Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cada mañana despierto y leo para saber si Kherson fue retomada. Grandes aguas de Ucrania: Nikopol, Kremenchuk, Zaporizhzhia, Mykolaiv. Hoy no retornó Kherson; pronto. Con olas carmesíes de sangre que ahogarán al putín cabezón, monstruo de testa bamboleante que quiso ser la hidra de Lerna y quedó como muñeco de rostro bobalicón con palillos de Pascua a medio encender. Al jefe de la mafia, el fascista al que adora la izquierda (es puta barata, la izquierda), le quedó grande el traje histórico. Le faltó enjundia (infundia, Bolivia dixit), coraje; no cualquier ratero puede ser el terrible Iván, aunque sea el más ladrón. Y la cáfila de delincuentes segundones que le llevaba la cola del vestido a Putin tendrá que saber que toda cosa tiene fin y que a veces reinos intocables –Qadaffi- terminan en la punta de un palo de escoba; triste basura innoble. Cuando la cuerda estiró a Saddam Hussein, en un golpe de dados se extinguió el espejismo. Sus hijos, duchos en secuestrar mujeres y torturarlas en palacio, terminaron como picadillo; no hay tumba para pingajos. Al primo, Químico Alí lo llamaban por sus hazañas kurdas, la cuerda le arrancó la cabeza para espanto de testigos. Guillotina de esparto a quien se creyó Nimrod.

¡Tanta violencia!, han de alegar. Nunca dejó de estar presente. Los muñecos de goma que retrataban guerreros medievales con ametralladoras de fin de siglo, que juntaban supuestamente dos épocas, no hacían más que pintar el destino inmutable. Aparecieron como dos décadas atrás, con el boom tecnológico. Los escritores de cómics tuvieron a bien reunir mundos y crear personajes espantosos y atractivos. Guerras brutales del pasado con armas de futuro. Sin el decorado extraordinario de aquellos caracteres, hoy estamos en lo mismo. Sabemos que esto se vive en África desde hace mucho ¿A quién le importa África? La diferencia de Ucrania es que el mundo observa lo que pasará al lado de casa, con gente similar a ellos. Se prefiguró en Bosnia, pero eran todavía albores de un tiempo que prometía ser mejor. Esa careta cayó, espejo roto de mala suerte, y la realidad fue expuesta por un pequeño tirano de pervertidas ideas que no solo trajo dolor sino hambre. Las izquierdas que se relamen con escoria seudo ideológica, mientras acarician monedas en el bolsillo, no mencionan para nada la crisis alimentaria que ya empieza a sentirse en el continente “negro”. Y muchas otras cosas: armamentismo en carrera, reavivar nacionalismos que se habían escondido: Alemania y Japón poderosos de nuevo. El sonriente chino de Beijing lo sabe y observa. El caprichoso putín ha destapado la olla. Recién empieza.

Su “desnazificación” en Ucrania ha creado héroes. El Batallón o Regimiento del Azov, compuesto por muchos neonazis, será recordado como el heroico grupo de defensores de Mariupol que resistió hasta el fin. Sobre ellos se escribirán historietas, serán ejemplo y sueño para miles o millones de niños. Su emblema se ha grabado en la historia y de ellos se tendrá que hablar del día de la victoria en adelante. Cualquier extremismo se ha de olvidar; el valor ha de cubrir el oprobio, y mientras el putito se pudra en una fosa (si tiene la suerte) esta gente habrá alcanzado la gloria. Que de poco sirve, cierto, pero de la que mucho se habla.

Mencionan la palabra retroceso histórico. Creo que no, nada cambió sino que fue mimetizado. Leo un parte de guerra ucraniano. Debiera decir: se eliminaron tantos enemigos. Pero dice: asamos vivos en sus tanques a muchos invasores. Otra vez Tamerlán; otra vez la Pax Mongolica sobre millones de muertos; la Pax Augusta.

¿Quién pintará el Guernica de Mariupol? Si un día lo hacen, tendrán que detallar, diga lo que diga la razón, los emblemas de los azovitas de extrema derecha que se sacrificaron allí.

Escucho el tango Destellos, favorito de mi padre. Canta Carlos Roldán, orquesta de Francisco Canaro. Hoy no cayó Kherson. Hablamos con una amiga del tango ucraniano, mucho venido de las orquestas judías. Aguas grandes de Ucrania; Dniéper, río de sueños.

El putín se ahoga con palabras grandilocuentes sobre Rusia. Pero él, solo él, destruyó la casa de Tchaikovsky en Trostyanets, la bombardeó hasta el olvido. Disparó sobre el Mirgorod de Gogol. Poco le importa al maleante lo que está en los muros. Liberó Mariupol, dice, con 92 por ciento de población de habla rusa. Libertad por la muerte, redención por la tortura. El traidor ha encargado a los chechenos ejecutar desertores. Esa es su misión de combate. Kadyrov se ufana de haber matado a su “primer ruso” a los dieciséis. Puede solazarse hoy con muchos más, entregados a su orgía por el inmundo cabezón. Hay que enterrarlo cabeza abajo, bien clavado con estaca de madera su corazoncito tirano, y un par de sólidas balas de plata en cada orificio de ojo. Por si acaso. Lo ideal, muy difícil, sería agarrarlo vivo y entregarlo a los pobladores de Bucha. Tal vez, después de meses de amor, lo harán parir un crío en los sótanos. Uno nunca sabe con la naturaleza, pero debieran tratar mientras lo decoran con bombachas rosas. Que la venganza no soluciona, tal vez, pero tiene sabor de cognac.


Imagen: Jan Van Eyck