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Cuaresma en la política: ceniza en la frente o en la ética

Mientras miles de bolivianos acudían a los templos para recibir una cruz de ceniza y escuchar el recordatorio de nuestra finitud —»recuerda que eres polvo»—, en los pasillos de la política, la narrativa parece ir en sentido contrario. Vivimos en una clase política que busca la inmortalidad a cualquier precio, ignorando que el poder es, quizás, la sustancia más volátil que existe. La Cuaresma nos propone tres pilares fundamentales para la conversión: el ayuno, la oración y la limosna. Si trasladamos estos preceptos al escenario de nuestra política nacional, el diagnóstico es una anemia espiritual y ética que nos está asfixiando. En una Bolivia donde la confrontación se ha vuelto el pan de cada día, este tiempo de reflexión se presenta no solo como una tradición religiosa, sino como una urgencia republicana.

Empecemos por el ayuno, que, de alimentos, nuestros políticos no lo necesitan; los banquetes y las recepciones oficiales no parecen escasear. De lo que necesitan ayunar es de la soberbia, de la envidia y del odio visceral. El ayuno cristiano busca dominar los impulsos básicos para dar espacio a lo trascendente; nuestra clase dirigente, en cambio, vive en un festín perpetuo de descalificaciones. Necesitamos que la oposición ayune de esa envidia corrosiva que no soporta el éxito ajeno y que parece preferir el colapso del país antes que reconocer un acierto en la gestión del Gobierno. Un ayuno real de corrupción es imperativo, especialmente cuando el riesgo país está dando señales de alivio decisivas; un logro que debería ser motivo de respiro nacional y no de sabotaje.

Hablemos de la oración. que es, en esencia, la elevación del alma y un encuentro amoroso con Dios, y que en los políticos se ha vuelto una invocación hipócrita y electoralista al Creador. Todos los candidatos para las próximas elecciones anteponen a Dios, sobre todo, porque saben que eso vende. Orar, en el contexto del servicio público, debería ser el ejercicio de la escucha activa y la búsqueda de consensos. Sin embargo, hoy vemos una clase política que no reza, sino que grita; que no medita, sino que impone. Mientras la economía empieza a dar sus primeros pasos de recuperación bajo la nueva gestión, con indicadores que prometen estabilidad tras años de incertidumbre, ciertos sectores se cierran en una oración de sordos. La verdadera oración de un legislador o de un dirigente debería ser el silencio necesario para entender que las medidas de ajuste, aunque duras y amargas como la hiel, son el único camino para estabilizar la nación. No hay diálogo posible cuando la «oración» de una de las partes es simplemente el mandato de la intransigencia.

Finalmente, en la política, la limosna no es la entrega de una moneda sobrante, sino el desprendimiento de las ambiciones personales en favor del bien común. Es la renuncia a los privilegios. Hoy, la limosna política debería ser la entrega de la verdad y la renuncia al sabotaje sistemático. Es aquí donde la crítica se hace carne: no es ético que cada intento de estabilización económica sea respondido con la amenaza del bloqueo de caminos. Los sectores de oposición han convertido la obstrucción en su principal «ofrenda», un chantaje que desangra al país. 

El sector del turismo, que podría mover cientos de millones de dólares, se declara en emergencia constante ante la pérdida de confianza del visitante extranjero por la inestabilidad de las carreteras. Bloquear los caminos no es justicia; es un pecado contra el desarrollo. Dar limosna hoy sería devolverle la paz al país, ceder en la obstinación y permitir que la economía respire sin el dogal de la amenaza política en el cuello.

Esta Cuaresma que inicia no debería ser solo un rito cosmético. Debería ser la oportunidad para que quienes deciden nuestro destino entiendan que la ceniza también llegará a sus despachos. El país aguarda una Pascua de institucionalidad, pero esa resurrección nacional está bloqueada por la misma piedra que la oposición pone en el camino: su propia incapacidad de anteponer la patria al partido. Si no hay una conversión real que sustituya el odio por la propuesta y la envidia por la gestión eficiente, seguiremos errando por el desierto de la crisis, no por cuarenta días, sino por décadas. Es momento de que el morado litúrgico sea un llamado a la humildad real. Bolivia no aguanta más una política de sabotaje. Necesitamos líderes que tengan el valor de apoyar lo que beneficia al país, aunque eso signifique renunciar al protagonismo del conflicto.

Augusto Vera Riveros es abogado

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