Colón, el navegante

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“Navegar es necesario, vivir no es necesario” es el lema esculpido en el monumento de Cristóbal Colón en el prado paceño, monumento intervenido o bandalizado (depende de la interpretación que uno realice) el pasado 2 de agosto por activistas que rompieron su nariz y pintaron de negro su rostro como actos de protesta contra el colonialismo, el racismo, la discriminación y una larga lista de agravios. Es interesante cómo en este tipo acciones se confunden diferentes tipos de historias sobre un símbolo concreto de la ciudad: la historia del conquistador, encarcelado en 1500 por abusos cometidos contra la población indígena mientras era gobernador de La Española; la historia de la modernidad occidental que decantó en la incorporación de América en el sistema económico que, siglos después, permitió a los imperios europeos dominar el mundo; la historia del navegante genovés, símbolo que utilizaron en 1926 los residentes italianos en La Paz al regalar el monumento en honor al centenario de la república y como gesto de solidaridad con la reivindicación marítima boliviana. Eran otros tiempos, la ciudad de La Paz tenía otras características poblaciones y urbanas, otros imaginarios y metas sociales. Defensores y detractores del monumento suelen olvidar las implicaciones de esa historia.

Entender el racismo como principal causa de los problemas en Bolivia es un reduccionismo no solo de la complejidad de las relaciones sociales sino también refuerza el victimismo en base a interpretaciones simplistas de nuestra historia. Una lucha entre discriminados y racistas, buenos y malos cristalizados en el tiempo. Un abuso de las ideas de Bartolomé de las Casas, Franz Tamayo, Fausto Reinaga y Carlos Montenegro. La articulación de imaginarios indigenistas y progresistas sumados a una hipersensibilidad que decanta en la profesionalización de la indignación. No es casualidad que actos como la “intervención” al monumento de Colón necesiten de la teatralidad y el envío de mensajes marcados por la interpretación de un determinado rol: el subalterno, el explotado por 500 años, los siempre marginados de la historia, papeles idealmente acompañados de disfraces (a veces con plumas y todo) para consolidar esa imagen. El objetivo es lograr un impacto mediático, establecer un ultimátum: “No se va a caer lo vamos a tumbar”. Apelar a las emociones, no a la razón. Insistir en el show ante la pobreza de argumentos.   

Pero si la intención era denunciar lo racista y colonial que es la ciudad de La Paz, algunos activistas parecen no considerar lo intrincada y diversa que es la arquitectura paceña. Como bien advierte el arquitecto Guido Alejo, el centro paceño no tiene homogeneidad arquitectónica. Las laderas muestran una estética futurista que no rechaza lo occidental ni busca una restitución del pasado ancestral pero tampoco lo desecha por completo, es una dinámica de construcción compleja que desafía maniqueísmos tipo: lo aymara vs lo hispánico. En el propio centro paceño se levantan edificios de estilo Neowankarani, la estética de la ciudad va a contra corriente de la lucha entre colonizadores y descolonizadores.  

Reflexionando sobre esos temas, recordé a Felix Layme, profesor de la cultura y la lengua aymara, laureado investigador y catedrático universitario. Murió el pasado 17 de agosto y mis contactos en redes sociales no dejaron de postear mensajes de solidaridad con la familia, pero sobre todo expresiones de admiración y agradecimiento. Fue impresionante constatar tantas muestras de aprecio provenientes de amigos que distan mucho de ser indigenistas, indianistas o de autoidentificarse como aymaras. Me pregunté cómo podían sectores usualmente etiquetados como racistas o jailones manifestar un aprecio sincero, una admiración franca, un cariño dolido por la muerte de Layme: “Adiós, yatichiri”, “nos veremos pronto, maestro”, “dejas un vacío enorme con tu ausencia”. Paradójicamente, creí en encontrar la repuesta en Colón, el navegante. Metáfora del buscador de nuevos horizontes, de lo completamente extraño, de quien suspende temporalmente el peso del pasado para mirar al futuro. ¿Superar el racismo no requiere de nuevas formas de abordar el problema?, ¿lo crucial no es intentar construir interculturalidad más allá de las estatuas, a través de las instituciones, la educación y la defensa de los derechos humanos?, ¿luchar para que nuestras acciones no se pierdan en la banalidad de los símbolos y nuestra indignación no se desboque en la superficialidad de las cosas?, ¿no es más poderosos el conocimiento como herramienta para seducir en lugar de agredir?, ¿interpelar a través de la reflexión en lugar de reproducir consignas pobres?