Hiroshima y el devastador uranio

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De despiadado únicamente se puede calificar aquel lanzamiento del 6 de agosto de 1945 en Hiroshima, hace mucho tiempo, pero la amenaza ya reiterada del presidente Vladimir Putin de utilizar armas nucleares en Ucrania —conflicto generado por su propia responsabilidad— se agrava.

Se han cumplido 77 años desde que el mundo vio ese espeluznante día, y el incontenible deseo expansionista e imperialista de las potencias, en este caso militares como Rusia, pone nuevamente en vilo al planeta. Pues los expertos sostienen que las armas nucleares actuales, además de ser numéricamente muchísimas más que en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, son, como es de suponer, considerablemente más sofisticadas, y por tanto de mucho mayor poder destructivo.

Entonces, ante tal posibilidad, es inevitable ponerse a pensar en la hipocresía humana, porque un día de diciembre de 1948, es decir, a consecuencia justamente de los horrores de la conflagración bélica que apenas tres años antes había terminado y de la que el ataque a Pearl Harbor y en represalia la bomba atómica de Hiroshima formaron partes de las más escalofriantes representaciones, un grupo de activistas por la paz del mundo proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo preámbulo, entre otras consideraciones, justifica los treinta artículos que le siguen.  Entre aquéllas, la conciencia, para de ahí en adelante promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones.

La realidad nos ha demostrado que nada de eso se ha cumplido, pues a continuación de la Declaración, los Estados Unidos y la ex Unión Soviética se embarraron las manos con la Guerra de Corea, que, dicho sea de paso, técnicamente no ha terminado porque solo se firmó un armisticio que puede ser interrumpido en cualquier momento. Luego el mundo fue testigo del espanto del Vietnam. Pero las guerras de Afganistán, de las Malvinas y del Golfo Pérsico; el inacabable conflicto israelí-palestino; las guerras civiles en Centroamérica y la misma Guerra Fría; todos esos eventos han echado por tierra cualquier pretensión de pacificar el mundo, desterrando cualquier posibilidad de no agresión entre los pueblos. Simplemente, y muy lejos de pretender canonizar a la contraparte rusa, Vladimir Putin está dando no solo señales sino mensajes expresos de una guerra nuclear, dejando de lado el uso de armas convencionales, las cuales, por muy criminales que sean, son apenas caricaturas de los alcances que puede tener el uranio multiplicado por veinte o treinta veces en su poder original.

Es decir, solo imaginar que —siempre de acuerdo con la opinión de los que saben del tema— multiplicar por tantas veces el poder explosivo de las bombas nucleares respecto a sus parientes de hace setenta u ochenta años que tenían un poder destructivo de 15.000 toneladas de TNT, lo menos que puede ocasionar es poner los pelos de punta hasta del más impasible de los humanos.

A pesar de que luego de Hiroshima solo una más de estas armas fue lanzada y esta vez infestada de plutonio, y pese a la existencia de los arsenales de los poderosos (de alrededor de 14.000 de estos artefactos), hemos sobrevivido, por ahora, a la era nuclear y los conflictos geopolíticos de la historia moderna de la humanidad, pero éstos parecen haberse instalado para no irse. El peligro de una hecatombe, que podría instantáneamente acabar con la vida de millones de habitantes, cambiar totalmente el clima en el mundo y ocasionar una contaminación radiactiva que se encargaría de poner fin a la vida de otros millones de seres humanos por la actitud de los líderes de los dos ejes que controlan el este y el occidente —ya sean tiranos del socialismo o insensatos del capitalismo salvaje—, está latente, dejando como observadores exánimes a los más débiles. Y aquéllos ven de reojo el romance ideal de la utopía de la amistad entre las naciones que la Declaración Universal de la ONU, con un poco de candidez y otro poco de fariseísmo, hubo soñado en medio de una pesadilla interminable…

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor