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Capítulo 6: La vida no sigue igual

La virgen puta. Una novela negra y punk por entregas de Patxi Irurzun con ilustraciones de Juan Kalvellido.

Joder, qué mal estaba… Me sentía como un cenicero con las puntas de las cigarrillos todavía encendidos retorciéndose contra las paredes del estómago, y montones de colillas debajo de la lengua, y atravesadas en la garganta, y los recuerdos de la noche anterior convertidos en cenizas: las docenas de bares que recorrí junto a Picio y Lorea -cada uno más oscuro, más sucio, con más olor a sobaco y kalimotxo que el anterior-, las aceras que se retorcían como gusanos, húmedas y excretando aquel barrillo negro de la lluvia, aquella sala con aquel grupo tan cojonudo, «El Ultimo Ke Zierre», y Lorea y yo de repente agarrados de la mano encima del escenario, arrojándonos a un cordón brazos que nos esperaba abajo, y luego los dos por los suelos, besándonos en un lecho de escupitajos, vasos de plástico, botas sucias, y después ya nada más… 

Quizás había sido sólo un sueño. No. Algo en mi habitación alteraba la rutina de todos los mediodías, cuando me despertaba. Estaban allí, por los suelos, los fanzines, las carátulas de los discos, alguna que otra lata de cerveza vacía, pero también detecté algo diferente, un olor agradable, como a cuero. 

Me revolví en la cama, miré hacia abajo y encontré un par de botas nuevas. De lo más guapas. Altas, con muchas hebillas y cordones, de ningún color en particular y de todos a la vez, rojo, verde, negro, mezclados y superpuestos como las pinturas en la paleta de un artista con Parkinson. 

-¿Qué coño?- murmuré. 

-¿A que molan?- oí una voz desde el baño. 

Me dió un susto de muerte. Después comprendí que era Lorea, la vi salir vestida únicamente con una camiseta mía de «Extremoduro», que a ella, por cierto, le quedaba mucho mejor, con aquel gracioso pliegue en su culito respingón y las transparencias oscuras de los pezones. Desde luego aquello no era lo mismo de otras veces, de todos los mediodías, si bien no sabía hasta qué punto las cosas habían cambiado. Me hice una ligera idea cuando Lorea se sentó en la cama y me besó en los labios. 

-Son para ti- dijo. 

-¿Para mí, por qué? 

-Para que empieces a patear las calles y a hacer preguntas. 

-Preguntas sobre qué. 

-Sobre Gloria. 

Las cenizas de otros recuerdos se las podía llevar el viento, como si hubiesen sido en efecto sólo un sueño, pero aquello permanecía como una pesadilla. 

-Yo voy a volver con Picio a Comisaría, a por las fotos- dijo Lorea, y comenzó a vestirse precipitada y entusiastamente. Yo no entendía que podía encontrar de excitante en una comisaría. Claro que también estaba el asunto de qué se sacaba en claro de las fotos. Lorea era del tipo de personas que inclinaban la balanza hacia el lado bueno de las cosas. A mí me sucedía al revés. 

Tal vez por eso media hora después mientras ella se encontraría en el despacho del Comisario Pedernal yo engullía una «San Miguel» y uno de sus maravillosos fritos de pimiento en el bar de Beni y no sabía muy bien -ni me apetecía saberlo- qué hacer. 

-Oye, Beni, ¿tú pagarías por poner una anuncio en una revista? 

-En una revista como «Borraska» sí. Eso es lo que quieres decir ¿no? 

Me reí. Beni era un tipo listo. 

-¿Sabes a quién traigo a tocar esta semana al bar?- cambió de tema -Al Tiñoso. 

-Coño, Picio se va a poner contento. 

El Tiñoso era el cantante preferido de Picio, una especie de cantautor punk al que llamaban así por su parecido a un personaje de aquellos dibujos animados , «Erase una vez el hombre», con su nariz larguilucha, el pelo rojizo y puntiagudo y su manera de moverse, encorvado y a saltitos, como si en lugar de columna vertebral tuviese un muelle. El Tiñoso estaba internado en un manicomio del cual se fugaba cada dos por tres para tocar en los bares. En realidad era una especie de vagabundo, todo lo que ganaba en los bolos se lo gastaba en speed y tenía que dormir en los parques. Un tipo interesante. 

-Me gustaría entrevistarle- dije. 

-Eso está hecho- Beni me guiño un ojo, sacó otra birra y después pinchó una canción de «La Polla». Era una canción de amor. 

Pensé en Lorea. Me gustaba. Era tierna y dura a la vez y transmitía vitalidad. Si yo continuaba allá sentado, bebiendo cerveza, no me la merecía. 

-Me voy, Beni- dije, y señalé los botellines vacíos sobre la barra. 

-Sí, tranquilo, tío, ya me pagarás cuando puedas. 

Al salir intenté que no viera mis botas nuevas. Debían de haberle costado a Lorea diez o doce talegos.

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