles serían las visiones alternativas del conflicto iraní, es inevitable pensar en el escritor británico, Salman Rushdie y en el filósofo palestino, Edward Said, como dos formas distintas de analizar la situación (aunque profundamente trágicas). ¿Cuál sería el destino de Irán y cuál es el peligro de un mundo que parece acercarse a un horizonte apocalíptico? Los argumentos de Rushdie, probablemente, verían el escenario como una confirmación amarga de lo que él mismo ha vivido personalmente durante décadas. Después de la publicación de su novela The Satanic Verses en 1988, el ayatolá Ruhollah Jomeini emitió una fatwa (sentencia de muerte) que exigió el asesinato de Rushdie, obligándolo a vivir oculto y bajo protección policial.

Para Rushdie, el problema de fondo no es solamente político, sino civilizatorio en el sentido cultural. El fanatismo surge cuando una religión o ideología pierde la capacidad de convivir con la crítica, el humor y la imaginación. Rushdie insiste en que la mejor defensa contra el extremismo, no es el miedo ni la guerra permanente, sino la defensa cotidiana de la libertad y la cultura. En una frase que resume su postura, escribió que la respuesta al fundamentalismo es seguir “viviendo con libertad”: literatura, desacuerdo, amor, arte y pensamiento libre, son las verdaderas armas contra el terror.

Desde su perspectiva, el peligro de Irán no reside únicamente en su poder militar o nuclear, sino en la persistencia de una mentalidad teocrática que convierte la política en una cruzada sagrada. Cuando la política se vuelve teología militante, el diálogo deja de ser posible. Rushdie, tal vez diría algo muy simple y duro al mismo tiempo: el problema de los regímenes teocráticos es que creen estar luchando en nombre de la “eternidad”. Contra la eternidad, ningún argumento racional es suficiente.

Edward Said vería el problema desde otro ángulo, ya que él dedicó gran parte de su obra —especialmente en el ensayo Orientalism— a demostrar que el mundo musulmán y Occidente están atrapados en una relación de representaciones “distorsionadas”. Para Said, hablar de un “choque inevitable de civilizaciones” era una simplificación peligrosa. Esa idea —popularizada por Huntington— convertía los conflictos políticos concretos en un enfrentamiento cultural absoluto. Sin embargo, Said tampoco idealizaba a los regímenes autoritarios del mundo árabe o islámico. Criticó repetidamente el autoritarismo, el nacionalismo vacío y el uso político de la religión en varios países del Medio Oriente.

Si hoy observara el caso iraní, probablemente diría algo así: Occidente suele interpretar a Irán, únicamente como una amenaza ideológica, cuando el régimen iraní también se legitima alimentando esa confrontación con Occidente. En otras palabras, Said advertiría que ambas narrativas se refuerzan mutuamente: el discurso occidental del enemigo islámico y el discurso iraní de la resistencia apocalíptica para demoler a Occidente.

Cuando ambas narrativas se radicalizan, el espacio para la política democrática desaparece. El verdadero problema es una trampa histórica. Si combinamos las intuiciones de Rushdie y Said, emerge una conclusión inquietante: Irán está congelado en una trampa histórica triple: primero, es un régimen teocrático que necesita la confrontación con Occidente para legitimarse; segundo, una oposición fragmentada en la sociedad iraní, que oscila entre nostalgias monárquicas y sueños democráticos sin estructura; y tercero, un sistema internacional que reduce el problema a una situación de seguridad nuclear y geopolítica.

En este escenario, el debate intelectual —el diálogo de civilizaciones, las reformas políticas, las teorías del pluralismo— termina evaporándose frente a la lógica del poder. Esta es la ironía cruel para Irán. Intelectuales como Rushdie o Said escribieron miles de páginas para demostrar que las civilizaciones pueden dialogar, que la cultura es más compleja que los fanatismos y que el pensamiento puede abrir caminos políticos. Pero el siglo XXI parece moverse en una dirección contraria donde resaltan las “identidades absolutas”, los nacionalismos y las religiones politizadas.

El conflicto con Irán corre el riesgo de transformarse en algo que ambos temían profundamente. No es un choque inevitable de civilizaciones, sino un fracaso colectivo de la imaginación política, tanto democrática como internacional. Y cuando la imaginación política fracasa, los Estados comienzan a hablar únicamente el lenguaje de la fuerza, incluyendo, en el peor de los casos, el apocalipsis nuclear.

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