Andrés Canedo

Los días pasados estuve viendo una serie de notas sobre la muerte (y la obra y los sueños, por supuesto) de Miguel de Cervantes y su aparente coincidencia con la muerte del otro gigante de la literatura, William Shakespeare. Digo “aparente coincidencia” pues si bien ambos figuran haber muerto el mismo día de abril, el 23, del mismo año, 1616, resulta que en aquel tiempo los españoles todavía eran más avanzados que los ingleses, pues usaban el calendario gregoriano, mientras que aquellos usaban (todavía) el calendario juliano, lo cual da, en realidad, unos cuantos días de diferencia entre una muerte y otra. Pero más allá de esto, lo importante es que esa fecha, en homenaje a ambos genios, se instituyó el 23 de abril como el Día del Libro.

Que Cervantes es el padre, el creador de la novela moderna, por la cantidad de cambios y de audacias (para ese tiempo) que introdujo en Don Quijote, es algo que todo el mundo sabe; que su personaje, el Quijote, es la imagen universal más conocida, también es de dominio público. Sin embargo, lo que aprendí en las lecturas a que hago referencia al principio, es que él, en realidad, quería ser un gran poeta y no lo logró (a pesar de que su poesía es excepcional) o un gran dramaturgo y tampoco lo consiguió, aunque escribió varias obras de teatro. Lo que sucede es que en aquellos tiempos del extraordinario Siglo de Oro español, poetas y dramaturgos ganaban enorme prestigio y algo de dinero, en cambio la de novelista era una profesión de segunda clase. Pero además, y esto fue lo terrible, que en ese tiempo “la vara estaba muy alta”, ya que en poesía había monstruos como Quevedo y Góngora (entre otros) y dramaturgos enormes como Lope de Vega, Calderón de la Barca o Tirso de Molina, para nombrar sólo unos pocos. Es como cuando Cassius Clay o Mohammed Ali, era campeón de los pesos pesados de boxeo y tipos poderosos, como Ringo Bonavena, por ejemplo, no pudieron nunca “patearle el nido”, (como se dice en Argentina) porque estaban frente a un talento fuera de lo común. Pero el hecho es que Cervantes que no pudo ser gran poeta ni dramaturgo, escribió la novela más asombrosa de todos los tiempos y, lo que más asombra, es que nunca se enteró de su descomunal trascendencia pues la obra, aunque fue popular, no cobró su enorme importancia sino con el transcurrir del tiempo.

Sin embargo, hubo algo que desde joven, joven boliviano, claro, me llamó la atención: Cervantes solicitó a las autoridades españolas que le dieran un puesto en La Paz (Nuestra Señora del La Paz), la pequeña ciudad del Alto Perú (hoy Bolivia). Conocía también entonces, de la existencia del texto de Juan Francisco Bedregal, Don Quijote en la ciudad de La Paz, y ya desde el título, aquel libro llamaba mi atención. Por lo tanto, siempre me pregunté qué habría motivado a Cervantes a desear venir a nuestra bellísima ciudad en las alturas de los Andes. Cambiar Madrid, capital del más grande imperio, en ese entonces, de la tierra (aunque ya decadente), por una ciudad remota y áspera, inhóspita en cuanto a sus condiciones geográficas, parecía una locura. No hay que olvidar que en la Madrid del Renacimiento y principios del Barroco, en el espacio de unas pocas cuadras vivían Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Quevedo y otro montón de genios, en un barrio que seguramente debía deslumbrar con su fulgor en las noches (y también en los días), echar chispas, erupcionar luces y resplandores, por tanto talento acumulado. Esto último, ya nos lo hizo saber Pérez Reverte cuando nos explicó los orígenes de su capitán Alatriste.

Bueno, el hecho es que entre los textos recién leídos a los que hago referencia, encontré un trabajo de Andrés Eichmann que nos cuenta que en aquella La Paz a la que Cervantes quiso venir, vivían cuatro enormes poetas (Salcedo Villandrano, Dávalos y Figueroa, Francisca Briviesa y Arellano (la primera poetisa de Sudamérica) y Fernández de Pineda) a quienes el “Manco de Lepanto” loa, entre otros trabajos,  en La Galatea, más precisamente en el Canto de Calíope. Este sería, según Eichmann, además del estipendio por el posible puesto, el motivo que impulsó a don Miguel a pedir un trabajo en estas tierras. Es posible que así sea. Pero, sin duda, nos halaga el saber que en La Paz, de fines del siglo XVI, se concentraba una élite de escritores que prestigiaban a la ciudad, aunque de ellos no nos haya quedado casi nada, como también dice Eichmann. Sin embargo, todo esto no termina de conformarme. Pienso, o tal vez sólo imagino, el espíritu aventurero de Cervantes, sus viajes, sus prisiones, sus penurias, sus decepciones. Pienso que en la luz de su espíritu, su imaginación prodigiosa alumbraba otra luz que venía de su idea de una pequeña aldea-ciudad, rodeada de montañas permanentemente nevadas, en la que el Quijote que vivía en él, podría encontrar el sosiego entre tanta belleza que se derramaba a raudales, por las pendientes de los cerros que rodeaban ese valle al que los aborígenes, sus verdaderos dueños, llamaban Chuquiago.