Cómo vivir sus ausencias

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Estos días suelen deparar representaciones mentales de alegría o de felicidad (concepto acaso imaginable). Pero muchos se resignan a tener que soportarlos porque, precisamente en estos días, son invadidos por sentimientos de pena, o de nostalgia y, así, lejos de celebrar, se “deprimen”. Tal vez sientan la indescifrable tristeza del soldadito belga de Por quién doblan las campanas al que Hemingway describe como que: “si se levantaba la vista, allí estaba él, llorando”, “si se le pedía vino, lloraba…”, y “de vez en cuando interrumpía su llanto, pero si se le miraba, volvía a empezar”.

Dicen que Platón lloraba a mares. Que se iba a un lugar apartado exclusivamente a llorar y que se lo oía a largas distancias, a dos millas. “Lloraba ininterrumpidamente”. Era su forma de hacer el duelo.

Todos, en algún momento, tenemos que hacer el duelo. De una mamá, de un papá, de unos abuelos, de un hermano, un tío, un primo, de una pareja; ojalá nunca de un hijo, la más soberana de las injusticias de este mundo que es, de por sí, injusto.

Desde que el coronavirus se metió en nuestras casas hemos convenido en dulcificar este tiempo anormal llamándolo “nueva normalidad”. Es entendible que queramos salir adelante con mentes positivas teniendo que enfrentar una guerra pero, los países de Occidente no estamos acostumbrados a la guerra (bueno, la mayoría de los países). Lo normal para nosotros no es la guerra. Por qué. ¿Por qué tenemos que aceptar la nueva normalidad? ¿Por qué aprender a convivir con la muerte? Si toda una vida no alcanza para entender que la muerte se lleve gente muy querida –a veces joven, a veces vieja– y deje, a veces, una insoportable congoja, ¿por qué nos quieren “obligar” a esta tribulación? Quizá valga la pena el esfuerzo de comprenderlo.

“¿Cómo vivir sus ausencias? Es imposible”. Se lo preguntó y se respondió después Joaquín Oristrell a la hora de despedir a Verónica Forqué, la actriz española que decidió irse, ausentarse. La muerte y sus vacíos (materiales) imposibles de llenar. La muerte incomprensible, las despedidas que ojalá solo provocaran nudos en la garganta y no –como a veces pasa– impidieran seguir, salir adelante.

¿Qué nos preocupa de la muerte?, ¿por qué la sufrimos? ¿Nos preocupan “solamente” las ausencias? Es mucho, lo sé, pero, si así fuera, hay quienes reconocemos que la muerte es implacable, mas también creemos que ni siquiera con todo su poder es capaz de arrancar —del todo— a las personas de sus seres queridos.

Marco Aurelio proponía que la muerte era parte de la naturaleza y, por eso, no había ni que temerla ni que rebelarse contra ella. Esto no quiere decir que él no se haya conmovido por culpa de la muerte. El dolor del estoico por la ausencia de su esposa, con la que tuvo trece hijos, fue descrito así: “La muerte de Faustina causó a su esposo una pena difícil de medir”.

La lloró, pero con la serenidad del que sabe que no hay manera de esquivar la muerte y, de acuerdo con su pensamiento, “un hombre”, antes que temer a la muerte, “debería tener miedo a no empezar nunca a vivir”.

No está mal dejarse arrastrar, un poco, por la tristeza de las ausencias. Y para eso no hay mejor época que esta, en la que nos permitimos ciertas licencias como la de desacelerar el ritmo de la vorágine del trabajo, en sus múltiples variables. (Byung-Chul Han más o menos lo sugiere en El aroma del tiempo: este y el imperativo de la productividad nos han subyugado hasta debernos sumisamente a ellos. Remota se ve la trascendencia sin un sentido que no sea el de vivir este presente productivo para la masa humana que, perdida en la individualidad, no permite que unos se reconozcan con otros, pero improductivo para la profundidad del ser).

Así termina Oristrell de despedirse de “La Forqué”: “Hasta siempre cariño, voy a lavarme la cara, porque no puedo parar de llorar”.

¿Cómo seguir con las ausencias? Es imposible no llorar.

Tal vez se trate de entender el sentido de la muerte y de tratar de seguir como lo está haciendo Oristrell, como lo hizo Platón y también Marco Aurelio: llorando el desconsuelo de la pérdida para después, tal cual lo enseñó el emperador romano, brindar con nuestra memoria por los ecos de esas vidas hermosas, ahora, anidadas en la eternidad.

Oscar Díaz Arnau es  periodista y escritor.