Sobre la transformación de la verdad en una época gobernada por los datos, el poder y la subjetividad
Márcia Batista Ramos
El cielo está vacío, pero el sistema sigue respondiendo.
Desde sus primeros pasos sobre la tierra, el ser humano no ha dejado de buscar una forma de trascendencia. Cambian los símbolos, cambian los lenguajes, cambian los nombres de lo sagrado, pero la inquietud permanece: comprender el mundo, vencer la fragilidad de la vida, escapar de la muerte o, al menos, aprender a domesticarla.
Las religiones ofrecieron respuestas a esa inquietud. Los dioses habitaban el cielo, los templos, los mitos y las escrituras. El misterio organizaba la experiencia humana y establecía un límite claro entre lo humano y lo divino.
Hoy ese límite parece desplazarse.
En el pensamiento de Yuval Noah Harari, una de las hipótesis más provocadoras de nuestro tiempo consiste precisamente en esto: la humanidad podría estar entrando en una etapa en la que aspire a adquirir, mediante la tecnología, atributos que durante milenios fueron considerados divinos. Ya no se trataría de interpretar el mundo, sino de intervenir en su estructura más íntima.
En Homo Deus: A Brief History of Tomorrow, esta intuición se despliega como un cambio de horizonte: después de haber combatido durante siglos el hambre, la enfermedad y la guerra, el proyecto humano parece orientarse hacia la modificación de su propia condición biológica. Extender la vida, aumentar la inteligencia, alterar el cuerpo, reprogramar la mente dejan de pertenecer a lo imaginario y comienzan a instalarse en lo posible.
La divinidad ya no aparece como una promesa trascendente, sino como una capacidad técnica. Aquello que antes se situaba en el cielo comienza a desplazarse, de manera casi imperceptible, hacia el laboratorio.
Sin embargo, esta aspiración no es completamente nueva. Mucho antes de la inteligencia artificial, Jorge Luis Borges imaginó el vértigo que produce el conocimiento cuando se vuelve ilimitado. En La biblioteca de Babel, el universo adopta la forma de una biblioteca infinita que contiene todas las combinaciones posibles de lenguaje. Allí no falta información; lo que se desvanece es la posibilidad misma de orientarse en ella.
La abundancia absoluta no produce sabiduría. Produce extravío. La promesa de acceso total al conocimiento no conduce necesariamente a la verdad, sino a un laberinto en el que toda certeza se vuelve precaria. Esa intuición, formulada en clave literaria, resuena con una intensidad inesperada en nuestro presente.
Mientras ese vértigo se expandía en el campo del conocimiento, el análisis del poder seguía otro recorrido. Michel Foucault observó que las formas tradicionales de dominación, visibles y coercitivas, comenzaban a transformarse en mecanismos más sutiles. El poder dejaba de limitarse a prohibir o castigar y comenzaba a concentrarse en la administración de la vida.
En The History of Sexuality, esta mutación se describe con precisión: los Estados modernos no solo regulan conductas, sino que organizan la salud, la reproducción, la productividad y la circulación de los cuerpos. La vida misma se convierte en objeto de gestión. El poder ya no se ejerce únicamente desde afuera; se infiltra en los procesos más íntimos de la existencia.
La tecnología contemporánea abre la posibilidad de que ese proceso alcance una profundidad inédita. Si los sistemas técnicos pueden intervenir en la biología y en la mente, el espacio de lo gobernable se expande hacia regiones que antes permanecían fuera de cualquier forma de control.
Sin embargo, la transformación no se detiene allí. Byung-Chul Han advierte que el poder contemporáneo ha adoptado una forma aún más silenciosa. En La sociedad del cansancio, el individuo aparece como alguien que ya no necesita ser disciplinado desde afuera, porque ha incorporado en sí mismo la exigencia de rendimiento.
La obligación se vuelve interna, casi imperceptible. El sujeto se evalúa, se compara, se optimiza sin descanso. La aparente libertad se entrelaza con una forma de autoexigencia permanente que disuelve la frontera entre autonomía y sometimiento. El control deja de percibirse como imposición y se experimenta como iniciativa propia.
En ese cruce entre la aspiración tecnológica, la expansión del conocimiento, la gestión de la vida y la interiorización del control, comienza a perfilarse una figura característica de nuestra época.
El algoritmo.
En apariencia, se trata de una herramienta destinada a procesar información. En la práctica, organiza de manera creciente la experiencia cotidiana: clasifica lo visible, anticipa comportamientos, orienta decisiones, distribuye la atención. Su presencia no se impone de forma espectacular; se instala como una mediación constante que apenas se percibe.
Con ello, se desplaza también el lugar de la pregunta. Durante siglos, el ser humano interrogó a los dioses; más tarde, a la razón; hoy comienza a interrogar a los datos. No se trata de una religión en sentido estricto, pero la estructura de confianza que se configura resulta familiar. Se asume que los sistemas de cálculo pueden revelar patrones inaccesibles a la intuición y ofrecer respuestas más fiables que la experiencia acumulada.
La autoridad cambia de lugar. Ya no se apoya necesariamente en la tradición, en la memoria o en la revelación, sino en la capacidad de procesamiento. De manera casi inadvertida, el espacio que durante milenios ocupó lo sagrado empieza a ser ocupado por otra forma de legitimidad.
No estamos delegando decisiones. Estamos delegando el criterio.
El algoritmo no promete salvación. Tampoco promete eternidad. Su promesa es más modesta y, quizá por eso, más eficaz: ofrece eficiencia, previsibilidad, una cierta ilusión de orden en medio de la complejidad.
Y, sin embargo, bajo esa superficie técnica persiste una aspiración antigua. La búsqueda de superar los propios límites, de reducir la incertidumbre, de acercarse a una forma de conocimiento total continúa operando, aunque haya cambiado de lenguaje.
Tal vez no nos encontramos ante la aparición de una nueva divinidad, sino ante una transformación más sutil y más difícil de reconocer. No hemos dejado de creer; hemos desplazado el lugar en el que depositamos nuestra confianza.
Y en ese desplazamiento, casi imperceptible, comienza a dibujarse una pregunta que todavía no sabemos formular del todo:
si aquello que organiza nuestras decisiones deja de ser visible, ¿en qué lugar queda la experiencia de lo verdadero, y qué ocurre entonces con la pregunta?