Condenados por hambrientos

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Los adolescentes habaneros que salieron a las calles para gritar: “Basta, tengo hambre, necesito trabajar” fueron condenados a penas de prisión en calabozos del régimen cubano. Primero, soportaron la represión de policías y de paramilitares, además del espionaje entre sus propios vecinos, por acompañar las multitudinarias protestas del 11 de julio pasado.

La dura respuesta del Departamento de Seguridad del Estado fue inmediata, con la detención de decenas de manifestantes. Después, llegaron a la casa de opositores, quienes permanecieron desaparecidos por algunos días o fueron obligados a quedarse con detención domiciliara, a pesar de no haber hecho nada.

El Tribunal Supremo de la República dictó sentencias de hasta 30 años contra al menos 129 manifestantes acusados por sedición y hurto. La dureza del castigo ha conmovido a la opinión publica internacional. ¿Qué hicieron estos jóvenes para recibir semejante castigo que los encierra de por vida? ¿Qué heridas causaron sus cantos? ¿Qué daño hicieron sus gritos: “pan y libertad”, “libertad”, “libertad”, “libertad”?

¿Quién tiene miedo a su marcha con letreritos hechos a mano, con paños descoloridos de la bandera a rayas azul y blanca?
La absurda resolución del sistema judicial comunista ha levantado también protestas dentro de la isla, particularmente entre los artistas, el grupo social que ha liderado las protestas en el último quinquenio, desvirtuando la antigua propaganda que culpaba al “imperio” de cualquier reclamo.

Incluso Silvio Rodríguez, tan adicto al lineamiento de los Castro, se pregunta por esta condena. ¿A quién mataron estos chicos? Las manifestaciones fueron pacíficas, tanto que las madres salieron de la mano con sus hijos hambrientos y los padres cargaban a los menores sobre sus hombros. Cuando aparecieron los matones infiltrados, hubo piedras contra los escaparates y violencia.

Pablo Milanés y decenas de nuevos trovadores, poetas y miembros de los movimientos San Isidro y Archipiélago han enviado cartas públicas reclamando por la medida ordenada por Miguel Díaz-Canel y el Consejo de Estado. Los escritores se preguntan qué pretende el Gobierno, a quién o a quiénes quiere escarmentar; a quién o a quiénes quiere asustar; qué logra el Partido Comunista, después de 63 años gozando del poder.

Nada indica que la reacción oficial considere la posibilidad de buscar otras salidas políticas y económicas para responder a las demandas que provocaron la protesta, que venció el miedo, el temor, la timidez. Al contrario, en estos meses, Cuba se ha aferrado a una postura envejecida y desorientada: reprimir, culpar al otro.

Con el apoyo incondicional a los bombardeos de Vladimir Putin a la población civil ucraniana, ha demostrado su único camino: volver a depender del imperialismo ruso. Si la pandemia originada en China le restó la llegada de turistas del mundo capitalista, si los cambios políticos en el hemisferio sur también le restaron ganancias usando a personal de salud, si además bajaron las remesas, los vuelos a la Florida, ahora difícilmente agencias europeas ofrecerán Varadero… ¿para disfrutar de qué?

Con la consolidación de la democracia en América Latina y la apertura de gobiernos liberales y populistas, Cuba tuvo la gran oportunidad de reformarse sin dañar su soberanía y aquello que podía ser positivo después de medio siglo. Hoy, vuelve a ser un país denunciado en Naciones Unidas por torturas a los prisioneros. El 11-J sacó la máscara a La Habana y enterró toda narrativa romántica que todavía la acompañaba.