El gobierno de Rodrigo Paz no sufre un problema de exceso de comunicación, sino de “ausencia” de comunicación estratégica eficaz. En el vacío comunicacional, los actores corporativos, los bloqueadores y los voceros informales imponen sus propios discursos y versiones de la realidad. Allí donde el Estado no explica, otros interpretan y, casi siempre, lo hacen en clave de chantaje, victimización o deslegitimación del orden democrático.
Este déficit no se resuelve con más conferencias de prensa, slogans o campañas publicitarias. Eso sería propaganda política, entendida como un intento unidireccional de “imponer” una versión de los hechos, sin escuchar ni procesar el conflicto social real. La propaganda busca adhesión emocional inmediata, mientras que la comunicación estratégica busca comprensión sostenida, incluso en el desacuerdo.
La comunicación estratégica gubernamental es una política pública transversal cuyo objetivo central es producir marcos de “entendimiento” compartidos entre el Estado y la sociedad sobre la naturaleza de los conflictos, los límites de la acción colectiva, los costos de la ingobernabilidad y el sentido de las decisiones estatales para generar diversos cambios. No es marketing político, manipulación simbólica, ni propaganda partidaria. La comunicación estratégica es una herramienta de construcción de hegemonía, en el sentido de lograr que amplios sectores sociales acepten el liderazgo del gobierno, no por la fuerza, ni por clientelismo, sino porque se “comprende” que el orden gubernamental es razonable, necesario y preferible al caos.
La hegemonía política no se compra, sino que se comunica. Un gobierno logra hegemonía cuando consigue que su interpretación de la realidad sea vista como “sentido común”, incluso por quienes no lo apoyan electoralmente. En este marco, la comunicación estratégica cumple tres funciones centrales: a) traducción del poder, donde el Estado debe explicar sus decisiones técnicas y políticas mediante lenguajes comprensibles, sin infantilizar ni mentir. Gobernar es explicar por qué no todo conflicto puede resolverse concediendo demandas; b) delimitación del conflicto legítimo, ya que no todo bloqueo, presión o protesta es democrática. La comunicación estratégica establece límites simbólicos claros: qué es protesta legítima y qué es extorsión; qué es derecho social y qué es privilegio corporativo; c) frente al corporativismo clientelar de la COB y otros sindicatos, el gobierno debe reconstruir un “nosotros” ciudadano con trabajadores, familias, estudiantes, productores y contribuyentes que pagan el costo del conflicto permanente. No se puede suponer que, al negociar silenciosamente o ceder sin explicar, se evitan los conflictos. Cada concesión no comunicada, fortalece la lógica en la que el Estado se debilita cuando se presiona hasta el extremo.
Sin una estrategia comunicacional, las negociaciones aparecen como capitulaciones, el Estado pierde autoridad simbólica y los sectores corporativos se presentan como los verdaderos representantes del “pueblo”. La ausencia de un discurso hegemónico es, en sí misma, una derrota política.
Los pilares de una comunicación estratégica gubernamental descansan, por ejemplo, en la centralidad del conflicto como objeto comunicable, ya que el gobierno debe hablar del conflicto, no esconderlo. Revelar quién pierde cuando hay bloqueos, cuánto cuestan y por qué el orden estatal es un bien público. Asimismo, la vocería política coherente es fundamental, no solo presentar ideas técnicas ni burócratas. La comunicación estratégica requiere liderazgo político visible, capaz de asumir costos y disputar un “sentido” para que se entienda bien y domine el escenario democrático.
La comunicación estratégica produce la narrativa de “poner límites”. Una democracia también se comunica diciendo “no”. Explicar los límites fiscales, legales y sociales, es una forma de educar políticamente a la ciudadanía. La comunicación es un esfuerzo por escuchar de manera estructurada, sin chantajes, pues escuchar no es ceder. La comunicación estratégica hace diferencias entre el diálogo institucional y la presión corporativa.
En consecuencia, la comunicación hegemónica genera continuidad y coherencia. La hegemonía se construye con repetición argumentada, no con reacciones improvisadas. La propaganda busca convencer, mientras que la comunicación estratégica busca hacer comprensible la realidad, incluso cuando es dura o cruel. Un gobierno que explica, que pone límites y que disputa discursos claros puede perder batallas, pero gana legitimidad.
En Bolivia, donde el corporativismo ha erosionado la idea misma del Estado, comunicar estratégicamente es un acto de reconstrucción democrática. El Presidente, Rodrigo Paz, aún está a tiempo de pasar, de un gobierno reactivo a un gobierno que ordena el conflicto en el plano simbólico, con nuevas capacidades hegemónicas. Sin comunicación estratégica, no hay hegemonía. Sin hegemonía, solamente queda la extorsión permanente, que es el recurso preferido por la COB, las organizaciones prebendales y el MAS, que busca reconstruirse desde la ingobernabilidad.