“La inteligencia es característicamente la facultad de fabricar.” Henri Bergson
Márcia Batista Ramos
Entender al ser humano únicamente como Homo faber —o sea, como un ser cuya esencia se agota en la fabricación de herramientas y el control utilitario del entorno— es ignorar las dimensiones más profundas que nos definen. Si bien nuestra capacidad técnica es asombrosa, el hombre es, ante todo, un buscador de sentido que habita en el lenguaje, en la contemplación y en la ética. Reducirnos solamente a la productividad nos convierte en simples piezas de un engranaje funcional, olvidando que somos seres capaces de crear belleza sin propósito práctico, de conmovernos ante la finitud y de establecer vínculos basados en el amor y la gratuidad. Nuestra verdadera humanidad no reside en lo que podemos fabricar, sino en esa inquietud espiritual y simbólica que nos permite preguntarnos «por qué» antes que «cómo».
Definitivamente el hombre no puede reducirse únicamente a ser la mano que transforma: corta, mide, ensambla y produce. No somos —aunque se nos repita hasta el cansancio— una suma de funciones eficientes orientadas a resolver problemas. Hay en nosotros otra polaridad, menos domesticable, menos beneficiosa, pero decisiva: el Homo imaginarius.
Así que, frente al pragmatismo del fabricante, emerge en nuestra esencia el Homo imaginarius, esa faceta indómita que no busca transformar la materia para dominarla, sino para dotarla de alma. Esta polaridad es la que nos permite habitar mundos que no existen, transformando la realidad lineal en un tejido de símbolos, mitos y metáforas que escapan a cualquier lógica de mercado o eficiencia. Mientras el técnico busca la respuesta más corta entre un problema y su solución, el ser imaginario se detiene en el asombro, permitiendo que la fantasía desborde los límites de lo posible. Es esa fuerza «poco rentable» la que, paradójicamente, otorga coherencia a nuestra existencia, recordándonos que lo que nos hace verdaderamente humanos no es nuestra utilidad, sino nuestra capacidad de soñar y de encontrar en lo invisible el aliento para vivir.
En ese espacio liminal, donde el espíritu se resiste a ser cartografiado, es donde comienza todo lo que no obedece a la tiranía de la eficacia. Antes de que el objeto sea fabricado, existe alguien que ve una imagen y que lo sueña, una visión pura que no rinde cuentas a la física ni al costo de producción. Del mismo modo, la pregunta siempre precede a la herramienta, pues el útil es solo una respuesta técnica a una inquietud que nació mucho antes en la curiosidad del alma. Es, en última instancia, ese temblor —la duda, el asombro o la angustia ante lo desconocido— lo que antecede a la frialdad del cálculo. Un recordatorio de que somos seres sensibles antes que procesadores de datos, y que nuestra mayor grandeza reside en ese impulso indomable que prefiere la incertidumbre del misterio a la seguridad de lo programado.
El Homo imaginarius no fabrica: engendra. Y al hacerlo, nutre al Homo mythologicus, ese ser que necesita narrarse para existir, que convierte el miedo en relato y el asombro en símbolo. De esa misma fuente bebe el Homo religiosus, no como institución, sino como impulso, la necesidad de abrir un espacio para lo sagrado, aun cuando no se le sepa dar nombre.
Sin embargo, la concepción contemporánea dominante insiste en lo contrario: toda solución es práctica, todo problema se corrige con un dispositivo, un protocolo, una aplicación más rápida. Se nos educa para ajustar tornillos, no para escuchar silencios. Para optimizar procesos, no para comprender heridas.
La arquitectura de nuestra existencia se sostiene sobre un andamiaje invisible: sin imaginación no hay mito, pues solo la capacidad de fantasear permite elevar la anécdota cotidiana a la categoría de relato sagrado o fundacional. Es a través del mito donde logramos vertebrar el caos del mundo, ya que sin mito no hay sentido. Necesitamos de esas narrativas simbólicas para entender quiénes somos y qué lugar ocupamos en el cosmos. Cuando ese propósito vital se ausenta, nos enfrentamos a un vacío que ninguna máquina puede llenar, pues sin sentido, ninguna técnica alcanza. El dominio tecnológico, por más sofisticado que sea, se convierte en un despliegue de fuerza estéril si no está al servicio de una visión humana, recordándonos que la herramienta más perfecta es apenas un juguete inerte si no hay un alma que sepa para qué usarla.
La técnica, en su vertiginosa eficacia, es capaz de reparar el mundo físico y optimizar la superficie de nuestra existencia, pero se detiene, impotente, ante el umbral de lo sagrado y lo trágico. La técnica resuelve solucionando lo urgente y lo práctico, pero no consuela, pues el alivio del alma requiere de una presencia y un lenguaje que la lógica instrumental desconoce. Frente al abismo de la fragilidad humana, la máquina calla, porque no explica el dolor ni le otorga un propósito que lo haga soportable. Tampoco responde por la muerte, ese límite absoluto que el cálculo solo puede medir, pero nunca trascender. Al final, cuando la herramienta se oxida y el dato se vuelve irrelevante, nos queda la cruda realidad de nuestra finitud. Entonces comprendemos que el progreso tecnológico es mudo ante el corazón herido, pues no enseña a vivir con lo irreparable, tarea que solo pertenece a la sabiduría, al abrazo y a la silenciosa aceptación de lo que no puede ser arreglado.
Reaccionar contra esta reducción no significa renunciar al hacer, sino devolverle su profundidad. Recordar que el trabajo humano nace del sueño, que toda herramienta fue antes una imagen, que toda civilización se sostuvo primero sobre una historia contada alrededor del fuego.
Cuando olvidamos al Homo imaginarius, el mundo se vuelve funcional pero inhabitable. Y el hombre, se torna eficaz pero vacío.
Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos: no todo lo que importa puede resolverse, precisamente por eso, necesita ser pensado, narrado, creído o imaginado. El mundo puede funcionar sin sentido; pero, el ser humano, no.